Con más del 55% escrutado, Nueva Democracia obtiene el 30,5% y el Pasok el 13%. La izquierda radical de Syriza logra el 26%. Conservadores y socialistas del Pasok consiguen el porcentaje suficiente para gobernar en caso de que acuerden una coalición. Las claves de la elección. Estados Unidos se manifestó a favor de una coalición y de mantenerse en el Euro.
Antonis Samaras
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Antonis Samaras
Es triste tener que elegir entre un ladrón y un loco". Nikos, conductor de autobús, no quiso revelar por quién había votado. Pero con el 60% de las papeletas escrutadas, todo indicaba que los griegos habían decidido favorecer por un leve margen al "ladrón", ardorosamente patrocinado por la Unión Europea.

Antonis Samaras, el candidato conservador de Nueva Democracia, a quien Nikos llamaba "ladrón" por formar parte de la clase política corrupta que llevó Grecia a la quiebra, superaba por poco el 30% de los votos cuando proclamó su victoria. "Es un éxito para Europa", dijo. Alexis Tsipras, el candidato izquierdista de Syriza, calificado de "loco" por su arriesgada oposición a la austeridad impuesta por los acreedores del país, obtuvo el 26,5% de los votos y anunció que como jefe de la oposición seguiría oponiéndose al "terrorismo económico" del rescate.

Dos cosas parecían claras en la noche del sábado: que la sociedad griega estaba muy dividida entre quienes aceptaban (a la fuerza) la austeridad y quienes no la soportaban más, y que Nueva Democracia necesitaba construir una coalición amplia con otros partidos, con el Pasok como mínimo (12%), e idealmente también con los Demócratas de Izquierda (7%), si quería formar un Gobierno con garantías de supervivencia.

Aunque los países del euro lanzaran un suspiro de alivio, las perspectivas no eran del todo tranquilizadoras. Las negociaciones para formar Gobierno comenzaron este domingo mismo.

Al menos parecía definitivamente descartada la peor de las opciones: que, como tras las fallidas elecciones de seis semanas atrás, no se pudiera formar Gobierno.

De confirmarse el 31% de los votos, Samaras tendría al menos 75 escaños, que sumados a la prima de 50 escaños concedidos al partido más votado llegarían a 125. No debería costarle mucho atraer hacia una coalición al Pasok, que fue durante décadas el partido hegemónico y se arrastra ahora por el fondo de la tabla (12%). Con eso ya lograría la mayoría en un Parlamento con 300 diputados.

Esa teórica coalición gubernamental sólo representaría, sin embargo, a la mitad de los votantes. Poco para un Gobierno que necesitará sentirse muy legitimado para dirigir un país dividido, mortificado tras cinco años de recesión y dos de recortes brutales (la economía griega ha encogido casi el 70% en una década), sin políticas de bienestar y a punto de desgajarse del euro porque, pese a los 172.000 millones de euros recibidos en una operación de rescate patrocinada por Bruselas, sus desequilibrios macroeconómicos siguen siendo muy graves.

El desempleo se aproxima al 25%, los bancos necesitan una recapitalización urgente, la actividad económica está casi paralizada. El malestar social, paralelamente, ha generado un inquietante fenómeno de xenofobia violenta. "Haremos lo que hay que hacer", prometió Samaras en la noche del sábado, pero "trabajaremos con los socios europeos para añadir a las políticas de austeridad algunas medidas que fomenten el crecimiento".

La presión de los socios europeos, y muy especialmente de Alemania, sobre el pueblo griego para que votara a Samaras y rechazara al izquierdista Tsipras se hizo casi insoportable durante los últimos días de campaña. En teoría, la formación en Atenas de un Gobierno conservador y apegado a la ortodoxia económica europea debería calmar un poco la tormenta sobre el euro y aliviar el agobio de países como España.