Barack Obama
© Ap
Varias personalidades estadunidenses se han sumado a una demanda legal contra el gobierno de Barack Obama, quien promulgó a finales de 2011 una ley que autoriza a la autoridad negar el derecho a un proceso judicial imparcial a todos aquellos que considere terroristas o simpatizantes del terrorismo.
La guerra dentro y fuera de Estados Unidos se ha vuelto una condición permanente de la vida en este país después de más de una década de sangre, detenciones, tortura y violaciones a los derechos humanos.

Tan es parte del acontecer cotidiano que ya ni se comenta tanto; simplemente existe. La de afuera se registra en datos, número de muertes, cifras de sangre. La interna es menos visible, incluso menos comentada, pero es lo que está cambiando la vida aquí, dentro del país, en el campo de batalla doméstico.

Una nueva norma: Ley de Autorización de Defensa Nacional, o NDAA, promulgada por el presidente Barack Obama a finales de diciembre de 2011, autoriza que el gobierno niegue el derecho a un proceso judicial imparcial a todos los que determina que son terroristas o simpatizantes de ese enemigo - incluidos ciudadanos estadunidenses - y mantenerlos en detención indefinida. La legislación, que permite el uso de las fuerzas armadas para detener a cualquier civil en cualquier parte del mundo, es tan ambigua, critican algunos, que puede colocar a casi cualquier ciudadano en riesgo. Acusan que la definición de simpatizante del terrorismo es tan amplia que pone en riesgo a activistas, intelectuales y hasta periodistas.

Por ello, veteranos de batallas políticas de las ultimas décadas, desde Daniel Ellsberg - quien filtró los famosos Papeles del Pentágono - hasta Noam Chomsky y el filósofo político Cornel West, entre otros, se han sumado a una demanda legal contra el gobierno de Obama impulsada por el ex corresponsal de guerra del New York Times y Premio Pulitzer Chris Hedges, con el argumento de que estas medidas son anticonstitucionales.

Hedges relata que si esta ley no es frenada implica que las autoridades tendrán el poder de detener a cualquier ciudadano que no se subordine al Estado corporativo y "permitirá al Estado de seguridad y vigilancia marcar como terroristas a movimientos y manifestantes no violentos, junto con críticos sociales y políticos, que en la imaginación del gobierno tienen cualquier huella de vínculo con Al Qaeda y 'fuerzas asociadas'". Con ello se generará un mayor clima de sospecha y temor entre esta sociedad y se suprimirá aún más la disidencia, advierte en un artículo en Truthdig.

La fórmula aplicada desde el inicio en esta guerra contra el terrorismo permanece: o estás con nosotros o estás con el enemigo, subraya Hedges, y advierte que con ello se ha creado un monstruo. "Nuestras 16 agencias de inteligencia nacionales y un ejército de contratistas privados se nutren de la paranoia, el rumor... y la demonización de la libre expresión crítica y otras narrativas inventadas. Justifican su existencia y su consumo de vastos recursos gubernamentales convirtiendo hasta lo más banal y mundano en una amenaza potencial. Y para cuando terminen, esta nación será un gulag", advierte Hedges.

Vale recordar que el Washington Post reportó hace un par de años que ahora existen mil 271 agencias gubernamentales y mil 931 empresas privadas que trabajan en tareas relacionadas con la seguridad nacional e inteligencia, con cientos de miles de trabajadores en 10 mil puntos de todo el país, resultado de la ampliación sin precedente del aparato de seguridad nacional.

Los costos graves en supresión y limitación de derechos civiles y humanos se han producido, y denunciado, desde la declaración de la nueva guerra contra el terrorismo en 2001. Además de lo que ya se sabe con los casos de Guantánamo y otros centros de detención, donde se viola la piedra angular del sistema legal estadunidense - el habeas corpus, que proviene de la Carta Magna - , junto con el uso de tortura y más, ahora las tácticas y armas de esta guerra antes reservadas sólo para extranjeros se emplean cada vez más contra estadunidenses.

Mientras tanto, las guerras que Estados Unidos ha llevado a cabo durante más de una década tienen costos imposibles de medir en términos humanos. Los datos ofrecen sólo un vistazo, ausente de lágrimas, sufrimiento, gritos, llanto, furia, tristeza, desolación.... Ajá, todo eso a lo que los machos se refieren cuando reiteran que la guerra es el infierno.

Los costos en vidas y tesoro, según el informe más completo que se ha realizado, por el Instituto Watson de la Universidad Brown, sólo hasta mediados de 2011 incluyen: 6 mil 381 militares estadunidenses muertos (dato actualizado hasta esta semana), junto con dos mil 300 contratistas, 9 mil 922 agentes de fuerzas de seguridad iraquíes, 8 mil 756 de las fuerzas de seguridad de Afganistán, 3 mil 520 de las fuerzas de seguridad de Pakistán, 11 mil 700 civiles afganos, 125 mil civiles iraquíes, 35 mil 600 paquistaníes, 10 mil insurgentes afganos, 168 periodistas y 266 trabajadores humanitarios. Todos estos, con otros pocos más, dan un total (y es el cálculo más conservador del informe) de casi 225 mil muertos.

Además están los heridos, incluidos más de 99 mil estadunidenses, 51 mil contratistas privados y, por supuesto, militares y civiles en Irak, Afganistán y Pakistán; todos suman un total de 365 mil 383. Los desplazados por estos conflictos incluyen 3 millones 315 mil civiles afganos, 3 millones 500 mil civiles iraquíes y un millón de civiles paquistaníes para un total de 7 millones 815 mil.

En tesoro, el presupuesto oficial del Congreso para estas guerras en Irak y Afganistán asciende a un billón 300 mil millones de dólares, pero los cálculos totales, incluidos costos relacionados en varios rubros, de estos conflictos para los contribuyentes estadunidenses son de entre 3 billones 700 mil millones y 4 billones 400 mil millones. (Para información completa, ver página del proyecto: costsofwar.org/).

Obama y su contrincante republicano en las elecciones debatirán quién es el mejor comandante en jefe. Disputarán en los próximos meses quién es más efectivo al enfrentar amenazas a la libertad estadunidense fuera y dentro del país.

Todo esto es, pues, un aspecto de la vida cotidiana en Estados Unidos. Dicen que es el costo de la libertad.