Berlusconi y Don Luigi Berzé
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Silvio Berlusconi y don Luigi Verzè se conocieron en los años 80 en Milán.

La caída del 'Cavaliere' arrastra a su guía espiritual, un sacerdote megalómano artífice del prestigioso hospital de San Raffaele de Milán, ahora en quiebra con un oscuro agujero de 1.500 millones.

Los destinos de Silvio Berlusconi y el sacerdote don Luigi Verzè -en Italia los curas llevan el 'don' delante- se unen en Milán, en los años setenta, durante sus primeros pinitos como mangantes. Luego alcanzarían cotas inimaginables. El futuro magnate contaba con una fortuna de origen misterioso y créditos de la Banca Nazionale del Lavoro y el Monte dei Paschi di Siena, entonces controlados por la potente logia masónica ilegal Propaganda Due (P-2), de la que el joven empresario era afiliado. Carnet número 1816, como se supo años después. Berlusconi compró un terreno de 700.000 metros cuadrados en las afueras de Milán para construir una urbanización de lujo, Milano Due. Con una pega: estaba al lado del aeropuerto de Linate. Entonces actuó la Providencia, al estilo berlusconiano. Regaló una parcela a don Verzè para construir un hospital y con ese pretexto y gracias a sus buenas maneras lograron desviar la ruta de los aviones. El precio de los pisos se triplicó. Fue el inicio del imperio de Berlusconi. Y el de Verzè, que allí construyó el hospital San Raffaele, uno de los mejores de Italia, con un centro de investigación de vanguardia, y luego una universidad. Un fin encomiable; pero los medios, no tanto.

Sobre los métodos de estos dos iluminados ('Yo y Cristo', en este orden, es el título de uno de los libros de Verzé), debe recordarse que el cura fue condenado a un año y cuatro meses por intentar corromper a un asesor regional, que no se prestó al juego. Aunque en segunda instancia el delito prescribió, como tantas veces en el carrerón judicial de su amigo Berlusconi. Para los jueces el cura era «un empresario hábil y sin complejos, bien relacionado en ambientes financieros y políticos sin escrúpulos en el plano ético y penal». Algo de eso pensaba el Vaticano, que ya lo había suspendido 'ad divinis' en 1973. En cambio para Berlusconi este sacerdote, habitual en su casa hasta en Navidades, era un santo varón. Y él pensaba lo mismo de su mecenas: «Un don de Dios a Italia», dijo cuando ganó las elecciones. El cura es el confesor personal del magnate, aunque en su estilo: «don Verzè me confiesa y me da la absolución sin que yo diga nada, porque me conoce». Y el San Raffaele es su hospital de confianza. En él financia una investigación para alargar la vida a los 120 años, se dice que es allí donde resolvió sus problemas de disfunción eréctil tras una operación de próstata y en él ha sido ingresado varias veces, como en diciembre de 2009, después de la agresión de un desequilibrado con una estatuilla. Esto dijo Verzè en una nota, con su prosa visionaria, cuando dieron el alta a su amigo: «Has versado un poco de Tu sangre por este nuestro País. Ya habías trabajado tanto y sufrido incomprensiones y humillaciones. ¡Todo para hacer el bien y destruir el mal! Así el buen Dios lo dispuso incluso para su Hijo Jesús».

El jet privado

Sin embargo, sus destinos vuelven a unirse en el declive. El 'Cavaliere' ha caído y ha llegado el escandaloso derrumbe de don Verzè, que tiene ya 92 años. Desde principios de año había rumores sobre las cuentas del San Raffaele y en verano se confirmó un agujero de 1.500 millones. El problema no era el hospital, que sigue siendo una referencia de calidad, sino los extraños manejos de don Verzé , poco evangélicos. La lista de excesos es pintoresca. Construcción en el complejo milanés de una cúpula gigante de cristal con un arcángel de vetrorresina y acero inoxidable de ocho metros: 50 millones, y 8 más el angelito. Plantaciones de mangos en Pernambuco, Brasil: 5 millones de pérdidas en 2010. Hotel de cuatro estrellas don Diego en Cerdeña: pérdidas de 600.000 euros en dos años. Jet privado Challenger CL604: casi 20 millones. Gestionado a través de una empresa neozelandesa que ha perdido 10 millones de euros en un año. Porque a don Verzé le irritan los aeropuertos, según una colaboradora. Así viajaba por Italia, Sudamérica, Tibet, África, donde tiene proyectos, pero también, por ejemplo, a la isla antillana de San Martín, conocido paraíso fiscal.

