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Tensión. Un soldadodispara alaire para dispersar a un grupo de manifestantes en la plaza Tahrir, en el corazón de El Cairo.
Apoyo clave del ejército a los manifestantes. Pese a que el presidente de Egipto cambió ayer su gabinete, la gente exige su renuncia. Convocaron para hoy a un paro general y una concentración de "un millón" de personas. Los militares dijeron que son "legítimos" los reclamos del pueblo.

El ruido ensordecedor de los helicópteros volando bajo tapaban por momentos los gritos y cantos de los manifestantes. Aquí, en la Plaza Tahrir, bien llamada ahora la "Plaza de la Liberación", epicentro en El Cairo de las protestas sin precedentes que desde hace siete días hacen tambalear al régimen de Hosni Mubarak, decenas de miles de manifestantes, jóvenes y ancianos, mujeres y niños, volvieron a burlar ayer el toque de queda reclamando la partida del Rais, al grito de "cambio de régimen y no de rostros" .

A siete días del inicio de las manifestaciones, la oposición lanzó ayer el mayor desafío al gobierno de Mubarak. Llamó a una huelga general por tiempo indefinido y convocó para hoy a una manifestación con la que espera alcanzar el millón de participantes y cuyo epicentro será la plaza Tahrir.

Los egipcios esperaban ansiosos anoche que el Ejército, la institución más respetada en el país, se pronunciara claramente sobre las protestas. Y así fue: en un comunicado, expresaron que las demandas de los manifestantes son "legítimas" y aseguraron que no utilizarían la fuerza para controlar las marchas.

Esta declaración oficial, la primera del ejército desde que comenzaron las protestas, fue celebrada por la gente. "El ejército necesita tener una clara opinión de esta revolución", dice uno de los tantos jóvenes que se acercaron a Clarín en la plaza.

"Mubarak es el creador de la corrupción. Son todos ladrones y se llaman empresarios", dice a este enviado Ahmad, de 48 años, padre de familia. "Cuando vimos a Ben Ali (el ex presidente tunecino) irse quisimos que Mubarak hiciera lo mismo", añade este profesor universitario de una clase media empobrecida. "¿Cómo quiere que haga si trabajo de la mañana a la noche para alimentar a mi familia?", dice, y cuenta que pasará la noche en la plaza. Apenas Ahmad terminó su frase el ruido del rotor del helicóptero que sobrevuela la ciudad ahogó por segundos nuevamente los gritos de la multitud. En tanto, centenares se arrodillaban en dirección de La Meca para comenzar una oración.

Pasadas las 3 de la tarde, la hora en que empieza a regir el toque de queda, los manifestantes continuaban llegando a la plaza Tahrir para expresar su hastío y su rechazo a los cambios anunciados los últimos días por Mubarak. Ya había nombrado al influyente Omar Suleiman como vice, y ayer mismo cambió al odiado ministro del Interior Habib el-Adli, a quien se responsabiliza por los desbordes de la policía que dirige. También, más tarde convocó a través de su vice a la oposición a dialogar. Pero todo fue en vano. No hubo marcha atrás: quieren que el presidente deje el poder y hoy, con la huelga y la marcha, Mubarak tendrá un día de pesadilla.

La plaza Tahrir es el epicentro de las protestas en El Cairo. Desde el sábado está cercada por los militares que, con tanques y blindados ligeros, respondieron a la orden del presidente de salir a las calles para suplir la ausencia de las fuerzas de seguridad. En uno de sus accesos, se podía leer en los tanques las inscripciones en árabe que los últimos días dejaron los manifestantes reclamando la partida de presidente.

Todas las avenidas que convergen en la plaza tienen el acceso restringido con los vehículos militares de par en par. Los soldados, con los fusiles kalashnikov en mano y las bayonetas en el cañón, intentan llevar a cabo un simulacro de control de identidad pidiendo que se muestren los documentos para poder seguir. Pero se los ve desbordados por la gran afluencia de manifestantes, y así los controles eran casi sin efecto.

Ante la convocatoria de la oposición a la marcha "de un millón" para hoy, las autoridades cancelaron inmediatamente todos los servicios de trenes del país , una manera radical de cortar de cuajo la afluencia de gente. No es la primera vez que recurre a una solución tan drástica. El viernes, desconectó a Egipto del resto del mundo cortando los servicios de Internet y de telefonía celular, e incluso en regiones los de telefonía fija. La telefonía celular volvió a funcionar, relativamente bien.

Pero el país sigue aislado del mundo y son contados los lugares en donde se puede acceder a la web.

La incertidumbre sobre una salida a la crisis es total. Nada se sabe sobre cuáles serán los próximos pasos ni si Mubarak cederá al reclamo de que se aleje del poder. Pero el caos que vivió El Cairo el viernes pasado, cuando la policía dejó de patrullar y los saqueos comenzaron a asomarse, sumió a la capital egipcia en la parálisis. A los retenes militares se suman los de los grupos de autodefensa que forman los vecinos en los barrios. Un trayecto cuando rige el toque de queda puede durar horas aunque sea entre dos puntos distantes de pocos kilómetros.

A esto se suma el desabastecimiento que sufre la población.

Con los saqueos, la mayoría de los negocios cerraron por temor. Las autoridades pidieron ayer que se volvieran a abrir. Los que lo hicieron, pocos de ellos, fueron tomados por asalto por la población en busca de suministros por temor a que la situación se prolongue por tiempo indefinido. Además, conseguir combustible es cada vez más difícil y los precios no van a tardar en aumentar. Los bancos no abrieron sus puertas y los cajeros automáticos entregan sus últimos billetes, complicando a los egipcios cobrar sus sueldos y a los extranjeros moverse con moneda local.

Anoche, algunos miles de manifestantes iniciaban una tensa espera en la plaza Tahrir para la manifestación de hoy, mientras que en los barrios los grupos de autodefensa custodiaban los accesos armados con palos. En el barrio el Dokki, no muy lejos de la plaza, se escucharon unos disparos, algunas corridas y gritos.