Se hizo multimillonario con Microsoft, pero su arrogancia y visión despiadada de los negocios lo volvieron el empresario más odiado. Hoy, su vocación filantrópica lo convierte en el propulsor de una de las mejores posibilidades que tiene la humanidad para ganarle al coronavirus.

Alerta de propaganda totalitaria disfrazada de filantropía:
© The New York TImes
Bill Gates y su esposa, Melinda French

En el Top 10 de las charlas TED más vistas, una se titula ¿Qué hace a una buena vida? Lecciones del estudio más largo sobre la felicidad y otra, Depresión, el secreto que compartimos . También, hay en la lista una modelo hablando de la industria de la belleza y un chico de 12 años que desarrolla videojuegos. Pero ninguna de esas diez más populares trata sobre el tema que hoy paraliza al mundo, desafía a los gobiernos, invade cada segundo de los noticieros y bombardea nuestros teléfonos, ya sea en forma de meme gracioso o audio apocalíptico. Sin embargo, eso no quiere decir que esa charla TED no exista hace años.

Marzo de 2015. Bill Gates , cofundador de la empresa de software Microsoft (gracias a la cual es, desde hace un cuarto de siglo, uno de los hombres más ricos del planeta), camina hacia el centro del escenario del evento TEDx Vancouver, en Canadá, con un barril lleno de latas de comida igual al que tenía en el sótano de su casa cuando era chico porque, en esa época, sus padres, como muchos otros, temían que se desatara una guerra nuclear entre Estados Unidos y la Unión Soviética.

El barril está ahí porque, a pesar de la presentación llena de datos duros que mostrará en pantalla, Gates sabe que necesita llamar la atención de la audiencia de una manera especial. Tiene un mensaje importante, potencialmente urgente, de vida o muerte: "Si algo mata a millones de personas en las próximas décadas, es más probable que sea un virus muy infeccioso que una guerra. No serán misiles, sino microbios" , asegura.

Bill Gates

"Si algo mata a millones de personas en las próximas décadas, es más probable que sea un virus muy infeccioso que una guerra. No serán misiles, sino microbios"
De villano a favorito

Si alguien hubiese dicho, veinte años atrás, que Bill Gates se iba a transformar en el mayor filántropo de la historia de Estados Unidos (y, posiblemente, del mundo), nadie lo habría creído. De hecho, debido a su fama en los 90 de pelear hasta las últimas consecuencias por cada centavo de dólar, habría sido el ejemplo perfecto de un oxímoron.

Nacido en octubre de 1955, William Henry Gates III fue el segundo de los tres hijos de una típica familia acomodada de Seattle. Su padre fue un exitoso abogado y su madre, un miembro destacado de su comunidad, tanto por su trabajo voluntario en organizaciones educativas y benéficas como por haber sido una de las primeras mujeres de su país en integrar directorios de bancos, empresas de telecomunicaciones y aseguradoras, entre otros sectores tradicionalmente masculinos para la época. Bill tuvo una infancia privilegiada, con clases semanales de tenis, vacaciones de esquí en el invierno y visitas a la iglesia protestante de su barrio cada domingo. Pero era sobre todo un introvertido sin remedio, que se refugiaba en sus libros siempre que podía (un hábito que conserva hasta el día de hoy, que siempre que viaja se lleva una bolsa con diez o hasta quince títulos de no ficción diferentes para leer y aprender).

Acostumbrado a la escuela pública a la que asistió hasta los 12 años, estuvo a punto de hacer trampa para reprobar el examen de ingreso en Lakeside School, la secundaria privada y solo para varones a la que sus padres insistieron en mandarlo. "Pero fue más fuerte que yo", admitió acerca de los ejercicios y preguntas que tuvo que resolver, y que respondió sin ningún error. Acostumbrado al entorno competitivo en el que fue criado, en octavo grado, obtuvo su primer gran título: en el ranking de mejores alumnos en matemáticas de todo el estado de Washington, salió primero, pero no solo comparado con chicos de su misma edad, sino también con respecto a los de noveno y décimo.

Fue en la recién estrenada sala de computación de Lakeside donde conoció a Paul Allen, dos años mayor que él, tan fanático de Jimi Hendrix como de la programación. Paul logró fascinarlo con el nuevo mundo lleno de posibilidades que se abría gracias a los chips y la escritura de código, pero no tuvo la misma influencia con respecto a sus gustos musicales. El primer software que Gates creó fue un tateti en el que se jugaba contra la computadora. "Estaba maravillado con la máquina y cómo siempre ejecutaba el código de programación a la perfección", escribió en su biografía. Solo él sabrá si ese fue el momento en que su manía por descubrir soluciones a problemas complejos y sistematizarlas se encontró por fin con un canal de expresión a la altura de su deseo, o si fue la computación la chispa que generó esa pulsión insaciable.

Gates y Allen pasaban días enteros programando; lo que empezaron a escribir fue mucho más que código: fue la historia misma de Microsoft, una de las empresas más exitosas de todos los tiempos. Fundada por los dos amigos en 1975 (un año antes de que Bill tuviera la edad suficiente para comprar alcohol), Microsoft arrancó en un departamento que alquilaron en Albuquerque, donde también vivían por y para el software, durmiendo en formato microsiesta, con la cabeza apoyada sobre el teclado. Bill sobre todo estaba tan absorto que, para no perder tiempo en cuestiones innecesarias, se alimentaba a base de sobres de Tang, por entonces publicitado como la bebida que los astronautas de la NASA se habían llevado a la luna. Ni siquiera se molestaba en preparar el jugo: "Mi cuerpo ya tenía agua, así que me salteaba ese paso y directamente me comía el polvo", cuenta divertido en un pasaje del documental de Netflix Bill Gates bajo la lupa, estrenado en 2019.

