Algún día (pero antes tendrá que pasar mucho tiempo) habrá que enjuiciar con ecuanimidad determinadas conductas inexplicables de nuestro gremio médico. Han sido, desde luego, admirables los actos heroicos que muchos médicos realizaron durante los meses más feroces de la plaga; pero también hubo actos miserables de otros médicos que se conformaron con aplicar 'protocolos' que abandonaban a su suerte a los enfermos. Y no dejará nunca de sorprendernos que, en los meses más crudos de la plaga, nuestro 'personal sanitario' no se uniera para denunciar la criminal actitud de quienes los obligaban a desempeñar su trabajo sin protección, mientras exhortaban a las masas cretinizadas a prorrumpir en aplausitos desde los balcones. También algún día tendrá que hablarse seriamente de las diversas regalías que muchos médicos (y las sociedades que los apacientan) reciben de la industria farmacéutica, a cambio de convertirse en sus heraldos. Y tendrá que hablarse, desde luego, del 'silencio de los corderos' (con sus ribetes de omertá) al que muchos médicos han resuelto acogerse, ante la misteriosa proliferación de determinadas afecciones durante los últimos meses.

© EMUn programa de televisión sobre la crisis del coronavirus.
Al pontificar sobre las 'vacunas', esos médicos simulan tener un juicio propio sobre cuestiones de las que apenas tienen conocimientoPero hoy quisiéramos referirnos a otro asunto -si se quiere más anecdótico, pero en modo alguno menos importante- que algún día tendrá que ser muy severamente juzgado. Me refiero a los médicos que, desde que estallase la plaga, aparecen en la televisión y en otros medios de cretinización de masas, pontificando sobre el coronavirus y sus variantes, y exhortando a la población a inocularse las veces que haga falta. No entraremos a discutir los méritos de estos médicos televisivos; por lo general son mindundis con labia y fotogenia, pero valdría lo mismo si estuviese demostrado que son eminencias en su ramo.
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