¿Es preciso inocular a los pequeños para salvar a la familia?
israel children vaccines
© Nam Y. Huh/AP
Una niña de 6 años recibe la vacuna contra Covid-19 de Pfizer, para niños de 5 a 11 años de edad, en el hospital infantil Lurie, en Chicago, el 4 de noviembre, 2021.
Se llama capitalismo de vigilancia, expresión popularizada por la socióloga y profesora Shoshana Zuboff. Todo lo sucedido desde diciembre del 2019 guarda relación con esta forma de entender la sociedad y el Estado: la vigilancia, el espionaje masivo, el abuso de poder, los ataques brutales a la privacidad, la extracción de datos y la imposición inmoral de medidas sanitarias. Todas ellas son el subproducto de un proceso mucho más amplio relacionado con la biotecnología. Durante estos dos años, las grandes tecnológicas han recopilado una información descomunal sobre conductas, con el objetivo, entre otros, de predecir comportamientos. La angustia o la alegría son clics sometidos a un juicio predictivo que conduce a otras manipulaciones víricas. El presente es de las tecnológicas. Por ejemplo, Google es una pieza central en este proceso de control y abusos sin precedentes en la memoria histórica.

Otras tech como Microsoft son beneficiadas de este gran experimento capaz de invertir el significado de las palabras; reuniones telemáticas, funcionarios públicos que piden clases virtuales, trabajos remotos, asistencia médica telefónica, socialización virtual, niños aislados y separados en clases, distancia mínima, mascarillas obligatorias en la vía pública y un largo etcétera que expresa la estabulación controlada de la sociedad digitalizada. El pensamiento y la reflexión, y, en consecuencia, la honestidad profesional, han sido aislados en favor de las consignas políticas.

Toda conversación se deglute y procesa para llegar a un producto general con el fin de transmitir certezas y opiniones. Para ello, es preciso desposeer de los derechos fundamentales a los ciudadanos, y así, ofrecer a los biócratas y célebres eugenistas un mercado cautivo sometido a los diktats de la ciencia oficial y a sus aparatos acoplados a los órganos de gobierno.

El autoengaño es destructivo, porque es un mecanismo sofisticado dirigido a ocultar un fracaso insoportable para la víctima. Es a costa de un envilecimiento general, que permea en la integridad como una gota china. Porque cuando las autoridades apuntan a la pérdida de cualquier estatus social, laboral, y en consecuencia económico y afectivo, es que se está cometiendo un presunto crimen resplandeciente. Las inoculaciones ni curan ni previenen, por mucho que se esfuercen en celebrar esta panacea en el ágora pública.

Falta por determinar la causa del aumento de la mortalidad el año de la vacuna. De esta manera lo expresan algunas aseguradoras: hasta un 40% más. No sé explican qué sucede, o tal vez es difícil pronunciar el hemos sido engañados: empeñar la dignidad personal, y la credibilidad con los colegas, implica reconocer cierta incompetencia que daña la buena reputación. No hay modo de sobrevivir a esta nueva normalidad, pues está basada en una mentira tan obvia, que cada día que pasa los bufones fabrican nuevas contorsiones para entretener al ciudadano asustado.

Con claridad: las dictaduras necesitan de la omertá de las mayorías y del gran teatro de las apariencias. Acuérdense de los baños de masas de los tiranos. La humillación es una carga menos pesada con el concurso de todos.

La carencia de cuidados, de lecturas, y de amor propio, conducen a estos desastres apuntalados por el medio telefabricado, auténtica arma de destrucción mental. Lo que sucede no es nuevo. Desde 1976 ya se demandaba una vacunación forzada y global, momento en el que aparece la gripe porcina tras la muerte de una soldado en Fort Dix, en EE. UU.

Fue el inicio del experimento. Utilizaron parecidas tácticas para aterrorizar a la gente. Tal y como señala Robert F. Kennedy Jr en su libro El verdadero Anthony Fauci, hasta Gerald Ford alertó de un desastre parecido al de (la mal llamada) "gripe española". A los investigadores críticos les amenazan con la pérdida del empleo, el ostracismo y la difamación pública a través de los medios. No tardó en emerger el cieno sobre el discurso oficial: la incidencia de la gripe fue mayor entre los inoculados. Maurice Hilleman, uno de los creadores de la vacuna de Merck, dijo: "este virus no tiene nada que ver con la ciencia y si con la política". EE. UU. tuvo que pagar, a mediados de la década de los 80, indemnizaciones millonarias. Es cierto que hay un contraste entre el pasado y el presente: hoy, gran parte de los automedicados asumen los daños causados por estos compuestos. Sin embargo, como siempre hay recalcitrantes, las autoridades políticas señalan a los no inoculados, lo que hace cada vez más grande la mentira.

