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Argentina acaba de firmar un acuerdo que pone en evidencia el sometimiento a las grande coorporaciones dueñas del planeta
Clarín
y La Nacíón apoyan el uso de glifosato en la Argentina... Magnetto oculta los casos de cáncer y llegó a manipular informes científicos contra el uso del químico". Este fue el título de una extensa nota del diario K [N.del.E: en Argentina la oposición al gobierno usa el término "los K" para referirse al gobierno y a "sus socios"] Tiempo Argentino de marzo del año pasado.

Ironía de la historia, poco más de un mes atrás, Cristina Fernández en persona anunció la aprobación del uso sin precedentes del químico que maldecía Tiempo Argentino. Fue cuando habilitó el uso, también irrestricto, de una semilla de soja transgénica resistente a la fumigación masiva con glifosato.

El herbicida y la soja respectiva son comercializadas por Monsanto, uno de los mayores monopolios capitalistas del planeta. La reciente habilitación presidencial implica un negocio multimillonario, sólo comparable al de los monopolios mineros como la Barrick. La aprobación oficial de la soja transgénica habilita a Monsanto a cobrar regalías sobre el 75% de la producción de soja, la que, hasta ahora, se efectuaban con las semillas que los productores guardaban por su cuenta luego de la cosecha. Es una "privatización" que sólo puede compararse con los grandes latrocinios del menemismo [N.del.E: Carlos Menem gobernó Argentina en los 90 y fue artífice del proceso de privatización de las empresas del estado más escandaloso de la historia del país].

Con la bendición gubernamental, ahora Monsanto está instalando tres plantas en Córdoba para la producción de semillas transgénicas, lo cual ha provocado una enorme movilización en el barrio Malvinas Argentinas, aledaño a la capital mediterránea. Ya a mediados de junio, miles de manifestantes habían marchado por el centro de Córdoba con las consignas "Paren de Fumigar. Fuera Monsanto de Córdoba".

Punta del iceberg

Esta historia toma una nueva dimensión a la luz de un estudio anunciado días atrás con títulos catástrofe en la prensa europea. La información da cuenta de la investigación sobre una semilla producida por Monsanto y recoge los resultados producidos por su suministro a un grupo de ratas de laboratorio. Los animalitos desarrollaron tumores del tamaño de pelotitas de ping-pong y complicaciones hepáticas y renales. La investigación fue conducida por el biólogo francés Giles-Eric Séralini, de la Universidad de Caen, y fueron publicados por la revista Food and Chemical Toxicology. Séralini fue presentado años atrás por otro diario K (Página/12, 21/6/09) como un referente europeo en el estudio de agrotóxicos, quien "confirmó los efectos letales del herbicida en células humanas de embriones, placenta y cordón umbilical". Alertó sobre las consecuencias sanitarias y ambientales, y exigió la realización de estudios públicos sobre transgénicos y agrotóxicos".

Las semillas transgénicas secretan una toxina que liquida a los insectos que atacan la planta. Su consumo a largo plazo por los seres humanos es, al menos, desconocido. Por eso mismo, al menor indicio de efectos dañinos, lo que corresponde es vetar el uso de los OGM estudiados hasta lograr un completo y riguroso seguimiento de la cuestión por un comité científico idóneo. El escándalo provocado por la investigación de marras se explica porque las autoridades europeas procedieron al revés: impugnaron ciertos defectos en el trabajo del biólogo Séralini para avalar la continuidad de la comercialización de la mentada semilla, en lugar de declarar una inmediata moratoria en la autorización de su uso. La larga mano de Monsanto, como se ve, no se anda con chiquitas.

El asunto no termina aquí y no sólo porque el uso generalizado de las semillas transgénicas implica un círculo vicioso mediante el cual la planta respectiva se hace cada vez más resistente al herbicida, de modo que herbicidas más fuertes y de mayor ingeniería genética se implican mutuamente. Las semillas modificadas acaban, además, desplazando por la polinización a las semillas naturales originales y plantean su eventual desaparición. Se trata de un ataque en regla a la biodiversidad, que puede concluir en una catástrofe por la combinación del uso creciente de productos químicos cada vez más agresivos con la flora y la fauna, las toxinas fabricadas por las propias plantas y la contaminación genética.

Por casa, cómo andamos

Argentina es el país con el más irrestricto y difundido uso de transgénicos, desde su aprobación inicial durante la gestión del ahora filo K Felipe Solá en los noventa y mediante un proceso totalmente fraudulento, que en su momento denunció el propio Horacio Verbitsky. El lobby sojero tampoco se anda acá con chiquitas: el director del Conicet, Andrés Carrasco, fue desplazado de su cargo luego de conocerse sus investigaciones sobre el desastre sanitario y ambiental provocado por el glifosato. Otros estudios, como los del médico Alejandro Oliva y los del doctor Jorge Kaczewer -según informó Tiempo Argentino en la nota mencionada-, advierten sobre el crecimiento de los casos de cáncer, de las enfermedades neurológicas y de problemas reproductivos, posiblemente relacionados con el uso intensivo de agroquímicos. El Conicet, mientras tanto, privilegia como "innovación" la asociación con las empresas privadas de "biotecnología".

La semilla de maíz genéticamente modificada que fabricará Monsanto en Córdoba fue denunciada como "una verdadera amenaza a la salud humana y al ambiente general de nuestro país", según indica el informe del doctor Medardo Avila Vázquez, coordinador de la Red Universitaria de Ambiente y Salud (1): "el maíz es el alimento que permitió a los humanos progresar a través de 15.000 años en América, su semilla es convertida ahora, a través de biotecnología, en un asesino serial capaz de resistir la lluvia combinada de venenos en fumigaciones aéreas o terrestres sistemáticas, que matarán todas las plantas cercanas al cultivo menos al nuevo mutante; y será también una usina permanente de toxinas insecticidas, cuyas consecuencias ambientales en nuestro delicado equilibrio ecológico-sanitario -recordar epidemia de dengue 2009- son por lo menos imprudentes y alarmantes".

El veneno de la política "nacional y popular" parece algo más que una metáfora.