Para cuando Microsoft se convirtió en una empresa pública, Allen ya había dejado de trabajar ahí tras haber sido diagnosticado de cáncer pero, sobre todo, por algunas diferencias insalvables con su socio. Bill le criticaba a Paul que no estuviera lo suficientemente comprometido con el trabajo, y éste veía en aquel una ambición desmedida, una persona intensa y soberbia capaz de pasar por el estacionamiento de las oficinas un sábado para leer las patentes de los autos y así adivinar qué empleados iban a trabajar los fines de semana.

La salida de Microsoft a la bolsa en 1986 llevó a que, con apenas 31 años, Gates se transformara en el multimillonario hecho desde abajo más joven de Estados Unidos, con US$ 318 millones según la revista Forbes. Durante la siguiente década, su exposición pública -al igual que su fortuna- no hizo más que crecer y volverlo un personaje casi mítico. Pero, en pocos años, su imagen popular de nerd devenido rico y famoso, admirado y envidiado en partes iguales, sufrió un golpe descomunal.

¿Es Microsoft demasiado poderosa?, se preguntaba el título de la nota de tapa de Business Week en marzo de 1993. La misma comunidad techie era mucho menos sutil a la hora de criticar al gigante del software (cuyo sistema operativo y producto estrella, Windows, estaba instalado en el 98% de las computadoras del planeta) y lo acusaba de haber establecido un monopolio implacable, a fuerza de conductas antiéticas y de comprar u obligar a quebrar a la competencia. Fue por esa época que Microsoft se ganó el apodo de imperio del mal en alusión a Star Wars, la saga que, irónicamente, Bill tanto amaba (para el estreno de Episodio I: La amenaza fantasma, compró los 395 asientos de un cine para poder ver la película solo con su esposa Melinda).

La polémica escaló varias veces a los tribunales con las demandas de distintos rivales hasta que el propio gobierno de Estados Unidos lo acusó de monopolio abusivo. Amenazada la supervivencia de un negocio con ingresos de US$ 25.000 millones anuales y que daba trabajo a casi 50.000 personas (hoy son US$ 125.000 millones y 150.000 empleados), Gates decidió dar un paso al costado del management y enfocarse 100% en la defensa.

Años de litigios, sentencias y apelaciones desembocaron, en 2001, en un acuerdo tan desgastante económica como emocionalmente. El día que ese infierno terminó, confiesa que lloró. Pero, aunque había logrado salvar a Microsoft, el futuro no sólo era incierto sino, incluso, desalentador: mientras él peleaba la batalla judicial, la industria tech había pegado un salto cuántico de la mano de los primeros smartphones, el auge de la música digital y las incipientes redes sociales. Su empresa llegaba tarde a una nueva edad de oro liderada por Apple y sus revolucionarios iPod e iPhone, frente al cual la insulsa e inmóvil PC quedaba como un armatoste jurásico.

"Sería un tipo más abierto e interesante si alguna vez en su juventud hubiese probado ácido o ido a un ashram", era el tipo de crítica que solía hacerle Steve Jobs ; ambos mantuvieron siempre una extraña relación pasivo-agresiva , mezcla de admiración y rivalidad, de complicidad y competencia. Se podría decir que los dos hombres que protagonizaron la revolución de la computadora estaban en polos opuestos intelectualmente, y esto se reflejaba incluso en su forma de vestir. Jobs, con su legendario outfit de jeans Levi's, zapatillas blancas New Balance y remera negra de manga larga y cuello alto, se convirtió en todo un ícono de la tecnología potenciada mediante la estética y la creatividad; en cambio, Gates puso la practicidad ante todo y desde que tuvo 30 se vistió como si tuviese 60, un uniforme de rigor sin ningún tipo de imaginación a base de pantalones beige, sweaters de cashmere y anteojos en la antítesis de lo cool.

"Daría mucho por tener el buen gusto de Steve", admitió Bill, con la arrogancia más aplacada, en 2007, el mismo año en que Apple lanzó el primer iPhone y su sobria belleza cautivó a millones de personas. Mientras tanto, en Microsoft, todavía se debatían sobre la supervivencia de Clippy, el molesto y burdo asistente virtual de Word, y el supuesto competidor del iPod, Zune, ya mostraba claras señales de convertirse en un fracaso total.

Pero el gran error de Bill Gates , que él mismo admite que le hizo perder "una oportunidad única en un mercado de US$ 400.000 millones", fue dejar que Google creara el sistema operativo Android. "De haberlo hecho nosotros, hubiésemos sido el líder tecnológico indiscutido. Ah, bueno.", se encogió de hombros cuando habló del tema por primera vez el año pasado.

No es que Bill Gates haya perdido la ambición; más bien, la reenfocó. Fue precisamente después de ese calvario de litigios que su mente invencible -brillante, inquieta, obsesiva- mostró los primeros atisbos de una profunda e irreversible metamorfosis personal. Como graficó Jeff Goodell, editor de Rolling Stone : "Cuando Gates renunció a su cargo de CEO en Microsoft en 2000, encontró la manera de transformar su agresivo impulso por conquistar el escritorio en otro impulso igual de agresivo por ganarle a la pobreza y la enfermedad". Así se explica por qué, en vez de proponerse objetivos más glamorosos y excitantes como crear el teléfono móvil más deseado o lanzar un auto descapotable al espacio, el nuevo milenio lo encontró desvelándose por reinventar el inodoro.
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