Prozac
© Desconocido
Prozac, "la pastilla de la felicidad"
El auge de la adicción a drogas prescritas coincide con la emergencia del paradigma bioquímico. Se postulan enfermedades y diagnósticos para que encajen con drogas específicas, no al revés.

La Oficina Nacional de Control de Drogas de EU activó esta semana la alarma de la adicción a drogas prescritas, las de mayor crecimiento. El número de recetas de opiáceos creció de 174 millones el año 2000 a 257 millones en 2009; la dosis por persona creció de 74 mg en 1997 a 369 mg en 2007; más de 70% de los consumidores obtienen las drogas de amigos y familiares. Se habla de un "farmagedón".

Extrañamente, el gobierno enfoca su radar sobre los pacientes "compradores de médicos", no sobre los médicos mismos ni sobre las firmas farmacéuticas que los sobornan, no digamos el paradigma biológico del desorden mental, que postula enfermedades para que encajen con las drogas formuladas, no al revés. Si una droga disminuye la dopamina cerebral, se postula que la esquizofrenia es causada por alta dopamina. Hay que recetarla.

Ya que estas drogas están legitimadas por el saber médico, muchas personas las consumen creyéndolas inocuas. La cantidad de solicitantes de seguro por discapacidad mental creció de uno entre184 en 1987 a uno entre 76 americanos en 2007. El número de menores dopados creció 35 veces en el mismo periodo. El desorden mental es ahora la causa principal de incapacidad infantil.

La epidemia coincide con la emergencia del paradigma del desorden mental como causado por desbalance químico cerebral a ser corregido por drogas específicas. Las primeras fueron formuladas en los cincuenta para curar infecciones, pero se descubrió que alteraban el estado mental. Surgió así una teoría bioquímica contra la psicoterapia clásica, la cual explicaba el desorden mental como enraizado en conflictos inconscientes.

El enfoque bioquímico se popularizó a partir de 1987 por la introducción de Prozac contra la deficiencia de serotonina cerebral. El número de consumidores de Prozac se triplicó en los siguientes diez años. Los nuevos anti-psicóticos son las drogas más consumidas en Estados Unidos. Los diagnósticos de "desorden bipolar juvenil" crecieron 40 veces entre 1993 y 2004; los de autismo aumentaron de uno entre cinco mil a uno entre 90.

El auge del desorden mental plantea la cuestión de qué aumenta más, si los casos reales o los diagnósticos ad hoc para vender ciertas drogas. Al parecer hay una sinergia del paradigma bioquímico, el interés de las firmas farmacéuticas, la corrupción de la profesión médica, el deseo de felicidad de los pacientes y la evasión de los dilemas morales que su existencia les plantea.

Los signos de otras enfermedades son más o menos objetivos. Los del desorden mental, en cambio, son ambiguos; no presentan una línea clara entre lo normal y lo anormal; el diagnóstico tiende a ser arbitrario. Para protegerse de eventuales demandas legales, los psiquiatras se atienen al manual oficial (DSM), que tipifica los desórdenes mentales y prescribe las drogas respectivas. El psiquiatra se vuelve "psico-farmaceuta".

La sección "desórdenes mentales" del DSM está controlada por psico-farmaceutas. Todos los autores de sintomatología y remedios de desórdenes de humor y esquizofrenia y más de la mitad de los psiquiatras considerados líderes de opinión tienen vínculos financieros con firmas farmacéuticas. Los psiquiatras reciben más dinero de firmas farmacéuticas que todos los especialistas médicos.

La corrupción médica varía con las leyes estatales. Florida es el paraíso de las recetas. Hay vuelos charter y rutas de autobús para "pacientes". Un psiquiatra puede ganar 25 mil dólares al día firmando recetas.
- ¿Qué necesitas?

- Pues nada, es que cometo atrocidades porque mi química cerebral está desbalanceada.

- Ahí te va: Risperdal, Zyprexa y Seroquel, puedes comprarlas en la farmacia de la esquina.
El paradigma bioquímico del desorden mental encaja en la nueva versión del "sueño americano": la felicidad merecida por el individuo sólo es obstruida por contingencias ajenas a él. No hay dilemas morales, sólo pastillas para recuperar el equilibrio. Esto ha engendrado una forma de cinismo protegida por el "saber médico".