Aunque es consciente que el reconocimiento de Catalunya como nación y sus singularidades no desactivarán al soberanismo, cree que un sector independentista podría dejar de serlo.
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Josep Borrell fue el primer nombre que se filtró del gabinete de Pedro Sánchez y se sentará a su izquierda en las reuniones del Ejecutivo. Su nombramiento -y la celeridad con que se hizo público- se interpretó como un gesto tras prosperar la moción de censura con el apoyo de los soberanistas. Quien fuera ministro con Felipe González ha sido un "sanchista" fiel y azote del independentismo en estos últimos meses. No en vano su nombramiento irritó a Carles Puigdemont y desde Ciudadanos lo vieron con buenos ojos aunque posea la cartera de Asuntos Exteriores y que la encargada de la cuestión territorial sea la otra catalana del Consejo de Ministros, Meritxell Batet.

The New York Times sugería al Gobierno de Sánchez en un editorial que encarara el desafío catalán y la ministra de Política Territorial y Función Pública, desde Barcelona, ya apuntó este sábado que para "superar la crisis institucional" y, en especial, la "territorial" que vive el Estado es necesaria una reforma de la Constitución "urgente, viable y deseable". Aunque Batet ya ha reconocido este lunes que es necesario consenso para ello.

Todavía resuenan el "desinfectar" que pronunció Borrell el pasado mes de octubre, verle al frente de las protestas de Societat Civil Catalana (SCC) o sin ir más lejos sus declaraciones a La Sexta este domingo, en las que apuntaba que Catalunya está al borde de un enfrentamiento civil. Aunque a la vez abría la puerta a recuperar algunos de los artículos del Estatut que fueron declarados nulos.

No obstante, hace un año, en el libro Los idus de octubre. Reflexiones sobre la crisis de la socialdemocracia y el futuro del PSOE (Catarata), Borrell abogaba por hablar con los soberanistas y aunque reconoce que "esa discusión esencialista no le apasiona", en referencia a la plurinacionalidad, deja claro que el concepto de España como nación de naciones está en el ideario socialista, que en su día defendía la autodeterminación. En el libro defiende a Pedro Sánchez, que todavía no había recuperado su despacho de Ferraz y además de buscar soluciones a la crisis de la socialdemocracia, aborda la cuestión catalana.

"Ni a cañonazos como en los años treinta del siglo pasado, ni solo con sentencias de los tribunales ahora", apuntaba. "Claro que hay que hablar, y mucho. Con ellos y sobre lo que ellos dicen, para desmontar sus mitos y falsedades. Eso de que 'con los nacionalistas ni se habla', que oímos durante los meses que duró la crisis, me parece un error de los más importantes líderes socialistas", decía en alusión a la crisis del PSOE que acabó con la salida de Pedro Sánchez de la secretaría general de Ferraz, que según apunta Borrell fue por que los barones socialistas aseguraban que había cerrado lo que el denominaba ya entonces como "operación Frankenstein", en alusión a las declaraciones del diputado andaluz Miguel Ángel Heredia sobre el pacto secreto con Podemos y soberanistas en los tiempos del "no es no".

"Se da la paradoja de que cuando haya un Gobierno socialista en la Moncloa, tendrá que dialogar con los nacionalistas, pero para llegar a la Moncloa todo diálogo será sospechoso y siempre habrá quien diga que la potencial abstención de los nacionalistas encierra contrapartidas encubiertas", vaticinaba ya en mayo de 2017, sin tomar en consideración la posibilidad de que hubiera apoyo y que fuera la moción lo que llevara a Sánchez a la Moncloa.
El ministro de Asuntos Exteriores, Josep Borrell, a su llegada al Palacio de la Moncloa para asistir al primer Consejo de Ministros.
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El ministro de Asuntos Exteriores, Josep Borrell, a su llegada al Palacio de la Moncloa para asistir al primer Consejo de Ministros.
Borrell recuerda además que el PSOE, con la Declaración de Granada, "permite un mejor encaje de Catalunya en España dentro de una estructura federal de Estado" y que quien primero dijo "la concepción de España como nación de naciones nos fortalece a todos" fue Felipe González en un artículo publicado con Carme Chacón en El País el 26 de julio del 2010, después de la sentencia del Tribunal Constitucional. "¿A qué viene ahora tanta escandalera?", se preguntaba Borrell.

