Como suele suceder a menudo, en los países de habla hispana no nos enteramos de ciertos detalles acerca del resto del mundo. ¿Cuántos de ustedes han oído hablar de Jeremy Corbyn?
Jeremy Corbyn
© EFE
Jeremy Corbyn
Los medios casi no nos cuentan nada sobre él. Sin embargo, bien podría ser otra "señal de los tiempos". Hemos visto con movimientos como Podemos, y el partido griego Syriza, que este año tuvieron al menos cierta influencia en la sociedad. Si bien se ha hecho hasta lo imposible por vilipendiarlos, su mensaje parece haber recordado a ciertos pueblos que aún existe alguien que se preocupa por su bienestar, contrariamente a sus líderes actuales.

Pues Jeremy Corbyn ha sido apodado recientemente el "Pablo Iglesias" o el "Tsipras" británico. Es sorprendente que, dado el grado de corrupción existente en el Reino Unido, y su fuerte alianza con Estados Unidos, Israel, y sus demás cómplices en el crimen, este señor haya llegado tan lejos. Pero el hecho es que a pesar de la censura y la manipulación dignas de su país, al parecer Corbyn se ha vuelto bastante popular. Recientemente el diario The Times realizó un sondeo, y resulta que Jeremy Corbyn, candidato al liderazgo del Partido Laborista, obtuvo un "alarmante" 53% de apoyo popular.

En un artículo publicado ayer por eldiario.es, podemos leer acerca de los detalles de este sondeo:
El sondeo, efectuado para este medio por la firma YouGov entre 1.411 personas con derecho a voto en esta elección, otorga a Corbyn un 53% de apoyo para suceder a Ed Milliband al frente de la formación. El rotativo destaca que la campaña del veterano laborista, de 66 años, ha ganado impulso en las últimas semanas, como demuestra el hecho de que haya aumentado su ventaja respecto a los otros tres aspirantes.

[...] Según The Times, con los resultados del sondeo divulgado hoy, Corbyn no necesitaría una segunda ronda de votaciones para hacerse con el puesto.

En este proceso para elegir al futuro líder del Partido Laborista pueden participar los afiliados y cualquier simpatizante laborista que se registre antes del mediodía del 12 de agosto, cuando termina el plazo.

Los sufragios se emitirán entre el 14 de agosto y el 10 de septiembre, y la formación de centro-izquierda, primera de la oposición, anunciará su nuevo líder el 12 de septiembre, en vísperas de celebrar el 27 de ese mes su congreso anual.
Al parecer, esto ha asustado a ciertos grupos en el poder británico. En esta otra noticia (en inglés), leemos que tras haber visto el resultado del sondeo, miembros lobistas del grupo Labour Friends of Israel ("Amigos laboristas de Israel") expresaron "grandes preocupaciones" ante la perspectiva de que Jeremy Corbyn obtuviese mayor popularidad. Al parecer, Corbyn se opone al imperialismo actual y al belicismo, y ha insistido en que Hamás y Hezbolá participen en discusiones regionales en pos de la paz, a lo cual Israel se niega, por supuesto. La jefa de este grupo, Joan Ryan, llegó incluso a decir que el partido laborista DEBE mantener un apoyo sólido y constante a Tel Aviv, como si se tratara de una cuestión de buena ética y moral defender a un régimen genocida. Luego pidió a los votantes que votaran con criterio (¡gracias por el consejo!), y agregó que estaba en contra de las sanciones y las campañas de boicot contra Israel. Vaya sorpresa...

¿Hace falta algo más para que veamos que tal vez Jeremy Corbyn ha dicho algo que molesta?

Rafael Ramos, corresponsal de La Vanguardia en Londres, escribía hace apenas tres días:
Lo último que esperaba Jeremy Corbyn, a sus 66 años, era convertirse en una figura política. Es el Tsipras o Pablo Iglesias inglés. Ni en sus más extravagantes sueños pensaba que él, un veterano diputado socialista y representante por Islington Norte (un barrio bien de Londres), movilizaría el voto de jóvenes y pensionistas y sacaría del letargo a un ala izquierda del Labour a la que Tony Blair suministró un poderoso somnífero llamado tercera vía, y tan sólo ahora empieza a despertar.

El fenómeno ha sido tan inesperado como fulminante. Tras la derrota en las elecciones generales de mayo y la subsiguiente dimisión de Ed Miliband, Corbyn fue propuesto como candidato al liderazgo laborista por una veintena de correligionarios, y hasta el último momento no obtuvo las quince firmas adicionales de parlamentarios del partido que eran necesarias para la nominación. Sólo las consiguió porque algunos pensaron que, en aras de la diversidad y el interés democrático, era importante que la izquierda estuviera representada.

Todo el mundo daba por hecho que Corbyn sería un mero comparsa que añadiría colorido al debate, pondría sobre la mesa unas cuantas propuestas utópicas que recordarían a líderes laboristas de los setenta y ochenta como James Callaghan y Michael Foot, y el liderazgo se lo disputarían sus tres rivales moderados: la blairita (heredera de Blair) Liz Kendall, la brownita (protegida de Gordon Brown) Yvette Cooper, y Andy Burnham, un híbrido entre ambos y lo más a la izquierda que, tras la debacle de la primavera, el Labour parecía capaz de ir.

"La clave está precisamente en la definición actual de moderado -explica el politólogo Rufus Winehouse-. La derecha ha hecho prevalecer su ideología hasta tal punto que cualquiera que propone subir los impuestos a los ricos, incrementar seriamente el salario mínimo, dar acogida a los inmigrantes o acabar con la austeridad y la precariedad laboral, es denunciado por la prensa y la clase política como un extremista y un peligro público que provocaría el caos financiero. Pero los recortes y la obsesión por el control del déficit son tan sólo un dogma que favorece a los bancos y las grandes multinacionales, y que es denunciado por muchos economistas, incluidos premios Nobel como Joseph Stiglitz o Paul Krugman".

