extraño fenómeno cósmico
© Henze, NASA
¿Fue una fusión entre dos agujeros negros, como la aquí representada, la causa del fenómeno del año 774?
En 2012, el equipo de Fusa Miyake anunció la detección de niveles altos de dos isótopos, carbono-14 y berilio-10, en los anillos de crecimiento anual formados en el año 775 de nuestra era en árboles japoneses milenarios, lo cual sugiere que una fuerte ráfaga de radiación cósmica alcanzó la Tierra en el año 774 ó en el 775. El carbono-14 y el berilio-10 se forman cuando cierta clase de radiación procedente del espacio incide contra átomos de nitrógeno, lo que provoca que se desintegren dando como resultado esos isótopos de carbono y berilio.

La causa de esa ráfaga de radiación es un enigma. Una explicación obvia sería la explosión en forma de supernova de una estrella cercana, pero no se ha encontrado en nuestro vecindario cósmico ningún remanente de supernova (los restos del estallido y las huellas dejadas por éste en su entorno) que encaje con esa ráfaga de radiación cósmica.

Miyake también consideró la posibilidad de que el fenómeno causante de esa ráfaga hubiera sido una erupción solar, pero dichas erupciones en el Sol no son lo bastante potentes como para generar el exceso observado de carbono-14. Además, las erupciones solares más intensas también suelen ir acompañadas de eyecciones de material de la corona solar, lo que provoca auroras polares espectaculares, con visibilidad mayor de lo normal, y que difícilmente habrían sido omitidas en los registros históricos. Sin embargo, en los documentos conocidos de la época no hay constancia de tales auroras polares extraordinarias.

Las conclusiones de una nueva investigación sobre el enigma, llevada a cabo por los astrónomos Valeri Hambaryan y Ralph Neuhauser, del Instituto de Astrofísica de la Universidad Friedrich Schiller de Jena, en Alemania, ofrecen la hipótesis de que un estallido de rayos gamma de corta duración y cercano a la Tierra pudo ser la causa de la misteriosa ráfaga de radiación que alcanzó la superficie de nuestro mundo en el siglo VIII.

Hambaryan y Neuhauser sugieren que dos estrellas muertas o núcleos de las mismas, es decir agujeros negros, estrellas de neutrones o enanas blancas) colisionaron y se fusionaron en un solo astro. Cuando algo así sucede, se emite radiación en forma de rayos gamma, los cuales constituyen la banda más energética del espectro electromagnético. Dicho espectro también incluye a la luz, a las ondas de radio y a otras formas de radiación electromagnética.

Los cálculos efectuados por Hambaryan y Neuhauser, y en especial las mediciones del carbono-14, indican que el estallido de rayos gamma tuvo que originarse a una distancia de entre 3.000 y 12.000 años-luz de la Tierra.

En esa clase de fusiones de astros, el estallido de rayos gamma que se genera es intenso pero breve, acostumbrando a no durar más que un par de segundos. Los medios técnicos con los que hoy cuenta la astronomía permiten escrutar el cielo en busca de tales estallidos, y cada año este fenómeno se detecta en otras galaxias muchas veces. Sin embargo, y a diferencia de lo que suele ocurrir con los estallidos de rayos gamma de larga duración, los estallidos breves no suelen ser localizados en el firmamento coincidiendo con una emisión de luz visible.

Si la explicación propuesta por Hambaryan y Neuhauser para el fenómeno del año 774 es correcta, las estrellas muertas que se fusionaron en una no podían estar a menos de 3.000 años-luz de la Tierra, ya que, de haber estado más cerca, el fogonazo de rayos gamma generado por su fusión habría causado daños importantes y detectables en la biosfera de la Tierra. En cualquier caso, hay que tener en cuenta que hoy en día, un fenómeno así, aunque se produjera a varios miles de años-luz de la Tierra, podría causar estragos en innumerables sistemas electrónicos de los que la civilización actual depende para muchas cosas.

Si Hambaryan y Neuhauser están en lo cierto, para encontrar la fuente del fenómeno del año 774 habría que buscar en el firmamento un agujero negro o estrella de neutrones de unos 1.200 años de antigüedad (por el tiempo transcurrido desde la fusión) situado a una distancia de entre 3.000 y 12.000 años-luz de la Tierra, y que carezca de la típica envoltura de gas y polvo en expansión que queda tras la explosión en supernova de una estrella.

La humanidad del año 774 no tenía nuestros medios actuales para observar el fenómeno. Sin embargo, de haber sido muy vistoso el fenómeno, cabe esperar que hubiera sido descrito en numerosas crónicas, consultables entre los documentos de aquella época que aún se conservan.

No parece ser ese el caso. La única referencia potencial fue hallada hace unos meses. Se trata de un texto de aquella época con una descripción de un "crucifijo rojo" que apareció por aquellos tiempos en el firmamento visible desde Gran Bretaña. La referencia al Crucifijo Rojo figura entre las entradas del siglo VIII de la Anglo-Saxon Chronicle (Crónica Anglosajona) del proyecto Avalon, una biblioteca online.

Aparte de la descripción del Crucifijo Rojo, que podría no corresponder al fenómeno, no se sabe por ahora de ninguna referencia histórica sobre lo que ocurrió en el año 774. Los árboles milenarios son los únicos notarios del fenómeno celeste que afectó a la Tierra.