(España) - El 9 de septiembre se celebrarán elecciones al Parlamento sueco y las encuestas anuncian un cataclismo político: el Partido Socialdemócrata, modelo de todos los progres europeos y americanos desde los años 60, puede obtener unos resultados nefastos, y el ganador quizás sea el partido que los medios del Sistema señalan como extrema derecha.
Imagen representativa de unos suecos de celebración.

Imagen representativa de unos suecos de celebración.
Voy a dar gratis un consejo a los editores de prensa de papel. Si quieren salvar sus periódicos, que prueben a dar más noticias de internacional. Pero como editores y directores están más interesados en difundir consignas indicadas por los verdaderos dueños que en ofrecer noticias a sus lectores, las secciones correspondientes de los agonizantes diarios son monótonas e idénticas. Por ejemplo, se dedican páginas y páginas a poner a caldo al presidente Donald Trump y al primer ministro Matteo Salvini, mientras se callan acontecimientos que podrían tener cierto interés para los lectores.

El domingo 9 de septiembre, cuando en España seguiremos pendientes de la exhumación de Franco, se celebrarán elecciones en el reino de Suecia, laboratorio de la socialdemocracia mundial. En ellas podría ocurrir que, por primera vez desde las elecciones de 1911, el Partido Socialdemócrata quede por debajo del 30% del voto. Y no sólo eso, sino que, según varias encuestas (bastantes más fiables que el CIS español, que se paga con nuestros impuestos y ahora dirige un miembro de la ejecutiva del PSOE), podría bajar al segundo lugar.

Quede primero o segundo, la estrella de estas elecciones será el partido Demócratas Suecos (DS). En 2006, recibió un 2,6% del voto; en 2010 entró por primera vez en el Parlamento con un 5,9% y 20 diputados de 349; y en 2014 subió al 12,9% del voto y a 49 diputados, y se situó como tercer partido en representación parlamentaria. Y las mismas encuestas que indican la decadencia del Partido Socialdemócrata señalan que DS volvería a doblar su electorado y obtendría más de 80 diputados.

Será un éxito innegable para el joven Jimmie Akesson, presidente del partido desde 2005, y mostrará el derrumbe del que ha sido para las izquierdas socialistas, y hasta para algunos centristas, el paraíso que imponer a toda Europa.

Los socialdemócratas establecieron un modelo social en el que el Estado tutelaba al ciudadano desde la cuna a la tumba. Fueron pioneros en aprobar leyes que atacaron la familia y los restos de la sociedad tradicional. Se decía que un padre que diese una bofetada a su hija adolescente podía ir a la cárcel, mientras que si tenía relaciones sexuales 'consentidas' con ella no le pasaba nada.

La insoportable hipocresía progre también reinó en Suecia. Mientras el primer ministro Olof Palme reñía al presidente Ronald Reagan por su supuesto belicismo y su capitalismo despiadado, a la vez que proponía el desarme de los dos bloques militares, colaboraba en secreto con la OTAN en la vigilancia de submarinos soviéticos en el mar Báltico. Y la condena a los horrores del nacional-socialismo alemán convivía con un programa de esterilización de deficientes de carácter eugenésico que se aplicó hasta mediados los años 70.

La crisis del Estado de Bienestar sueco fue anterior a la avalancha de inmigración de los últimos años, debido a la caída de la natalidad, la globalización y la creación de amplias clases parasitarias que se resumen en los trabajadores sociales y en los perceptores de subsidios. Por ello, en Suecia se introdujeron desde los años 90 medidas en la sanidad y la educación que en España, donde la bondad infinita que mueve a la izquierda ha decidido dar médico gratis a la humanidad entera, se calificarían de ultraliberales.

La llamada derecha sueca, cuyo partido principal recibe el elocuente nombre de Moderado, no se atreve a alterar la ingeniería social de la progresía, al igual que la española. El último primer ministro moderado, Frederik Reinfeldt (2006-2014), mantuvo el 'consenso' sobre la inmigración. La consecuencia es previsible: su partido baja al tercer puesto en las encuestas.

En los últimos años, el número de inmigrantes económicos y de refugiados, reales o supuestos, supera en mucho los 100.000 anuales, de modo que, de los 10 millones de habitante censados en Suecia, 1,9 millones no han nacido en el país escandinavo. En el mismo período de tiempo, la delincuencia se ha disparado. Hasta hace poco, Suecia era un país pacífico, donde los mayores problemas sociales se limitaban al alcoholismo, la soledad y el suicidio. Ahora, los homicidios y, más en concreto, la violencia contra las mujeres superan en porcentaje respecto a la población los delitos semejantes registrados en España.

En Suecia se reproduce el mismo proceso que vemos en Francia, Italia, Austria, Alemania, Holanda o Hungría. La inmigración de sustitución es el parteaguas de una nueva época en el continente, en la que se desvanecen los partidos, los gobernantes y los consensos heredados de la posguerra y renovados en Mayo del 68. La excepción es España, donde el factor desencadente del terremoto político ha sido la 'cuestión nacional', a raíz del golpe de Estado de los separatistas catalanes.

Y como está ocurriendo en esos países, el partido que clama contra el establecimiento de comunidades enteras de africanos y asiáticos, recoge votos en todos los sectores sociales, pero sobre todo en la izquierda, ya que son las clases baja y media las más perjudicadas por una inmigración descontrolada; es decir, el electorado habitual de las izquierda. Por el contrario, los nuevos votantes de los partidos 'progresistas' son los beneficiarios de la nueva situación: los funcionarios, para los que se crean nuevos empleos; los 'oenegeros', que reciben más subvenciones; y las clases altas, que disponen de mano de obra barata.

¿A que no ha leído nada de esto en el periódico de papel que todavía compra, amigo lector?