Historia de los sangrientos tributos a los dioses.

Una investigación del Instituto Nacional de Antropología e Historia de México intenta descifrar que tan masivos eran los sacrificios humanos de los pueblos mexicas.
sacrificios humanos aztecas
© Wikimedia Commons
Códice azteca de 1587 que ilustra el ritual del sacrificio humano.
La primera crónica de indias que escribió el conquistador de México, Hernán Cortés, el 10 de julio de 1519, estaba dirigida a la reina Juana de Castilla y al emperador Carlos V. En ella se cuenta con horror cómo eran y para qué se usaban los sacrificios humanos en los pueblos del Nuevo Mundo, en especial en el imperio azteca. "...Algunas veces sacrifican sus mismas personas, cortándose unos a otros la lengua, y otros las orejas, y otros acuchillándose el cuerpo con unas navajas. Toda la sangre que de ellos corre la ofrecen a aquellos ídolos(...) Y tienen otra cosa horrible y abominable y digna de ser punida, que hasta hoy no habíamos visto en ninguna parte, toman muchas niñas y niños y aún hombres y mujeres de mayor edad, y en presencia de aquellos ídolos los abren vivos por los pechos y les sacan el corazón y las entrañas".

El relato de estos rituales sangrientos fue la excusa que necesitaba Cortés para que los reyes aprobaran la violencia sin tregua que finalmente sometió a los indígenas al dominio de los españoles. Para sellar el proceso de conquista, la tropa de Cortés derribó el Templo Mayor, uno de los lugares sagrados donde se exhibían como ofrendas los cráneos de los hombres sacrificados. Los soldados españoles enterraron las ruinas del templo, los altares y las calaveras, y allí empezaron a construir los cimientos de lo que hoy en día es Ciudad de México.

El ritual del sacrificio fue usado como punta de lanza para destruir a los dioses y a las lenguas de las comunidades nativas de la región, y, al tiempo, fue clave para consolidar el relato del indio como bárbaro, inhumano y salvaje. De hecho, décadas después, algunos cronistas españoles escribieron que sólo uno de los altares del Templo Mayor, llamado Tzompantli, podía albergar 130.000 calaveras, un dato hasta ahora difícil de comprobar por dos razones fundamentales: los conquistadores eran propensos a exagerar los horrores del sacrificio humano para demonizar la cultura mexica, y todos los restos que podían servir de evidencia habían quedado guardados varios metros bajo tierra.

El trabajo de los investigadores del Instituto Nacional de Antropología e Historia de México (INAH), recogido en el artículo: "Alimentando a los dioses: cientos de cráneos revelan una escala masiva de sacrificio humano en la capital azteca", publicado ayer en la revista Science, es una herramienta que permite decir con certeza que estas prácticas sí eran parte cotidiana de la cultura azteca.

Para llegar a esta conclusión, los investigadores calcularon el tamaño y el espacio de los agujeros donde se guardaban los craneos y establecieron que el Tzompantli era una estructura rectangular de 35 metros de largo por 12 a 14 metros de ancho y 4 metros de alto. De acuerdo con las excavaciones, otra torre cercana que cumplía la misma labor de exhibir los cráneos medía casi 5 metros de diámetro y al menos 1,7 metros de altura. "Combinando las dos torres históricamente documentadas y el estante, los arqueólogos del INAH calculan que los aztecas sacrificaron varios miles de cráneos".

Pero el artículo va más allá. "A partir de 2015 los arqueólogos mexicanos descubrieron y excavaron los restos de una de las torres encontradas debajo de una casa colonial en una calle cercana a la catedral de Ciudad de México. El tamaño de la torre y del altar sugiere que allí se exhibían miles de calaveras". Esto, y los cientos de fósiles hallados en los alrededores, son testimonio de una industria de sacrificios humanos que no se parece a ninguna otra en el mundo.

La segunda fase de la investigación del INAH estudia los cráneos en detalle, con la esperanza de aprender más sobre los rituales y tratamientos post mortem de los cuerpos de los sacrificados. Los nuevos métodos científicos ayudan a que los investigadores también se pregunten quiénes fueron las víctimas, dónde vivían y cómo eran sus vidas antes de la muerte en el Templo Mayor.

"Este hallazgo es un mundo de información", le dijo el arqueólogo Raúl Barrera Rodríguez, director del Programa de Arqueología Urbana del INAH, a la periodista de Science Lizzie Wade. "Es algo asombroso, y el tipo de descubrimiento que muchos de nosotros estábamos esperando".

Con los resultados preliminares de la investigación, los científicos mexicanos creen que las calaveras son un instrumento para esclarecer el rol que cumplió el sacrificio humano a gran escala en la religión, la cultura y la consolidación del imperio azteca.

El artículo revela que a pesar de que otras culturas mesoamericanas también practicaron sacrificios humanos y construyeron templos y altares similares al Tzompantli, fueron los aztecas quienes llevaron esta práctica al extremo.

Todas las sociedades premodernas hicieron algún tipo de ofrenda, y en casi todas el sacrificio más valioso era la vida humana, pero sólo el imperio azteca llevó esta forma de alimentar a los dioses a su vida cotidiana. Porque mientras más poderoso era el imperio, más víctimas podía entregar al sacrificio.