Jeremy Corbyn es antimonárquico, y mantuvo abiertos los canales con el IRA durante el conflicto norirlandés (en el que pone a la misma altura al ejército y a los servicios de inteligencia británicos, responsables de muchos asesinatos, que a los terroristas).
No es difícil entender cómo esta postura da miedo a las autoridades actuales.
Y ciertamente no se considera ningún revolucionario por proponer estudios universitarios gratuitos, un incremento de los impuestos a las rentas más altas (y también a las herencias y propietarios de grandes mansiones), la nacionalización de los ferrocarriles, el gas y la electricidad (la norma en muchos países de Europa y respaldada por la mayoría de votantes), la cancelación del programa Trident de misiles nucleares, una economía con más énfasis en las manufacturas que en los servicios, un plan masivo de inversión en infraestructura, vivienda y alta tecnología, la devolución de los derechos perdidos por los trabajadores, acabar con la venta de armas a Arabia Saudí, poner coto a la evasión fiscal de las grandes multinacionales o medidas serias para la protección del medio ambiente. Tampoco los miles de voluntarios (tanto jóvenes que nunca han votado como pensionistas castigados por la crisis) que se han apuntado a su campaña para repartir panfletos y contestar los teléfonos de la pequeña oficina del barrio de Euston que es su cuartel general, cedida por un sindicato.
¿Leyó usted bien este párrafo? Por eso se lo considera "radical". Pareciera que hoy en día quienquiera que desee optar por un sistema más justo y menos bélico puede fácilmente ser tildado de "terrorista". Una propuesta semejante es tanto la posible salvación del pueblo como el "suicidio" de quien tiene la audacia de proponer algo tan alejado de la psicopatía en voga.
"Lo sorprendente no es el renacimiento de la izquierda auténtica y la rapidez con que ha prendido el fenómeno Corbyn, sino que haya tardado tanto en producirse -señala el columnista y escritor Owen Jones-. Cierto que la situación en el Reino Unido no es tan desesperada como en Grecia o España, pero hay millones de personas, sobre todo jóvenes, que se sienten marginadas por el proceso político y piden a gritos un vehículo de expresión, como demostró el fenómeno Occupy (una auténtica ciudad de tiendas de campaña que se instaló durante semanas delante de la catedral de San Pablo, el equivalente de los indignados de la Puerta del Sol). Gane quien gane la elección a líder laborista, esto no es más que el principio de un movimiento muy significativo. Algo ha cambiado en la política inglesa".

Algo de razón debe tener Jones cuando la reacción de la prensa de derechas y el establishment laborista ha sido tan descarnada, reaccionando contra Corbyn como si fuera el anticristo, y orquestando una campaña furibunda para descarrilar su campaña. "La estrategia es convencer a los votantes laboristas de que es demasiado radical para ganar unas elecciones -opina Winehouse-. Tal vez sea cierto. Pero lo que está claro es que los banqueros y empresarios, los conservadores y las clases dirigentes en general, son presas del pánico y tienen pesadillas por las noches pensando en que podría ser el primer ministro en el 2020".

[...]

"La socialdemocracia se está desmoronando en toda Europa tras aceptar la filosofía de la austeridad dictada desde Berlín, alinearse con las élites y traicionar a los pobres -piensa Winehouse-. Gran Bretaña, paraíso del bipartidismo, no ha tenido nunca una fuerza política importante a la izquierda del Labour, y por ello es lógico que la actual rebelión contra el sistema no surja de un partido nuevo como Syriza o Podemos, sino de las entrañas del propio laborismo.
El pasado 5 de junio se publicó un artículo en Telesur, que compartimos en SOTT, donde se nos contaba que varias figuras prominentes de movimientos políticos y sociales del Reino Unido habían pedido a Estados Unidos que diera "fin a las sanciones contra Venezuela y a sus intervenciones en los asuntos internos del país presidido por Nicolás Maduro".

Adivine quién estuvo allí:
Uno de los oradores principales en el encuentro fue el diputado británico, Jeremy Corbyn, quien enmarcó su discurso en cómo América Latina se ha revelado en contra del dominio corporativo de los gobiernos norteamericanos.
Y cuando La Jornada nos hablaba de la marcha de miles de personas en Londres contra plan de austeridad (compartido también por SOTT), ¿de quién oímos hablar?
Con carteles que decían "Terminen con la austeridad ahora", los manifestantes marcharon desde el Banco de Inglaterra, ubicado en el corazón del distrito financiero de Londres, en una protesta que los organizadores dijeron que convocó a varias decenas de miles de personas.

La policía declinó estimar la cantidad de asistentes al evento, que contó con discursos de celebridades como la cantante Charlotte Church y el comediante Russell Brand, al igual que de sindicalistas y del laborista opositor Jeremy Corbyn.
No es necesariamente un mensaje de esperanza a nivel práctico, puesto que ya sabemos qué le sucede a partidos como Syriza o cómo manipulan los medios para que Podemos no pueda (valga la redundancia) triunfar. Pero si esto ocurre en una de las bocas del lobo (Inglaterra), ¿acaso estamos asistiendo a una toma de consciencia por parte de más y más pueblos? ¿Acaso se les ha ido de las manos el control que tienen sobre los ciudadanos, sus borregos? Después de todo, no vaya a ser que los británicos voten por la libertad, y que haya que manipular un referéndum como se hizo muy probablemente en Escocia...