Mucha gente todavía cree que los bebés no se enteran en sus primeros días o primer año de vida de lo que pasa a su alrededor. Sí es cierto que no nos acordamos conscientemente de las cosas que ocurrieron en nuestros primeros años de vida, pero nuestro cerebro lo recuerda.
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Los cerebros de los bebés son muy plásticos, lo que les permite desarrollarse en respuesta a los ambientes y enfrentamientos que experimentan. Pero esta plasticidad viene con un cierto grado de vulnerabilidad - la investigación ya ha demostrado en anteriores ocasiones que el estrés grave, como en casos de malos tratos o institucionalización, puede tener un impacto significativo y negativo en el desarrollo del niño.

Sin embargo, investigadores de la Universidad de Oregon se preguntaban el impacto que tendrían sobre el cerebro de los bebés factores estresantes más moderados.
"Estábamos interesados ​​en saber si una fuente común de estrés temprano en la vida de los niños - como los conflictos entre los padres - se asocia con la forma en que funcionan los cerebros de los bebés", Alice Graham.
Para averiguar esto, Alice Graham y sus compañeros de la Universidad de Oregon escogieron 20 bebés de entre 6 y 12 meses y tomaron imágenes de resonancia magnetic (fMRI) mientras dormían y escuchaban frases sin sentido en diferentes tonos de voz de una persona adulta (muy enfadado, enfadado, contento y neutral).
"Incluso durante el sueño, los bebés mostraron distintos patrones de actividad cerebral en función del tono emocional de la voz que les presentamos", Graham.
Los investigadores descubrieron que los niños de hogares conflictivos mostraron una mayor reactividad al tono de voz "muy enfadado" en áreas del cerebro relacionadas con el estrés y la regulación de las emociones, como la corteza cingulada anterior, el caudado, el tálamo y el hipotálamo.

Investigaciones previas con animales han demostrado que estas áreas cerebrales juegan un papel importante en el impacto del estrés en la vida temprana sobre el desarrollo - los resultados de este nuevo estudio sugieren que lo mismo ocurre en el caso de los bebés humanos.

Según Graham y sus colegas, estos hallazgos muestran que los bebés no son ajenos a los conflictos de sus padres, y la exposición a estos conflictos puede influir en la forma en la que los cerebros de los bebés procesan la emoción y el estrés.