Hay criterios para discernir entre revolución permanente y deterioro continuo. Por eso asombra que desde determinados sectores de la izquierda no se manejen tales elementos de juicio. Trotsky, que hizo de la revolución permanente el eje de su reflexión teórica -retomó el hilo en su día recogido por Marx, toda vez que el mismo capitalismo estaba de continuo en su propia "revolución permanente"-, no dejó de suministrar indicios para diferenciar una cosa de otra.

La falta de una estrategia adecuada y, en el horizonte, el trocamiento de objetivos revolucionarios de efectiva transformación social por una "utopía reaccionaria", son claros síntomas de que se está en la vía muerta del declive de una acción política que dejó de tener potencial de revolución. Hoy pasa en Venezuela, cuando las actuaciones del gobierno que preside Nicolás Maduro han entrado en derroteros que, por mi parte, me atrevo a calificar de antirrevolucionarios.

¡Ojo! Una revolución tiene que hacer frente a las fuerzas contrarrevolucionarias que se le oponen. Condorcet, durante la Revolución Francesa, ya hizo tan elemental constatación, a lo cual, desde el lado conservador, le añadió De Maistre la fina observación de que "la contrarrevolución no es una revolución a la inversa, sino lo contrario a la revolución".

Podemos recordar, andando el tiempo, a "la Contra" que en Nicaragua se opuso a la Revolución Sandinista -¿dónde quedó, por cierto?-, o, mucho más atrás, a las fuerzas que se resistieron a la Revolución Bolchevique, de la cual celebramos el centenario. El condenable bloqueo a Cuba entra también en ese capítulo. Pero observado todo ello, lo importante es reparar en que la antirrevolución es algo muy distinto. No se trata en este caso de las resistencias externas, sino de las tendencias internas que distorsionan y acaban pervirtiendo el sentido de una revolución.

Y así se va a parar a una situación similar a la que señalamos cuando hablamos de antipolítica, la cual no es, sin más, lo contrario a la política, sino la consecuencia de una dinámica destructiva que desde dentro de la política acaba con las mismas condiciones que la hacen posible. Hannah Arendt, precisamente en su obra Sobre la revolución, subrayaba cómo la violencia desde dentro de la política conduce a la antipolítica. El deterioro de un proceso revolucionario que incluso puede verse traicionado desde dentro en cuanto a sus objetivos y métodos conduce en su caso a la antirrevolución.

Los lamentables procesos antirrevolucionarios obligan a considerar diferentes casos de revolución traicionada. En el caso de la URSS, el terrible papel de un Stalin a la vez criminal e impostor -de ello no le redime el sacrificio del pueblo y los saldados de la Unión Soviética en su lucha contra el nazismo- llevó a la irrecuperable consumación de la antirrevolución que ya quedó sentenciada en el Gulag. Hoy aún nos preguntamos cómo, no ya desde dentro de un sistema totalitario, sino desde fuera se guardaron tan escandalosos silencios respecto a la deriva de la URSS. Buena parte de las izquierdas occidentales quedaron atrapadas en el encubrimiento de la barbarie que suponía los millones de víctimas de un sistema contrario a todo objetivo de emancipación, y así fue bajo la coartada de no suministrar armas ideológicas al enemigo capitalista.

Mientras tanto fueron masacrados muchos amigos en el equívocamente llamado "socialismo real". Por desgracia no se tuvo en cuenta una muy certera advertencia de Gramsci, quien desde la cárcel bajo el fascismo pensaba muy bien lo que escribía cuando dijo que, bajo la dirección autoritaria de líderes encumbrados, se caía en "el hábito criminal de no preocuparse por evitar sacrificios inútiles", es más, sacrificios injustos al no tenerse en cuenta "el sacrificio de otro" y "jugar con la piel ajena". Desde las páginas de La política y el Estado moderno, el líder del comunismo italiano, consciente de que cualquier revolución exige sacrificios al pueblo, ponía el límite en un punto claro: el pueblo no debe ser sacrificado en el altar de una revolución que deja de serlo si se vuelve contra el pueblo mismo. Mucho habríamos ganado en la izquierda en cuanto a coherencia y credibilidad si se hubiera tenido en cuenta, por ejemplo, la negativa de Albert Camus a bendecir el stalinismo, lo cual le supuso ácidas críticas hasta del mismísimo Sartre.