Todos estos negocios raros han ido mal. Don Verzé siempre ha quitado hierro a los asuntos de dinero -«Son un problema de mi socio mayoritario, Dios», dice-, pero esta vez ha ido demasiado lejos. En julio se confirmó la entidad del agujero e intervino el Vaticano, a través de su banco, el IOR, para salvar el hospital. En una operación financiera que también parece un tanto alejada del espíritu evangélico, el secretario de Estado de la Santa Sede, Tarcisio Bertone, cambió el consejo de administración y colocó a hombres de su confianza, entre ellos Ettore Gotti Tedeschi, presidente del IOR. A los tres días, Mario Cal, vicepresidente del San Raffaele y mano derecha de Verzè, se pegó un tiro en su despacho.

Lo que ha salido a luz después explica algunas cosas. La Fiscalía ha abierto una investigación por quiebra fraudulenta y ha descubierto que del hospital salían ríos de dinero a cuentas en el extranjero y destinos desconocidos, a veces con fajos de billetes de 500 en mano, mediante facturas infladas. La tesis es que el fallecido Mario Cal dirigía estos movimientos con un extraño asesor, Piero Daccò, que ha recibido al menos 3,5 millones por gestiones muy dudosas. Ahora está en la cárcel. Daccò cuenta con una red de una decena de empresas y estrechas relaciones con el berlusconiano Gobierno regional de Lombardía -el presidente, Roberto Formigoni, ha veraneado en su yate- y el movimiento católico Comunión y Liberación, todo un 'lobby' en Milán.

Conspiraciones

La investigación está solo al principio, pero confirma lo que ya se sabía, que don Verzè siempre ha sido tenido un gran poder en Milán y en el mundo berlusconiano. Sin embargo, el golpe definitivo ha llegado con otra revelación ajena al caso que ha desvelado el aspecto más siniestro del sacerdote, comportándose como un auténtico mafioso. Es una conversación grabada con un micrófono en el despacho del cura por la Policía, que investigaba otro asunto, en diciembre de 2005. don Verzé quería ampliar el hospital en un terreno contiguo, pero sus propietarios no vendían porque tenían unos campos de fútbol que alquilaban por horas para partidillos. Así que, hablando con un dirigente del centro, Verzè decide mandar esa tarde a la Guardia di Finanza a las instalaciones para que pidan factura a los jugadores al salir, sabiendo que normalmente no se da, multar a la empresa y acosarla. Para hacerse una idea de cómo actúa este cura maquiavélico basta ver cómo se mueve: recurre nada menos que a Nicolò Pollari, el entonces controvertido director de los servicios secretos italianos, el SISMI, implicado en el caso Abu Omar, el secuestro en colaboración con la CIA de un ciudadano egipcio, dentro de la guerra global al terrorismo islámico. Verzè tenía buenas relaciones con Pollari: le acababa de vender una villa en Roma por 500.000 euros, la mitad de lo que había costado unos años antes. Pues bien, el cura recibe en su misma oficina al jefe del espionaje italiano solo para pedirle el favor de que envíe la patrulla a los vecinos. Da miedo pensar lo que habrá tramado si conspira hasta para robar un campo de futbito. Pero, además, en otra conversación se oye cómo trama un incendio en los campos deportivos para intimidar a los dueños. De hecho en esas fechas sufrieron dos con graves daños. «Cuando vayamos a hacerle la propuesta de compra estará de rodillas», le dice un colaborador.

Estas tremendas semanas de escándalo llevaron finalmente a don Luigi a romper su silencio el pasado día 2 para escribir una carta pública. No tiene desperdicio: «He pensado hacer como Jesucristo, que después de curar tantos enfermos y haber donado una doctrina salvadora fue arrestado, calumniado y condenado a la cruz, no se defendió». Termina así: «Concluyo, ahora sé lo que significa estar con Cristo, salpicado de insultos, en la cruz. Forma parte de mi programa sacerdotal». Don Luigi Verzé lo tiene todo calculado.