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"La mentira tiene patas cortas" reza el dicho popular, y no será nada difícil comprobar que esta sentencia suele cumplirse cuando nos referimos a alguna mentira en particular. Sin embargo el largo de las patas no resulta tan fácil de determinar cuando pensamos en la mentira como una abstracción que abarca a toda la mentira en nuestras vidas.

Y qué lugar ocupa la mentira en nuestras vidas es justamente la pregunta que intentaremos responder.

Empecemos por hacer un esfuerzo voluntario y dejar a un lado toda la carga negativa y la condena social que acostumbramos a descargar sobre el término. Este pequeño esfuerzo nos abrirá la puerta para hacer un ejercicio de análisis más despojado de subjetividades y, consecuentemente, más cercano a verdades objetivas.

La mentira como un estado permanente

La mentira es más un estado en el que se encuentra el hombre común, que una cosa particular externa al hombre y que puede aislarse del mismo. Así entendida, la mentira se manifiesta como una condición humana que indefectiblemente afecta a todos los hombres. Es particularmente interesante descubrir que el término visto de este modo casi puede usarse como sinónimo de ilusión, aunque claro está, este último término lleva todas las de ganar pues socialmente se acepta con mayor agrado la ilusión que la mentira. Muchos padres acostumbran a alimentar "la ilusión" de Santa Claus y la consagrada parafernalia navideña en sus hijos, sin reparar que esto es una vulgar mentira equiparable a decirle a los niños que si se portan bien, a fin de año vendrá en la noche a traerle un regalo un gnomo verde hijo del Odín y Cleopatra.

La inocente ilusión no lo es tanto cuando nos aleja de la realidad lo suficiente como para no hacer contacto con ella.

En el contexto de esta breve exposición debemos entender a la ilusión como un estado de alejamiento de la verdad en el que el hombre se encuentra naturalmente. Y al utilizar el término "naturalmente" estamos queriendo decir justamente eso: de un modo natural, de acuerdo a leyes de la naturaleza. La ilusión es nada más y nada menos que nuestra modalidad de existencia. Vivimos sumergidos en una pequeña pecera y creemos que nadamos en el océano. Nos vemos a nosotros mismos de un modo diferente a como realmente somos. Nos creemos inteligentes cuando cometemos torpezas a diario, creemos que amamos, cuando en realidad sólo intentamos manipular a los demás para beneficio propio, nos consideramos justos pero transgredimos y atropellamos a otros sin la más mínima consideración, ... la lista es interminable. Y lo más notable: todo esto acontece la mayor parte del tiempo sin que siquiera lo notemos.

¿Pero cómo es posible que esto ocurra? El mundo en el que nos desarrollamos, crecemos, y aprendemos, parece particularmente diseñado para mantenernos en este estado. Claro está que sería muy fácil responsabilizar al mundo o a la sociedad y así quedar libre de culpa y parte. Pero la realidad parece revelarse algo más compleja e interesante. Todos nosotros somos parte de esta "maquinaria invisible" que nos sujeta, y de algún modo somos también responsables de nuestra eventual esclavitud.

De pronto parece que nos acercamos al abismo de una paradoja: ¿cómo es posible que existiendo "leyes naturales" que me mantienen atado a una ilusión, y un mundo diseñado para tal fin, sea yo, pobre víctima del destino, responsable de algo? La paradoja desaparece cuando logramos entender que parte de esa naturaleza también es ofrecernos la posibilidad de dejar atrás la ilusión. Pero claro, esto es sólo una posibilidad que puede materializarse sólo después de un largo proceso de aprendizaje y conocimiento de sí mismo, guiado por el interés sincero de liberarse de las ataduras de la ilusión. ¿Parece fácil? No lo es, pero constituye quizá todo el sentido de nuestra existencia.

¿Por qué mentimos?

Hasta el momento hemos esbozado algunas ideas utilizando expresiones como "mundos diseñados", "maquinarias", y haciendo referencia a "fuerzas invisibles subyacentes" que gobiernan nuestra realidad para contenernos y evitar que despertemos del letargo en el que vivimos. Esto, así expresado, no parece abandonar el campo de las ideas vagas apoyadas en la observación personal o en ideas ya expresadas con anterioridad por otros.

La hipótesis que pretendemos plantear es atrevida y exige un mayor esfuerzo por nuestra parte.

Reflexionar acerca de por qué mentimos se presenta ante nuestros ojos como un buen punto de partida. Considerando que la naturaleza contiene los mecanismos que nos atan a la ilusión, sería particularmente útil encontrar cuales son esos mecanismos y de que modo se manifiestan en nuestra realidad a través de la psiquis humana. Así que hacia allá vamos...

