Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández

Sólo la Resistencia no violenta de los palestinos a su prolongado calvario y el activismo de la sociedad civil trasnacional parecen tener alguna capacidad para impulsar un cambio positivo en el statu quo.
© AFP
Ondeando la bandera palestina ante un grupo de soldados israelíes durante una marcha para conmemorar el Día por la Independencia de Palestina en Hebrón, Cisjordania, 15.11.2016
Los palestinos parecen condenados cada vez más a convertirse en sujetos sometidos, o al menos en ciudadanos de segunda clase, en su patria. El expansionismo israelí, el incondicional apoyo estadounidense y la impotencia de la ONU se combinan para crear sombrías perspectivas para la autodeterminación palestina y para una paz negociada que sea sensible a los derechos y reclamaciones tanto de judíos como de palestinos.

Recordar los tres destacados aniversarios que van a producirse en 2017 puede ayudarnos a comprender mejor cómo en el curso de los últimos cien años ha ido desarrollándose esta desoladora narrativa palestina.

Quizá esas remembranzas puedan incluso motivar la rectificación de los fracasos del pasado y alentar los decaídos esfuerzos para encontrar un camino a seguir incluso en este tardío momento. Las iniciativas más prometedoras están ahora asociadas con un creciente movimiento de solidaridad global dedicado a conseguir una paz justa para ambos pueblos.

Por ahora, ni las Naciones Unidas ni la diplomacia tradicional parecen tener mucha influencia sobre el juego de fuerzas políticas y sociales existentes en el núcleo de la lucha palestina. Sólo la resistencia no violenta de los palestinos al prolongado sufrimiento causado por la ocupación y la militancia de la sociedad civil trasnacional parecen tener alguna capacidad para ejercer una influencia positiva sobre el statu quo y mantener la esperanza.
© AFP
Simpatizantes palestinos exigiendo el reconocimiento de un Estado palestino en la Plaza del Parlamento, Londres, 13 de octubre de 2014
1917

El 2 de noviembre de 1917, persuadieron al secretario de Asuntos Exteriores británico, Arthur Balfour, para que enviara una carta al barón Lionel Rothschild, destacado defensor del sionismo en Gran Bretaña, manifestando su apoyo a las aspiraciones del movimiento. El contenido más importante de la carta quedó expuesto en el siguiente párrafo:
"El gobierno de Su Majestad considera favorablemente el establecimiento de un hogar nacional para el pueblo judío en Palestina, y hará cuanto pueda para facilitar la consecución de este objetivo, dejando bien claro que no hará nada que pueda perjudicar los derechos civiles y religiosos de las comunidades no-judías existentes en Palestina, ni los derechos y estatuto político de que disfrutan los judíos en cualquier otro país."
Una observación inicial obvia es por qué Gran Bretaña adoptó tal iniciativa en medio de la I Guerra Mundial. La explicación más inmediata es que la guerra no estaba yendo tan bien, lo cual alimentaba la creencia y la esperanza de los dirigentes británicos en el hecho de que situándose junto al movimiento sionista animaría a los judíos de toda Europa a apoyar la causa de los aliados, especialmente en Rusia y Alemania.

Un segundo motivo se centró más en auspiciar los intereses británicos en Palestina, que Lloyd George, entonces primer ministro, consideraba estratégicamente vitales para proteger la ruta del comercio terrestre hacia la India, así como para salvaguardar el acceso al Canal de Suez.

La Declaración Balfour resultó controvertida desde el mismo día en que se emitió, incluso entre algunos judíos. En primer lugar, ese compromiso del Foreign Office británico evidenciaba una empresa puramente colonial que no se molestaba ni lo más mínimo en tener en cuenta los sentimientos de la población mayoritariamente árabe que vivía en Palestina en aquel tiempo (los judíos representaba menos del 10% de la población allí en 1917), ni en respetar el creciente apoyo internacional al derecho de autodeterminación de que gozan todos los pueblos.

Oposición judía a la Declaración Balfour

Judíos importantes, dirigidos por Edward Montagu, secretario de Estado para la India en aquel momento, se opusieron a la declaración temiendo que encendiera las llamas del antisemitismo, especialmente en las ciudades europeas y norteamericanas.

A partir de ahí, los árabes se sintieron traicionados porque consideraron que la iniciativa de Balfour rompía las promesas que les habían hecho de independencia política a cambio de unirse a la lucha contra los turcos. También advertía sobre futuros problemas a causa de la promoción sionista de la inmigración judía hacia Palestina y la agitación de la población árabe indígena.

Debería reconocerse que incluso los dirigentes sionistas no se sentían totalmente satisfechos con la Declaración Balfour. Había ambigüedades deliberadas incrustadas en su lenguaje. Por ejemplo, los sionistas hubieran preferido la palabra "el" en vez de "un" delante de "hogar nacional". Por otra parte, se consideró que la promesa de proteger el statu quo de los no judíos propiciaba un futuro problema, aunque, como acabó resultando, esta asunción de responsabilidad colonialista no se cumplió nunca.