"Todo lo que se plantea en la propuesta de Pedro Sánchez tiene perfecta cabida en la Declaración de Granada, la biblia socialista en la materia. Pero la cuestión fundamental que ha centrado la polémica es el reconocimiento del carácter plurinacional de España", defendía el ahora titular de Asuntos Exteriores, Unión Europea y Cooperación, que también fue presidente del Parlamento Europeo.

"Esa plurinacionalidad implica reconocer que Catalunya es una nación que tiene cabida dentro de otra nación que es la española, manteniendo que la soberanía reside en el conjunto de pueblo español. Y sobre eso ciertamente hay diferencias dentro del partido socialista. Hay quien se opone tajantemente a este reconocimiento, como hizo la representante de la candidatura de Susana Díaz en un coloquio televisado con representantes de las otras dos, por cierto, los tres de Valladolid. Según su planteamiento, el reconocimiento de Catalunya como nación conduce a la desintegración del Estado", apunta.

"¿Pueden caber varias naciones dentro de un mismo Estado? En la práctica así es: en el mundo hay muchas más naciones, o identidades nacionales, que Estados", reflexiona Borrell, que acto seguida critica que los nacionalistas opinan que toda nación debe construir un Estado.

"Afirmar el carácter plurinacional de España puede caber en el desarrollo de la Constitución, tratando de acomodar en su marco las especificidades históricas, lingüísticas y culturales existentes en España. Los que defienden lo contrario atribuyéndose la pureza de las posiciones socialistas no parece que conozcan bien nuestra historia. O lo hacen de forma táctica e interesada", critica.

"El concepto de nación de naciones que hace rechinar los dientes a todo nacionalista español -también a los catalanes- puede no ser un término aceptable para la ciencia política. Pero no estamos haciendo ciencia, sino política; y el concepto de realidad plurinacional del Estado puede ser un forma de desarrollar el artículo 2 de la Constitución y dar satisfacción a las demandas de reconocimiento de una parte de la sociedad catalana sin que por ello troceemos la soberanía del conjunto del pueblo español", apuntaba Borrell.

E incluso va más allá: "Habrá que encontrar fórmulas que incorporen ese reconocimiento de la personalidad nacional catalana en la Constitución española sin que impliquen agravios ni privilegios".

"¿Esa clase de realidad nacional les va a satisfacer?", pregunta en referencia a los soberanistas. "Por supuesto que no, ya lo sabemos. Pero sí sirve para satisfacer el deseo de reconocimiento de su identidad que tienen muchos catalanes que no son independentistas o que pueden dejar de serlo", opina.

"De manera que no, Sánchez no quiere romper España. Si lo quisiera, yo me habría enterado, porque no creo ser el tonto útil. Más bien creo que los que están contribuyendo a agravar las grietas que amenazan la estabilidad del sistema territorial español son las carpetovetónicas actitudes de la España unitaria de matriz castellana que se niega a sacar las consecuencias de su diversidad", concluía Borrell.

"El proyecto político de Pedro Sánchez es 100% constitucionalista, se fundamenta en la Constitución, en su artículo 2, que establece la unidad de España, compuesta por nacionalidades y regiones. Recordemos que la posición del PSOE en la ponencia constitucional en relación con ese artículo de la Constitución fue fijada por Gregorio Peces-Barba con esta intervención: 'La existencia de diversas naciones o nacionalidades no excluye, sino todo lo contrario, hace mucho más real y más posible la existencia de esa nación, que para nosotros es fundamental, que es el conjunto y la absorción de todas las demás y que se llama España'", remata el ministro de La Pobla de Segur, el segundo de esa pequeña localidad del Pallars que ocupa la cartera de Exteriores tras Pedro Cortina en el tardofranquismo y fue el primero de la monarquía.