Raíces fisiológicas de la mentira

Cuenta un misionero escocés, David Livingston, que en cierta oportunidad fue atacado por un león. Pese a las graves heridas sufridas, tuvo la suerte de sobrevivir y, tiempo más tarde, relatar aquel desgraciado encuentro. Lo realmente asombroso del relato es que en el momento en que todos podríamos imaginar que sintió un terror desgarrador, él experimentó una extraña indiferencia:
"Oí un grito. Sobresaltado, me di media vuelta y vi al león en el preciso instante en que saltaba sobre mí... Clavó sus garras en mi hombro y los dos caímos juntos al suelo. [...] El shock me produjo un estupor similar al que debe sentir un ratón tras el primer zarpazo de un gato. Me produjo una especie de somnolencia, en la cual no sentía dolor ni terror a pesar de que [yo estaba] totalmente conciente de lo que me sucedía. Era como lo que suelen describir los pacientes bajo anestesia con cloroformo, que ven la operación pero no sienten el cuchillo."
Daniel Goleman, en su libro "La psicología del autoengaño" hace una interesante interpretación de las singularidades de este evento. En este libro Goleman plantea la hipótesis de que el diseño básico del cerebro contiene una serie de mecanismos para manejar todo tipo de dolor (inclusive las angustias psicológicas y las ansiedades sociales), y que estos mecanismos regulan el modo como percibimos la realidad.

En la naturaleza el dolor psicológico suele estar mayormente relacionado con la posibilidad de ser devorado por un depredador. Enfrentar tal evento lleva a la presa a experimentar auténtico estrés. La ciencia ha encontrado claros indicios de que existe un paquete de reacciones típicas frente al peligro. El estrés se manifiesta entonces como una serie de cambios neurofisiológicos que sufre el organismo en respuesta al ataque o a la amenaza de ataque.

Explica Daniel Goleman:
"Cuando [un individuo] percibe un evento como estresante, el cerebro emite señales al hipotálamo para que segregue una sustancia denominada CRF o factor córtico-liberador. El CRF llega a través de un canal especial a la glándula pituitaria o hipófisis, donde desencadena la liberación de ACTH - hormona adreno-corticotrófica - y de opioides, particularmente endorfinas."
En el hombre moderno estos mecanismo pueden dispararse sin que sea necesario enfrentar la muerte o la posibilidad de la misma. En los tiempos que corren afrontar un divorcio, perder el trabajo, sufrir maltrato o desamor, o simplemente reunirnos con los contadores de la empresa, puede constituir un detonante lo suficiente intenso como para experimentar dolor mental o trauma psicológico. Y los mismo mecanismos (posiblemente atávicos) que son observados en animales, pueden observarse en los seres humanos.

Pero ahondemos un poco más en estos mecanismo a la luz de evidencia científica que esclarece el panorama.

Las endorfinas y su efecto sobre la atención

La esquizofrenia es un diagnóstico psiquiátrico en personas con un grupo de trastornos mentales crónicos, caracterizados por alteraciones de la percepción o de la expresión de la realidad (extraído de Wikipedia). Son varias las líneas investigativas que vinculan las dificultades de expresión de los esquizofrénicos con la incapacidad de éstos de mantener la atención sobre un determinado hilo de pensamiento. En este mismo sentido el psiquiatra Monte Bushsbaum y un grupo de colaboradores del National Institute of Mental Health han reunido interesante evidencia relacionando este trastorno de atención con una anormalidad en el sistema de secreción de endorfinas.

Al parecer este sistema, en los esquizofrénicos, "inunda" de endorfinas el cerebro cuando no debería hacerlo. En busca de evidencia que vincule la atención con las endorfinas, el grupo de Bushsbaum hizo algunos interesantes experimentos. Compararon la capacidad de atención de un grupo de esquizofrénicos con la de otro integrado por individuos normales. El desempeño de los esquizofrénicos fue muy malo. Luego les administraron naltrexona (una droga bloqueadora de las endorfinas) y el desempeño de los esquizofrénicos fue notablemente mejor. Pero la gran sorpresa fue cuando administraron naltrexona a los sujetos del grupo normal: la capacidad de atención de éstos se vio mejorada también en forma significativa. De ahí dedujeron que, al parecer, las endorfinas, entre otros posibles efectos, inhiben la atención.

Resumamos entonces qué tenemos hasta aquí:
- El ser humano (como casi cualquier otro organismo) acarrea en su cerebro una serie de mecanismos de control automáticos que le ayudan a lidiar con el dolor, ya sea que este sea físico o, lo que es más frecuente en el hombre, psicológico.

- Este mecanismo, entre otras cosas, segrega endorfinas en el momento que se experimenta el estrés.

