
Para asegurarse de que era la música, y no el lenguaje, lo que los cerebros de los sujetos de estudio estarían procesando, el grupo de Menon usó música que no era cantada. También se excluyó cualquier pieza que los participantes hubieran escuchado anteriormente, a fin de eliminar los efectos distorsionadores para el análisis derivados de tener algunos participantes que habían oído antes la selección musical y otros que la estaban escuchando por primera vez. Usando piezas musicales poco conocidas también evitaron evocar recuerdos tales como dónde se había escuchado por primera vez la selección.
Los investigadores se decidieron por piezas musicales completas de tipo clásico y sinfónico compuestas por Boyce debido a que encajan bien en el canon de la música occidental, pero son menos conocidas para el público general que por ejemplo las de Bach, con quien tiene muchas similitudes estilísticas.
Los investigadores utilizaron resonancia magnética funcional por imágenes (fMRI) para evaluar el efecto de la música en los cerebros de los sujetos de estudio, y constataron que los cerebros reaccionaban igual. Concretamente, el equipo de Menon y Levitin identificó una red distribuida de varias estructuras cerebrales (incluyendo a las que participan en la planificación del movimiento, la memoria y la atención) cuyos niveles de actividad fluctuaban describiendo un patrón notablemente similar entre los sujetos de estudio mientras estos escuchaban esa música clásica que nunca antes habían oído.
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