Traducido por el equipo de SOTT.net

© Wikimedia CommonsQueja del comerciante Nanni al proveedor Ea-nasir por la mala calidad de sus productos y el deficiente servicio al cliente.
El sitio web
Fast Company publicó un
artículo que describe el «proyecto Complaint Restraint», una iniciativa que tiene como objetivo crear una «vida positiva mediante la eliminación de las declaraciones negativas». Es un objetivo admirable. Aunque la mayoría de nosotros sentimos un amor perverso por regodearnos en nuestra miseria, un rasgo humano amplificado mil veces por Internet, quejarse rara vez mejora las cosas. Como en la parábola de Buda de la «segunda flecha», nuestras quejas pueden hacer que nuestro sufrimiento sea doblemente doloroso; al igual que en la parábola de la «flecha envenenada», pueden posponer o sustituir las acciones constructivas que debemos emprender para sanar o mejorar nuestra condición.
Pero sería un error pensar que quejarse es de alguna manera un fenómeno reciente, aunque lo oigamos cada día más, todo el tiempo, en todos los rincones del mundo. Las historias budistas de las flechas tienen, al fin y al cabo, al menos un par de milenios de antigüedad; la lamentación constituye, en mayor o menor medida, un género propio en la literatura bíblica.
Aún más antigua que estas fuentes religiosas es la primera queja documentada sobre el servicio al cliente, una variedad específica de queja que se nos puede perdonar por asociar principalmente con una era moderna y y uno de los pocos tipos de quejas que pueden generar resultados positivos.
A falta de una aplicación como Yelp, el antiguo consumidor babilónico inscribió su queja en una tablilla de arcilla — que
ahora se encuentra en el Museo Británico — alrededor del año 1750 a. C. El furioso comprador, Naní, que escribe a alguien llamado Ea-nasir, recibió un envío de mineral de cobre de calidad inferior, tras un molesto retraso y en mal estado.