Traducido por el equipo de Sott.net

La semana pasada, la revista médica Lancet se hizo brevemente famosa en internet cuando publicó la siguiente frase en su cuenta de Twitter: "Históricamente, la anatomía y la fisiología de los cuerpos con vagina se ha descuidado".
cast of vagina monologues 2001
© Getty
Las actrices Rosie Pérez, Glenn Close y Julianna Margulies posan con la dramaturga Eve Ensler en un acto para anunciar una representación estelar de su obra Los monólogos de la vagina, 2001
La frase es una cita extraída de un artículo más grande, pero no deja de sorprender por sí sola. Como un cuadro de Hieronymous Bosch, se puede volver a él una y otra vez, encontrando siempre algo nuevo y sorprendente que apreciar. Está la musicalidad, todas esas palabras de cuatro y cinco sílabas que ruedan agradablemente por la lengua. Está la invocación ligeramente macabra de "cuerpos", seguida de "con vaginas", que sugiere una colección de cadáveres con accesorios (pero no necesariamente unidos) a un montón de conductos de alumbramiento. También hay un carácter descriptivo directo, casi evocador de un contenido destinado a los niños: ¡si te gustó Plátanos en pijama, te encantará Cuerpos con vaginas!

Pero la rareza de la frase se ve superada en última instancia por la omnipresencia de un lenguaje como este, que refleja un cambio reciente pero indiscutible en la forma en que las comunidades académicas y activistas, incluso en medicina, hablan de las mujeres. Hay todo un mundo nuevo de terminología, centrado en los cuerpos y la biología, que evita cuidadosamente cualquier mención de quién es el cuerpo. Es un mundo de menstruantes, personas con cérvix, propietarias de vulvas y, por supuesto, cuerpos con vaginas.

Se trata de una evolución interesante, dado que cualquier mención a las vaginas fue declarada tabú no hace mucho tiempo en los espacios activistas. Las producciones de Los Monólogos de la Vagina, que en su día fue una obra feminista emblemática, han sido clausuradas en repetidas ocasiones en los últimos cinco años después de que los manifestantes se quejaran de que excluían implícitamente a las mujeres sin vagina. La "Noche de las mil vaginas", una obra benéfica de 2014 para financiar abortos de mujeres desfavorecidas en Texas, también fue criticada por ser "hiriente y excluyente" para las mujeres trans. En aquel momento, el mensaje para las mujeres era claro: las vaginas se cancelan. No hables de ellas.

Pero ahora también se cancela la categoría "mujeres" por el delito de no incluir a las que tienen vagina y no se consideran como tales. ¿"Mujer"? Lo mismo: no es el lenguaje, sino toda la noción de sexo como factor de identificación lo que se ha problematizado.

Es difícil exagerar la extraña coda que supone la historia de la medicina como institución, en la que el cuerpo de las mujeres ha sido a menudo objeto de miedo, sospecha e ignorancia perjudicial. Desde las supersticiones sobre la sangre menstrual, pasando por la negación del orgasmo del clítoris por Freud, hasta un sistema médico que hacía la vista gorda ante las diferencias entre la fisiología y la bioquímica femenina y masculina, el sistema sanitario (del que forma parte una revista como Lancet) ha estado plagado de prejuicios que siguen vigentes. Durante décadas, las mujeres fueron vistas como un otro siniestro, sus cuerpos demasiado oscuros y peligrosos para ser explorados, una zona prohibida en el mapa de la humanidad.

Pero entonces, al menos lo hacíamos en el plano.

La nueva rúbrica, en cambio, no deja nada que señalar, ningún territorio propio. Todo es deshumanización casual ("cuerpos con vagina"), descategorización y un lenguaje que nos deja poco espacio para discutir la biología, la anatomía y las experiencias comunes del grupo que antes se llamaba "mujeres".

Simone de Beauvoir se lamentaba de que las mujeres fueran un perpetuo otro, el objeto de un sujeto masculino, definido no por sus propias características sino por las formas en que no eran hombres. Pero ahora parece que hay hombres y hay mujeres (es decir, cualquiera que se precie de serlo), y luego está esa otra categoría. Ya saben. Esas personas: menstruantes, lactantes, dueñas de la vulva, un conjunto suelto de partes del cuerpo que ya no merecen su propio nombre, y mucho menos su propio movimiento. La otra doblemente alejada. Es una ironía de esta forma de inclusión: cuanto más nos esforzamos por respetar y reconocer la humanidad de algunos grupos, más se empuja hacia los márgenes a un grupo concreto de personas, siempre el mismo.

En 1993, Ruth Bader Ginsburg dijo: "La decisión de tener o no un hijo es fundamental para la vida de una mujer, para su bienestar y su dignidad. Es una decisión que debe tomar por sí misma. Cuando el gobierno controla esa decisión por ella, se la está tratando como si fuera menos que un ser humano plenamente adulto y responsable de sus propias elecciones".

Hace una semana, en un tuit de sensibilización centrado en la nueva ley del aborto de Texas, la ACLU reprodujo esa cita, sólo que retocada para borrar todo rastro de especificidad sexual. Cada "mujer" se convirtió en "[persona]"; cada "ella" se convirtió en "[ellos]".

Por supuesto, el feminismo siempre ha pretendido definirse como la noción radical de que las mujeres son personas. Pero es seguro que esto no es lo que nadie tenía en mente.