- Las endorfinas bloquean o inhiben la capacidad de atención.
Empieza a asomar una posible relación entre dolor mental y atención. Lo señalado parece indicar que disminuir, o quizá desviar, la atención del "hecho aterrador" ayuda a lidiar con el dolor mental. En esos casos toma lugar una suerte de trueque en donde se sacrifica atención a cambio de mitigar el sufrimiento. El sacrificio de atención tiene como efecto primario desplazar fuera de la conciencia el dolor y aquellos sucesos que lo ocasionan. Pero ¿cuál es el precio que debemos pagar a cambio de nuestro ansiado alivio?

El alto costo de mitigar el dolor con autoengaño

Desde el momento en que descubrimos que el cerebro parece tener mecanismos (usamos plural porque nos permitimos sospechar que existan muchos más que los expuestos en este artículo) que le permiten manipular nuestras capacidades mentales de percibir la realidad sin que siquiera lo notemos, deberíamos preocuparnos. Es posible que el mundo como lo vemos sea sólo un infiel reflejo de la realidad.

Desviar o reducir la atención implica mucho más que "pensar en otra cosa". Significa que, cuando los hechos (la realidad) no sean consecuentes con mis deseos y expectativas, o consistentes con mi percepción del mundo, si mi tolerancia al dolor es baja, se desencadenarán mecanismos en mi interior que facilitarán cambiar el foco de atención o suprimir pedazos de la realidad. Y aún en aquellos casos en que la fuerza de los hechos sea demasiado brutal como para poder ignorarlos de esta manera, siempre será posible alterar su significado. La mente utilizará sus más finos recursos para ridiculizar, minimizar o racionalizar los hechos con tal de hacerlos digeribles.

Así se perpetúa el adormecimiento de la conciencia a través de un ciclo que se auto refuerza. El dolor mental dispara mecanismos automáticos que están fuera del alcance del control voluntario. Estos mecanismos, en aras de mitigar el dolor, promueven el autoengaño, y este autoengaño catapulta nuestra subjetividad a límites insanos. Cuanto más engañados vivimos, más alejados de la verdad estamos y menor es nuestra capacidad de entender la realidad. Con menos entendimiento la fricción con la realidad nos produce más dolor mental aún, y nuestras posibilidades de autocontrol se ven reducidas drásticamente. Con más dolor y sin autocontrol aquellos mecanismos inconscientes que iniciaron la cadena se desenvuelven a sus anchas, sin censura ni cuestionamientos de nuestra parte, pues nuestra escasa voluntad se ve cada vez más disminuida.

Nuestra psiquis, al alterar nuestra percepción, nos conduce al error. Es entonces posible que estemos convencidos de una cosa y la realidad sea justamente todo lo contrario. Tal es el caso de aquel que se cree un ser extraordinariamente generoso por hacer servicio comunitario los fines de semana y mira con desdén a "los otros", los que llevan "una vida vacía". Este individuo difícilmente podrá descubrir que las fuerzas que lo motivan a prestar ese servicio son muy distintas a las que él imagina: la vanidad, la vanagloria, la auto adoración, alimentar esa sensación de placer y bienestar que le produce "ser mejor" que otras personas, ..., todos objetivos tendientes a mitigar el dolor de su incomprendida existencia, una existencia muchas veces signada por la ignorancia y el miedo. O el caso de aquel joven científico, destacado por su escepticismo, escepticismo que lo hace sentir objetivo, buscador de la verdad, ..., pero en el fondo esconde un hombre con mucho miedo; pavor por lo desconocido y pánico por todo lo nuevo determinan su comportamiento, y su psiquis fuera de control disfraza este temor con atributos valerosos, casi heroicos.

Un individuo con una conciencia disminuida, adormecida, entrega el gobierno de su voluntad a mecanismos automáticos cuyos objetivos y lealtades están principalmente alineados con leyes naturales que tienen que ver más con la conservación, la supervivencia, y quizá, por qué no, como teorizan algunos estudiosos del gnosticismo, con la evolución de superorganismos para los que el individuo es simplemente un órgano o una simple célula.

Una conciencia despierta, lúcida, potencia el autogobierno, y con él la posibilidad de ganar individualidad y alinearnos con leyes naturales que promuevan nuestro crecimiento, nuestra evolución, y el desarrollo de potencialidades espirituales que superan los límites imaginables de la materia.

¿Cuá es la salida? ¿Cómo escapar de la ilusión? ¿Cómo cancelar el contrato con la mentira? Un intento de respuesta nos llega de la mano del Dr. Ronald David Laing:
El espectro de lo que pensamos y hacemos
está limitado por lo que no percibimos.
Y, dado que no percibimos
lo que no percibimos,
poco podemos hacer
para cambiar,
hasta tanto no percibamos
cómo el no percibir
modela nuestros pensamientos y nuestros actos
.
Esta parece ser la punta de la madeja, el hilo del cual tirar para comenzar a controlar "la máquina que habitamos". Ocuparnos de comprender cómo es que la "no percepción" afecta nuestros actos y pensamientos constituye el primer paso de un largo y emocionante viaje.