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El uso prolongado de mascarillas (más de 4 horas al día) favorece la alcalinización facial y fomenta inadvertidamente la deshidratación, lo que a su vez puede aumentar la ruptura de la barrera y el riesgo de infección bacteriana. Los clínicos británicos han informado de que las mascarillas aumentan los dolores de cabeza y la sudoración, y disminuyen la precisión cognitiva. A pesar del sesgo de las encuestas, estas secuelas están asociadas a errores médicos. Al oscurecer la comunicación no verbal, las mascarillas interfieren en el aprendizaje social de los niños. Asimismo, pueden distorsionar el discurso verbal y eliminar las señales visuales en detrimento de las personas con pérdida de audición; los protectores faciales transparentes mejoran la integración visual, pero hay una pérdida correspondiente de la calidad del sonido.
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