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Al comienzo pensaron que los atacaban y que ninguno quedaría vivo. Sin embargo el más viejo de ellos, Avelino Mengui, gatilló el botón de su Nikon modelo 80 y la imagen pegó la vuelta al mundo desde un campo de Atalaya.

Al final era cierto, se besaban los dedos y lo juraban porque lo habían visto: objetos voladores -luminosos y circulares- merodeaban lo que, más tarde, bautizarían como El Nido, el epicentro ufo argento que se forma entre el sur de La Plata y Punta Piedras uniendo las rutas 2 y 36 hasta la Bahía de San Borombón.

Era la primera vez que veían algo después de una serie de indicios, marcas y testimonios de lugareños. Primero el récord de huellas en el campo-150- y dos meses después confirmaban sospechas: veían volar un OVNI por 45 minutos en un show aéreo inolvidable. Y el centro de la gravedad mediática -la prensa, la radio y la televisión- se instalaba ahí mismo: a 5 kilómetros de Atalaya y una hora de Magdalena por camino de tierra.

El nido

Lugar esotérico de apariciones, objetos voladores, marcas, humanoides, mutilaciones de ganado y otras leyendas populares que hablan de un fenómeno misterioso sin precedentes. Acá nomás, en el ombligo del partido de Magdalena y el Gran La Plata.

-Desde octubre del 85 habíamos empezado a ir. Hacíamos guardia en el arroyo El Espinillo, yendo para Atalaya por camino de tierra. Era una cosa muy rara para nosotros, llegaban denuncias todas las semanas: de alguien que estaba pescando o cazando, o paisanos que salían a recorrer el campo. Todos veían algo extraño y todo sucedía ahí, en lo que empezamos a llamar El Nido, dice el líder de la FAO (Federación Argentina de Ovnilogía) Luis Burgos, ensenadense que desde el supuesto arribo del hombre a la Luna -el 20 de julio de 1969- nunca dejó de mirar el cielo. Suma unos 43 años de estudio -entre vigilias e investigaciones- y a esta altura es más que una voz autorizada.
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Huellas record

Era enero de 1986 y en el campo San Luciano se producía el récord mundial: 150 huellas de OVNI alrededor de un tanque australiano y en un solo lote de campo: circunferencias perfectas, cilindros y ochos trazados en la tierra con el pasto deshidratado. Y al otro día el boom mediático explotaba: los diarios -EL DIA, La Gaceta, El Argentino- publicaban "Aterrizaje masivo de ovnis en Magdalena", los móviles de radios daban aire a testimonios de lugareños más Telefé y Nuevediario que seguían la noticia de cerca con guardias en vivo en tiempos donde los platos voladores eran tan comunes para los medios como la hiperinflación de Alfonsín. Y tras dos meses de vigilia llegarían los expertos a confirmar que el fenómeno sucedía tanto en la tierra como en el cielo.

Ver para creer

La obsesión llevaba un buen tiempo. Desde octubre del 85 los expertos de la FAO le respiraban en la nuca al fenómeno. Decenas de denuncias que llegaban de la zona sur del Río de La Plata despertaron la curiosidad cazadora a los miembros del grupo que nacía en 1984 como una ONG sin fines de lucro y que -piano a piano- se multiplicaría por el país hasta alcanzar 150 integrantes de todo tipo: contadores, ingenieros, entusiastas, comerciantes, parapsicólogos, fotógrafos y profesores de taekwondo.

Sin radares, ni camionetas, ni subsidios, ni centros de investigaciones o de reuniones. Sí, una red social de investigadores a pulmón que creen en el fenómeno OVNI o en la necesidad de sacarle la careta.

El día señalado: un 4 de marzo de 1986. Ellos eran siete como los locos de Arlt: Avelino y Fernando Menghi, Luis Burgos, Ana Piralli, Gabriel Cella, Norberto y Rodolfo Lamberti.
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Cuatro en una Chevy y tres en un Peugeot 404 salían al medio del campo. Hacía 6 meses que no hablaban de otra cosa y hasta no encontrar algo en el cielo no se quedarían quietos. La intriga era más fuerte que un cáncer.

Uhh, miren, miren... lo que se viene de allá: Fernando Mengui señaló dos objetos que danzaban por el sureste del Río de La Plata y todos se quedaron mirando el cielo por un tiempo que pareció la eternidad.