Al igual que hoy ningunean a Robert Malone, uno de los creadores de los compuestos ARNm, en aquel tiempo se humilló a Bernice Eddy, quien hizo importantes descubrimientos sobre el virus de la polio. Ella denunció casos de cáncer a causa de la contaminación de esas mismas vacunas, lo que provocó que una jauría de cargos de los Institutos Nacionales de Salud (NIH) la atacara hasta reducirla a la casi nada. Así actúa la mafia. Igual sucede, hoy, con la investigadora Judy Mikovitz, opuesta a la tiranía faucista en connivencia con la industria.

La gripe porcina de 1976 fue el inicio del fraude. En 2005 aparece la gripe aviar, esta vez en un laboratorio de Oxford, en Vietnam: "Era una niñita. Desenterró a una pequeña mascota de pato, que había muerto, y la volvió a enterrar. Ella sobrevivió", dijo el investigador Jeremy Farrar, amparado por la Wellcome Trust, organización británica centrada en las epidemias, la segunda más poderosa del mundo, tras la fundación de los de Microsoft.

Estas instituciones son las que presionan a los representantes de la soberanía popular, convertida en un trapo de papel.

La gestión de todas las gripes desde el siglo pasado son un fiasco, un derroche de recursos y un engaño manifiesto. En ese sentido, la llegada de la gripe A (2009) fue célebre. Los personajes ya los conocemos: Fauci, director del Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas (NIAID, por sus siglas en inglés) Neil Fegurson del Imperial College y Tachi Yamada, ex ejecutivo de GlaxoSmithKline (GSK) entre otros. Este virus surgió en Hong Kong. Asia, como en la Edad Media, es una fuente de amenazas, donde se forman patógenos sofisticados, mientras que en el África negra aparecen los más salvajes. Después de las advertencias catastrofistas de la OMS (Organización Mundial de la Salud) millones de vacunas acabaron en la basura. En aquel tiempo ya susurraban el fraude: "Se puede declarar una pandemia con cero muertos". El conflicto de intereses es un modo civilizado de dudar sobre quiénes son juez y parte en el proceso de estabulación sanitaria. Como ahora, el negocio del pánico también se dirigió hacia las mujeres embarazadas, lo que produjo abortos durante el primer trimestre de embarazo. El hoy despreciado Wolgang Wodarg, presidente de la Asamblea Parlamentaria del Comité de Salud del Consejo de Europa y miembro del grupo socialista, dijo: "Estamos ante una falsa pandemia y ante uno de los mayores escándalos de la historia de la medicina". Luego llegan el ZIKA y el dengue, hoy amontonados en los escoriales de la farma industria.

Crear clientes cautivos y sumar un brazo al que inocular implica salir a la caza de la opinión pública. Para ello, se utilizan las caretas más famosas del panorama audiovisual y la farándula politicosanitaria.

Es un indecente contubernio. Durante estos dos años se ha producido una gigantesca extracción de datos privados, concentración de capitales más enfermedades de todo tipo y multiplicación de suicidios. Millones de niños han dejado la escuela. Alcoholismo, abuso de drogas, separaciones, aislamiento social, tortura sicológica inducida por los medios, ruptura de familias completas, abandono en las residencias, y un sinfín de daños más. Desde esta perspectiva, solo los lunáticos pueden alardear de gestión. Hasta tal extremo llega la paranoia, que pueblos enteros se auto confinan, en un ejemplo de sumisión al maltratador. Aplaudir al captor no es nuevo, de hecho, es un ritual social que conviene estudiar. Oxfam señala que, durante el 2020, los trabajadores de todo el mundo han perdido billones de dólares, mientras que 3,9 billones incrementan las fortunas y contribuyen a crear nuevos ricos.

A pesar de todo, son muchos los españoles los que todavía están dispuestos a inocularse cuantas veces sean necesarias. La ciencia y la tecnología en España es sagrada porque hay una fe ciega en el progreso. Tal vez vivimos una epidemia de falta de formación crítica. La adopción de un lenguaje militar ha facilitado la sicosis.

Todo conduce a una meta final e inexplicable: la inoculación de los niños. ¿Cómo les explicamos a los pequeños que para salvar a sus papás es preciso que ellos se inoculen? ‍Geert Vanden Bossche se opone a esta aberración a la que conduce la locura.

La iniciación de los jóvenes en la industria implica suprimir su inmunidad natural, lo que empuja a enfermedades autoinmunes, según Bossche. La ansiedad que transmiten ciertas autoridades por la inoculación de los niños es inexplicable. ¿Es posible rectificar tras este absurdo mancomunado?