Actualmente tenemos datos suficientes para pensar que en la República Bolivariana de Venezuela se está viviendo un proceso de antirrevolución que demanda claridad de juicio y solidaridad no enturbiada por dogmatismos ideológicos. El empobrecimiento al que se ha visto arrojada la ciudadanía venezolana no es atribuible solamente al acoso que la economía de Venezuela ha padecido desde el exterior, incluso contando con la alianza de la oligarquía autóctona.

Algo ha ido mal en la gestión de la economía y en la administración de los bienes públicos de un país agraciado en recursos naturales -especialmente hidrocarburos-. El grave déficit democrático que el gobierno de Maduro incrementa al propiciar el enfrentamiento de dos Asambleas Nacionales que colisionan disputándose la legitimidad, y que igualmente aumenta con la destitución fulminante de la fiscal Luisa Ortega, que otrora actuó desde el Ministerio Público defendiendo al gobierno chavista de los ataques delictivos que sufría, por denunciar después desde casos de corrupción hasta la anulación de la división de poderes en el Estado, no es sólo achacable a una oposición que ciertamente presenta páginas turbias por el lado de la derecha y la extrema derecha que en ella acaparan protagonismo.

A estas alturas, con la deriva observable en la Revolución Bolivariana, en la que los mismos éxitos sociales de la primera etapa de Chávez se ven drásticamente mermados, en la que a la escasez de bienes de primera necesidad se suma la insoportable inseguridad en una sociedad que no encuentra en su Estado garantías mínimas contra una violencia criminal, exigir lo elemental en una democracia digna de tal nombre, como ha hecho la fiscal general destituida -sobre la que, al modo stalinista, se hacen recaer acusaciones con calumnias de diverso calibre-, se convierte en lo verdaderamente revolucionario.

Desde la izquierda, tal como están las circunstancias en Venezuela, bien podía tenerse en cuenta hasta la apreciación de Lenin en El Estado y la revolución, acerca de que "sin instituciones representativas no puede concebirse la democracia, ni aun la democracia proletaria". Y menos aún en el siglo XXI, para el cual se quería un socialismo a su altura, sabiendo que no hay revolución que valga si la libertad no va en su frontispicio.

No basta con que una revolución se autodenomine socialista para que lo sea, ni podemos dar por suficiente que un dirigente se presente como gran timonel -o heredero de un líder cuya memoria se manipula en un momificado discurso de signo regresivo- para dar por buena su hoja de ruta. Y así lo podemos decir aquí y en Pekín, pasando por Caracas. Improcedente es venir con la milonga de por qué ocuparnos de Venezuela si en España tenemos graves problemas que resolver. Esto último es cierto, pero lo cortés no quita lo valiente, y el internacionalismo en época de globalización tanto nos exige criticar la barbarie de la satrapía saudí o apoyar las reivindicaciones del Rif en Marruecos como atender a lo que ocurre allende el Atlántico. Con motivos sobrados: una efectiva solidaridad con el pueblo venezolano y un apoyo real, no meramente retórico, a procesos de cambio en los que la izquierda mundial se juega su solvencia y credibilidad.

Haciéndonos eco de palabras de Marx cuando analizó la figura de Bolívar -es verdad que no fue del todo justo con ella-, podemos volver a decir que el bonapartismo al que llevan ciertos caudillismos, hoy revestidos de presidencialismo democrático, no aporta lo que el pueblo necesita en términos de libertad, igualdad y justicia. Lo debemos decir con la misma fuerza con la que rechazamos todo intento que, ante la crisis de Venezuela, pase por una sublevación militar, sanciones que aún hagan más lacerante la penuria que recae sobre la población o la ilegítima injerencia externa que siempre ronda como amenaza de EEUU. Pero cuidado con el autoengaño de meramente señalar la brutalidad de Trump para justificar la antidemocrática impericia de Maduro. Venezolanas y venezolanos podrían estar de acuerdo en jugar con honestidad las cartas de la democracia. Desde la economía hasta la cultura, políticamente socialismo significa más democracia.