«Han vuelto a medicarnos, a mutilarnos y a esterilizarnos, pero esta vez bajo la bandera de la modernidad y la progresía»
En 1969 ser homosexual en Estados Unidos era ilegal. Ser pillado con las manos en la masa podía llevarte a la cárcel, acusado de ser un psicópata sexual, o podía ser aún peor. Podía suponer acabar en una institución mental con el cerebro frito por los electroshocks, esterilizado, castrado y, en algunos casos, incluso lobotomizado.
Todo por cometer el abyecto crimen de amar a otra persona de tu mismo sexo.
Una noche de junio de ese año 1969, las cosas comenzaron a cambiar. La clientela del Stonewall Inn, uno de los bares "de ambiente" más populares de Nueva York, harta del continuo acoso policial finalmente estalló. Tendría que haber sido una redada como otra cualquiera. Todos tranquilitos y sin montar barullo, id subiendo a las furgonetas y enseñad vuestra identificación.
Muchos de los que estaban allí coinciden en que fue Stormé DeLarverie, lesbiana, mestiza y de carácter volcánico, la primera en revolverse y tratar de zafarse del policía que intentaba llevársela detenida. "¿Es que no vais a hacer nada?", gritó. Así se inició una tangana que duró dos días y que terminó con las calles de Greenwich Village convertidas en zona de guerra y la policía batiéndose en retirada, incapaz de controlar a toda aquella gente furiosa y cansada de ser tratada como basura.
El 28 de Junio de 1970, durante el primer aniversario de los disturbios, unas 100 personas, asustadas pero decididas, salían de la Sexta Avenida con rumbo a Central Park. Nacía así el "Gay Pride". Más de 40 años después, y con una igualdad de derechos sólidamente establecida en gran parte del mundo, parecía que los fantasmas de los días de oscuridad, miedo y clandestinidad nos estaban abandonando poco a poco.
Y no lo vimos venir.
Comentario: Pero no lo han hecho.