Los resultados de las elecciones madrileñas de este atípico martes arrojan varias certezas: el fracaso sin paliativos de una estrategia, la de Moncloa; el balón de oxígeno que supone para Génova; el fin de la nueva política que representaban Ciudadanos y Podemos y la irrupción de otro actor político, Más Madrid.
Ayuso
Todo un tsunami que traspasa las fronteras de la Comunidad para unos comicios que terminaron con el anuncio de Pablo Iglesias de dejar la política y la desaparición en la región del partido que fundara Albert Rivera, dos líderes políticos que acariciaron en su momento la ambición de sorpassar a PSOE y PP, respectivamente, para inaugurar un nueva era política. Casi nada.
Madrid

Que el 4-M tenía una lectura en clave nacional era una evidencia desde el momento en que se planteó en términos de «comunismo o libertad» -dixit Isabel Díaz Ayuso- o «fascismo y democracia», al que se Iglesias arrastró al conjunto de la izquierda. También por el modo en que el instituto sociológico público, en manos de un activista como José Félix Tezanos, lejos de hacer una foto fija sobre el estado de opinión pública, quiso configurar esa opinión pública a favor de la izquierda.

Madrid ha sido una suerte de laboratorio que ha puesto patas arriba el tablero político de España. Un contratiempo, sin duda para Pedro Sánchez, que intentó la estampida al final ante los malos augurios demoscópicos y que tiene ante sí un dilema complicado de resolver, esto es, si mantiene su hoja de ruta de avanzar en la legislatura como si nada hubiera ocurrido y le da la opción a Pablo Casado de ir recomponiendo el espacio del centro-derecha, o aventura un adelanto electoral en unos meses en plena ola de optimismo popular.

El gesto de seguir los resultados desde Moncloa, con José Luis Ábalos en Ferraz, dejando a Ángel Gabilondo a su suerte en un hotel de la capital no constituía una imagen muy edificante. El jefe del Ejecutivo deberá meditar también sobre la salud de su gobierno de coalición y si el electorado madrileño ha castigado esa alianza.

Pablo Iglesias cumplió uno de sus objetivos: salvar a las siglas de su desaparición, pero con un resultado tan mediocre que su heroica tarea de dejar la vicepresidencia segunda para salvar a Madrid del «fascismo» y de la «extrema derecha» acabó en caricatura. Se va. Posiblemente no ha hecho otra cosa que adelantar una marcha que no iba a tardar mucho, pero lo vuelve a hacer con la épica que tanto le gusta.

A Unidas Podemos y al PSOE les ha salido un contendiente inesperado. Más Madrid. Ya adelantó a los morados hace dos años, pero entonces los candidatos eran Manuela Carmena para el ayuntamiento e Íñigo Errejón para la Comunidad. Este martes, Mónica García ha demostrado el acierto de su negativa a ir de la mano de Iglesias en una lista conjunta y obtiene el título de líder de la oposición en la Asamblea madrileña.

Está por demostrarse que el crecimiento de esta formación tenga en el futuro plasmación en el Congreso de los Diputados, donde sólo se sientan Íñigo Errejón e Inés Sabanés, de Más País, pero lo de este martes puede ser un toque de atención preocupante para socialistas y morados.

En el centro-derecha hay una recomposición evidente al desaparecer Ciudadanos del mapa político madrileño, al menos del regional. El PP de Casado absorbe ese hundimiento sin paliativos, tras el fracaso de la estrategia socialista de intentar atraer voto moderado. Con dos actores en ese bloque ideológico, creen en Génova que es factible competir con el frente PSOE-Unidas Podemos, aunque necesitarían de otros aliados parlamentarios en un Congreso muy fragmentado. «Hay partido, se puede ganar a Sánchez», dijo ayer Casado desde el balcón de Génova para festejar el resultado incontestable de Isabel Díaz Ayuso.

En el caso de Casado el dilema reside en el tono de la oposición que quiera hacer en los próximos tiempos, esto es, si vuelve a endurecer su discurso para hacerlo más parejo al de Díaz Ayuso, lo que le permita atraer voto de Vox, o sigue la misma estela de distanciamiento que marcó en la moción de censura presentada por Abascal el año pasado. Con estos datos, no es descartable que intente arrastrar al presidente de la Junta de Andalucía, Juan Manuel Moreno, a unas elecciones anticipadas con un PSOE en depresión y sin candidato autonómico.

La sede nacional del PP, ya por poco tiempo, volvió a vivir ayer el ambiente de su grandes triunfos. Fue más grande el de Alberto Núñez Feijóo en julio del año pasado cuando revalidó su cuarta mayoría absoluta, pero «Casado es Madrid» -al margen de los juegos de palabras de Díaz Ayuso- y fue su apuesta personalísima. Que este sea para la presidenta autonómica el principio de una carrera a más altas cotas, está por ver, pero no deja de ser, aunque le pese a Moncloa, una buena noticia para Casado y para la marca PP

Vox ha resistido. Es lo mejor que se puede decir de una campaña que arrancó a la baja y que la irrupción de Iglesias revitalizó. La polarización y la crispación sostuvo a los dos extremos del tablero político. Pero con estos resultados, Ayuso no les necesita para gobernar, salvo que Rocío Monasterio se sumara a la izquierda frente a Díaz Ayuso, cosa que ya han dicho que no van a hacer. La diferencia de escaños entre PP y Vox es tan abrumadora que parecen condenados a asumir su papel subsidiario, casi irrelevante.