Imagen
© Gerald Herbert /AP
El 20 de abril de 2010, la plataforma de perforación Deepwater Horizon, que BP arrendaba a la firma suiza Transocean, explotó frente a las costas del sudoriental estado estadounidense de Louisiana y, dos días más tarde, se hundió. El pozo pudo sellarse apenas en julio. Para entonces, ya se habían derramado casi cinco millones de barriles de petróleo de 159 litros cada uno, y por lo menos cerca de 7,2 millones de litros de dispersantes químicos tóxicos en aguas del Golfo de México. Se trata del peor derrame de petróleo en el mar de la historia. Aunque la destrucción ambiental fue enorme, todavía se encuentra en su fase inicial, y los expertos alertan que llevará décadas ver todas las consecuencias.

Los habitantes del lugar, pescadores y empresarios pasarán el mismo tiempo luchando con la depresión, la ansiedad, la indignación, el miedo otros impactos psicológicos que se atribuyen directamente a este desastre de origen humano. "La gente está al borde", nos explica la médica Janet Johnson, profesora adjunta de psiquiatría en la Tulane University. "La población siente una pena profunda. Oigo sobre enfermedades físicas relacionadas con el petróleo y personas preocupadas por haber perdido su hogar y su modo de vida", relató.

Arwen Podesta, psiquiatra en la misma universidad, opina: "La gente tiene cada vez menos esperanzas y se siente indefensa. Se siente desesperada y abrumada. Esto es peor que (el huracán) Katrina (que azotó Estados Unidos en 2005). Ya hay más estrés postraumático y más problemas con la violencia doméstica, las amenazas de suicidio y el alcohol y las drogas". Es una experiencia muy similar a la que se vivió luego de Katrina, dijo Podesta, quien también trabaja en hospitales y clínicas de tratamiento de adicciones. Hay un acontecimiento grave, al que luego se suma un aumento de la falta de esperanza a largo plazo con cada promesa incumplida, explicó.

Muchas de las promesas rotas a las que se refiere se originan en la falta de una compensación financiera adecuada para quienes han sufrido pérdidas financieras directamente a causa del desastre. Kenneth Feinberg, llamado zar del fondo de compensaciones de BP, de 20.000 millones de dólares, pagó solamente 3,6 millones de dólares el año pasado por concepto de demandas. La firma de Feinberg recibe alrededor de un millón de dólares por mes para administrar el fondo.

Los sociólogos que estudian el desastre de BP, junto con otros causados por seres humanos, distinguen entre catástrofes "naturales" y "tecnológicas". "En el segundo caso, "los impactos son crónicos", apunta Anthony Ladd, profesor de sociología en la Loyola University. "Estos no terminan realmente", explicó. "En los casos de desastres naturales, como el huracán Katrina, la gente lo soportó. En realidad terminaron construyendo una comunidad más fuerte, hay más capital social en ella y las personas se dan cuenta de que tienen que confiar en los demás", explicó Ladd. "Pero con los desastres tecnológicos, eso no ocurre. Es una espiral muy diferente hacia un malestar, hacia la ansiedad, hacia un sentimiento cuyo final no se vislumbra. Uno no sabe cuándo cesarán los impactos", dijo.

Bolas de petróleo y alquitrán continúan llegando a las costas de los sudorientales estados de Louisiana, Mississippi y Alabama, junto con cadáveres de delfines recién nacidos y tortugas marinas amenazadas. La pesca y el turismo están sufriendo, y los residentes de la zona sienten que no pueden confiar en sus gobiernos local, estadual o federal para abordar adecuadamente esta crisis. Para Ladd, cuya principal área de investigación se centra en los impactos de los desastres ambientales sobre las comunidades, estableció paralelos directos entre el derrame de BP y el de Exxon Valdez, ocurrido en 1989. "Uno no sabe cuándo aparecerá el cheque de BP en el correo, si es que alguna vez aparece", dijo. Tampoco se sabe cuándo las autoridades harán su parte en pro de la recuperación, sostuvo. Se trata de "una espiral crónica e infinita de personas que se sumen en una ansiedad cada vez más profunda, y las investigaciones muestran que una de las principales fuentes de ansiedad es el proceso de litigio en sí", dijo. "Así que encima de todo lo que el desastre le arroja a uno, está la experiencia de intentar litigar durante una década para volver a su medio de sustento económico o intentar obtener alguna clase de compensación económica por lo que perdió y que, por supuesto, nunca vuelve", añadió.

Citando el desastre de Exxon como ejemplo de esto, una Suprema Corte afín a las corporaciones tomó en 2008 la sentencia original de 1994 contra esa empresa, por 5.000 millones de dólares, y terminó concediéndole apenas la décima parte de esa suma a los ciudadanos de Cordova, en el noroccidental estado estadounidense de Alaska. "Así que ellos no pudieron salvar sus negocios y muchos no pudieron permanecer en la comunidad", dijo Ladd. "El propio proceso de litigación es una enorme fuente de ansiedad y no estamos ni cerca de ver cómo será eso en este caso, dado que las dimensiones de este desastre van mucho más allá de lo que vimos en Alaska", agregó.

Irene McIntosh, profesora adjunta en la University of South Alabama, trabaja como consejera y educadora. "Luego de una tormenta se puede hacer algo. Pero con esto, una realmente está a merced de BP y de quienes están a cargo. Así que prevalece una sensación de mucha impotencia", añade.McIntosh también planteó que le preocupan los impactos psicológicos que el desastre pueda tener a largo plazo. "Cuando se está bajo un estrés de largo plazo, ya sea económico, o por perder la casa o la embarcación y el negocio, eso se traduce en experiencias de depresión, mayor caos familiar, mayores dificultades en las relaciones interpersonales y una disminución de la eficacia personal que me permita ocuparme de mí y de mi familia", dijo.

Ladd cree que recuperarse del desastre de BP insumirá décadas. "Necesitamos dejar de pensar en esto como en una carrera y pensarlo como si fuera una maratón. Este desastre y sus impactos continuarán durante por lo menos una década. Es difícil poner en palabras las maneras astronómicas en que probablemente afecte a la costa del Golfo", sostuvo. Para Podestá, los efectos de la catástrofe podrían sentirse incluso por 20 o 30 años.