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Somers, de 30 años, fue asignado a un equipo de Inteligencia Táctica en Bagdad, con el que participó en más de 400 misiones de combate como artillero en la torreta de un Humvee (vehículo militar con tracción en las cuatro ruedas), y en la realización de interrogatorios.

"Sería un psicópata si quisiera seguir vivo después de haber participado en aquello", dice. La última carta dejada por Somer es una poderosa denuncia de la invasión de Iraq y de la forma en que esa arruinó la vida de millones de iraquíes y, también, la de las numerosas tropas estadounidenses que realizaron el "trabajo sucio".

"La verdad es la siguiente: durante mi primer despliegue, me obligaron a participar en acciones que son difíciles de describir. Crímenes de guerra, crímenes contra la humanidad", dice Somers. "Aunque no participé voluntariamente, e hice todo lo que estaba en mis manos para poner fin a esas acciones, hay cosas de las que una persona no puede recuperarse", explica.

Entre 2000 y 2010 el número de veteranos de Estados Unidos que se suicidaron diariamente ascendió de 20 a 22, según la Agencia de Veteranos. Eso significa que el total para el año 2010 se situó en 8.030. Además, diariamente se suicida más de un soldado en servicio activo, una cifra que ya supera el número de soldados estadounidenses muertos en combate en Afganistán.

"Mi cuerpo se ha convertido en una jaula, una fuente de dolor y de problemas constantes. La enfermedad que tengo me ha causado un dolor que ni siquiera los medicamentos más fuertes podrían aliviar, y no tiene cura. No es un suicidio, sino una muerte misericordiosa. Fue rápido, y sin sufrimiento. Y, sobre todo, ahora soy libre. No siento más dolor", dice el escrito.