La noche estrellada y de repente dos luces como luceros que variaban su color del blanco, al azul y al rojizo. Y de las 9 a las 10 menos cuarto estuvieron 45 minutos haciendo una danza aérea: iban, venían, uno arriba y otro abajo. Rompió con todo lo convencional posible, cuenta Burgos, y señala con el dedo unos nubarrones en cielo de Atalaya que ayer nomás bien pudieron ser objetos no identificados.

Nadie hablaba, lo veían zigzaguear y de repente lo extraño se les vino como tiro encima. Y un poco más, otro poco más, hasta que desbordó el miedo:

Corramos muchachos, que alguno quedará vivo para contarla- gritó Burgos con el corazón en la boca.

Cuerpo a tierra- ordenó otro de ellos y todos ,menos uno, se tiraron de panza al pasto.

Avelino quedó de pie, apoyó sus codos en el techo del Peugeot, prendió el flash, apuntó al infinito y cuando gatilló -esa luz gigante avalanzándose- se apagó de golpe y dejó la oscuridad absoluta en el medio de la nada.

Dos días más tarde era contratapa del Diario Popular y La FAO cerraba el caso por un par de meses.

Cifras voladores

Por 1968 se registraron 32 huellas en Santa Fe, en 1974 unas 57 en Chaco, en 1980 17 en el pueblo de Jacinto Arauz de La Pampa, 304 marcas en el año 2000 en Sierra de los Quinteros en La Rioja y en 1999 unas 20 en la circunvalación de 72 de La Plata entre las calles 10 y 19.

Las zonas calientes existen y se extienden por la geografía Argentina: de llanura pampeana a las sierras cordobesas, de los valles de Cachi al centro de la provincia Buenos Aires. Lugares donde el fenómeno asoma el hocico y vuelve a dar que hablar tarde o temprano.

Atalaya, el lugar elegido

Siempre en el medio de todos esos datos está el Nido, cuyo punto más caliente se sitúa en las tierras del partido de Atalaya. Allí, hay un arroyo llamado el Espinillo, campos agropecuarios y una ruta de tierra que lleva al pueblo, partido de Magdalena, fundado en 1663 cuando el Gobernador José Martínez de Salazar ordenó levantar unas torres en la costa del Río que sirviesen de atalayas para divisar los buques enemigos que se acercaban a la ribera.

Un lugar que podría ser tan o más turístico que el Uritorco cordobés, pero que sin embargo es un llano olvidado al sureste del Río de La Plata. No hay reposeras, ni larga vistas, ni miradores, ni hoteles, ni bases de campamento, ni amuletos, ni gurúes. No anda gente, cada tanto un falcon viejo o una camioneta F-100 de otra época rompe el silencio con el ruido de su motor, o a lo lejos se escucha el galope a caballo de un peón que va para el almacén más cercano.

Ahí regresaron al menos unas 50 veces más desde el 86 a ésta parte. Y si vuelven es porque el caso marcó un hito para la ovnilogía argentina y siempre hay periodistas o nuevos curiosos que quieren un bautismo ufo con vigilia en el arroyo. Sin embargo nunca más presenciaron algo igual. "Al lugar hay que preservarlo para seguir investigando y que no se convierta en un emporio de venta, de turismo o de merchandasing", dice luís Burgos y se toma la visera de la FAO, la insignia que los identifica a la vista de todos.

Avelino, el primer testigo

Veintiséis años más tarde Avelino está sentado en el sillón de su casa de Ensenada. Viste formal; en un par de horas está nominado al premio Fuerte Barragán por personalidad destacada de la ciudad. En la mesa tiene un libro de fotos y periódicos donde pueden probar -entre otras cosas- lo que padre e hijo han visto con ojos de fotógrafos e investigadores estos últimos años.

Lo que vi, lo vi y lo iré a recordar hasta el minuto que me muera. Yo me baso en los hechos, y después del 4 de marzo del 86 no necesité ir a ver más nada. Ya está. Podés ir todos los días al campo y tal vez no lo veas nunca. Yo me crié mirando el cielo y te aseguro que eso no era natural. Que me lo venga a desmentir quién quiera - dice Avelino Mengui con sus 85 años- . Y chista: Al que venga a desmentirlo le pego una trompada. Yo no soy un viejo macaneador.
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