Y, finalmente, los sionistas recibieron apoyo para un hogar nacional, no un Estado soberano, aunque en las conversaciones entre bambalinas los británicos acordaron que en el futuro podría surgir un Estado judío, pero sólo después de que los judíos se convirtieran en mayoría en Palestina.

Merece la pena mirar hacia atrás respecto a la Declaración Balfour para comprender cómo las ambiciones coloniales se trocaron en culpa liberal y empatía humanitaria por la grave situación de los judíos europeos tras la II Guerra Mundial, creando a la vez una pesadilla interminable de decepción y opresión para la población palestina.
© Wikipedia
El secretario del Foreign Office británico, Arthur James Balfour, y su carta de 1917
Tras la II Guerra Mundial, con el conflicto palestino alcanzando cada vez niveles más altos de intensidad y el Imperio británico en caída libre, Gran Bretaña renunció a su papel de mandataria y le cedió a la incipiente ONU la tarea de decidir qué hacer.

La ONU creó un grupo de alto nivel para dar forma a una propuesta, que tuvo como resultado un conjunto de recomendaciones que incluían la partición de Palestina en dos comunidades, una para los judíos, otra para los árabes. Se internacionalizó Jerusalén, en la que ninguna comunidad podría ejercer la autoridad gobernante ni tendría derecho a reclamar que la ciudad era parte de su identidad nacional. Ese informe de la ONU fue adoptado como propuesta oficial bajo la forma de la Resolución 181 de la Asamblea General.

El movimiento sionista aceptó la Res. 181, mientras los gobiernos árabes y los representantes del pueblo palestino la rechazaban, afirmando que infringía los derechos de autodeterminación y que era enormemente injusta. En aquel momento, los judíos constituían menos del 35% de la población aunque se les había cedido más del 55% del territorio.

Como es ampliamente conocido, se emprendió una guerra de la que los países árabes vecinos que entraron en Palestina acabaron derrotados por las bien entrenadas y armadas milicias sionistas. Israel ganó la guerra, apoderándose del 78% de Palestina en el momento en que se alcanzó el armisticio, desposeyendo a más de 700.000 palestinos y destruyendo varios cientos de pueblos palestinos. Esta experiencia, el momento más amargo sufrido por los palestinos, es conocida entre ellos como la nakba o catástrofe.
© Wikimedia
Refugiados palestinos abandonando Galilea en octubre-noviembre de 1948
1967

El tercer aniversario de 2017 es el que va asociado a la guerra de 1967, que llevó a otra derrota militar de los vecinos árabes y a la ocupación israelí de la totalidad de Palestina, incluyendo la ciudad entera de Jerusalén y la Franja de Gaza.

Estados Unidos: el socio estratégico

La victoria israelí cambió la ecuación estratégica de forma espectacular. Israel, que había sido considerado anteriormente una carga estratégica para los EEUU, de repente pasó a ser apreciado como socio estratégico con derecho a recibir un apoyo geopolítico incondicional.

En la famosa Resolución 242, el Consejo de Seguridad de la ONU decidió por unanimidad el 22 de noviembre de 1967, que había que negociar la retirada de las fuerzas israelíes, acordando determinadas modificaciones en las fronteras, en el contexto de alcanzar un acuerdo de paz que incluyera una resolución justa a la situación de los refugiados palestinos que estaban viviendo por toda la región.

Durante los 50 años siguientes, hemos sido testigos del no cumplimiento de la Res. 242. Bien al contrario, Israel ha invadido aún más la Palestina Ocupada mediante la ampliación de asentamientos y de la infraestructura con ellos relacionada, hasta tal punto que muy pocos puede creer que un Estado palestino independiente pueda coexistir ya con Israel, ni siquiera que sea algo deseable.
© AFP
Manifestantes palestinos en el Día de Jerusalén, que marca el aniversario de la "reunificación" de la ciudad por parte de Israel tras la guerra de los Seis Días de 1967
Estos aniversarios revelan tres etapas en el constante empeoramiento de la situación palestina. También evidencian la incapacidad de la ONU o de la diplomacia internacional para resolver el problema de cómo palestinos y judíos deberían compartir la tierra.

Es demasiado tarde para revertir enteramente estas fuertes corrientes de la historia, pero sigue siendo imperioso encontrar una solución humana que de algún modo permita que estos dos pueblos vivan juntos en paz o en comunidades políticas separadas.

Confiemos fervientemente en que pueda encontrarse una solución satisfactoria antes de que otro nuevo aniversario reclame nuestra atención.
Richard Falk es experto en derecho internacional y relaciones internacionales. Ha sido profesor en la Universidad de Princeton durante cuarenta años. En 2008 fue nombrado por la ONU para cumplir un mandato de seis años como Relator Especial para los Derechos Humanos en Palestina.
Fuente original: http://www.middleeasteye.net/columns/2017-year-recall-three-bleak-palestinian-anniversaries-363252392