Del otro lado del mundo y muy lejos del Asia Central donde suponemos que Gurdjieff adquirió sus conocimientos, el antropólogo Carlos Castaneda vivió una serie de experiencias poco comunes en compañía del brujo yaqui Don Juan Matus. En cierta ocasión, después de observar sombras en la noche, Castaneda se topó con lo que Don Juan llamaba "el tema de temas".
Depredadores
© terroralternativo.blogspot
- ¿Qué es, don Juan? - pregunté -. Veo sombras fugaces negras por todos lados.

- Ah, es el universo en su totalidad - dijo -, inconmensurable, no lineal, fuera del reino de la sintaxis. Los chamanes del México antiguo fueron los primeros que vieron esas sombras fugaces, así es que las siguieron. Las vieron como tú las viste hoy, y las vieron como energía que fluye en el universo. Y, sí, descubrieron algo trascendental.

Paró de hablar y me miró. Sus pausas encajaban perfectamente. Siempre paraba de hablar cuando yo pendía de un hilo.

-¿Qué descubrieron, don Juan? - pregunté.

- Descubrieron que tenemos un compañero de por vida - dijo de la manera más clara que pudo -. Tenemos un predador que vino desde las profundidades del cosmos y tomó control sobre nuestras vidas. Los seres humanos son sus prisioneros. El predador es nuestro amo y señor. Nos ha vuelto dóciles, indefensos. Si queremos protestar, suprime nuestras protestas. Si queremos actuar independientemente, nos ordena que no lo hagamos. [...] Has llegado, a través de tu propio esfuerzo, a lo que los chamanes del México antiguo llamaban el tema de temas - dijo don Juan -. Me anduve con rodeos todo este tiempo, insinuándote que algo nos tiene prisioneros. ¡Desde luego que algo nos tiene prisioneros! Esto era un hecho energético para los chamanes del México antiguo.
- Pero ¿por qué este predador ha tomado posesión de la manera que usted describe, don Juan? - pregunté -. Debe haber una explicación lógica.

- Hay una explicación - replicó don Juan -, y es la explicación más simple del mundo. Tomaron posesión porque para ellos somos comida, y nos exprimen sin compasión porque somos su sustento. Así como nosotros criamos gallinas en gallineros, así también ellos nos crían en humaneros. Por lo tanto, siempre tienen comida a su alcance.

Sentí que mi cabeza se sacudía violentamente de lado a lado. No podía expresar mi profundo sentimiento de incomodidad y descontento, pero mi cuerpo se movía haciéndolo patente. Temblaba de pies a cabeza sin volición alguna de mi parte.

- No, no, no, no - me oí decir -. Esto es absurdo don Juan. Lo que usted está diciendo es algo monstruoso. Simplemente no puede ser cierto, para chamanes o para seres comunes, o para nadie.

- ¿Por qué no? - don Juan preguntó calmadamente - ¿Por qué no? ¿Por que te enfurece?

- Sí, me enfurece - le contesté -. ¡Esas afirmaciones son monstruosas!

- Bueno - dijo -, aún no has oído todas las afirmaciones. Espérate un momento y verás cómo te sientes [...] Quiero apelar a tu mente analítica - dijo don Juan -. Piensa por un momento, y dime cómo explicarías la contradicción entre la inteligencia del hombre-ingeniero y la estupidez de su sistema de creencias, o la estupidez de su comportamiento contradictorio. Los chamanes creen que los predadores nos han dado nuestros sistemas de creencias, nuestras ideas acerca del bien y del mal, nuestras costumbres sociales. Ellos son los que establecieron nuestras esperanzas y expectativas, nuestros sueños de triunfos y fracasos. Nos otorgaron la codicia, la mezquindad y la cobardía. Es el predador el que nos hace complacientes, rutinarios y egomaniáticos.

- ¿Pero de qué manera pueden hacer esto, don Juan? - pregunté, de cierto modo más enojado aún por sus afirmaciones -. ¿Susurran todo esto en nuestros oídos mientras dormimos?

- No, no lo hacen de esa manera, ¡eso es una idiotez! - dijo don Juan sonriendo -. Son infinitamente más eficaces y organizados que eso. Para mantenernos obedientes y dóciles y débiles, los predadores se involucraron en una maniobra estupenda (estupenda, por supuesto, desde el punto de vista de un estratega). Una maniobra horrible desde el punto de vista de quien la sufre. ¡Nos dieron su mente! ¿Me escuchas? Los predadores nos dieron su mente, que se vuelve nuestra mente. La mente del predador es barroca, contradictoria, mórbida, llena de de miedo a ser descubierta en cualquier momento.

"Aunque nunca has sufrido hambre - continuó -, sé que tienes unas ansias continuas de comer, lo cual no es sino las ansias del predador que teme que en cualquier momento su maniobra será descubierta y la comida le será negada [...]
Castaneda preguntó:
[...] Si es cierto que nos comen, ¿cómo lo hacen?

Don Juan tenía una sonrisa de oreja a oreja. Rebosaba de placer. Me explicó que los chamanes ven a los niños humanos como extrañas bolas luminosas de enregía, cubiertas de arriba abajo con una capa brillante, algo así como una cobertura plástica que se ajusta de forma ceñida sobre su capullo de energía. Dijo que esa capa brillante de conciencia era lo que los predadores consumían, y que cuando un ser humano llegaba a ser adulto, todo lo que quedaba de esa capa brillante de conciencia era una angosta franja que se elevaba desde el suelo hasta por encima de los dedos de los pies. Esta franja permitía al ser humano continuar vivo, pero sólo apenas. [...] Luego hizo el comentario más injuriante que había pronunciado hasta el momento. Dijo que esta angosta franja de conciencia era el epicentro donde el ser humano estaba atrapado sin remedio. Aprovechándose del único punto de conciencia que nos queda, los predadores crean llamaradas de conciencia que proceden a consumir de manera despiadada y predatoria. Nos otorgan problemas banales que fuerzan a esas llamaradas de conciencia a crecer; y de esa manera nos mantienen vivos para alimentarse con la llamarada energética de nuestras seudopreocupaciones.

Algo debía de haber en lo que don Juan decía, pues me resultó tan devastador que a este punto se me revolvió el estómago.

Después de una pausa suficientemente larga para que me pudiera recuperar, le pregunté a don Juan:

- ¿Pero por qué, si los chamanes del México antiguo, y todos los chamanes de la actualidad, ven los depredadores no hacen nada al respecto?

- No hay nada que tú y yo podamos hacer - dijo don Juan con voz grave y triste -. Todo lo que podemos hacer es disciplinarnos hata el punto de que no nos toquen. ¿Cómo puedes pedirles a tus semejantes que atraviesen los mismos rigores de la disciplina? Se reirán y se burlarán de ti, y los más agresivos te darán una patada en el culo. Y no tanto porque no te crean. En lo más profundo de cada ser humano, hay un saber ancestral, visceral acerca de la existencia del predador.
A mí también se me revolvió al estómago la primera vez que leí esto. Hay mucho qué digerir de las palabras de don Juan, así que creo que es mejor que continuemos con esta reflexión más adelante. Mientras tanto, no sería mala idea releerlo si lo encontraron interesante. (Este fragmento lo tomé del libro El Lado Activo del Infinito, de Carlos Castaneda.

Entrega anterior:

Un pastor muy ingenioso