... si la idea de miles de millones de barriles de reservas comprobadas de petróleo y miles de millones de toneladas de oro llena sus sueños con visiones de un flujo de dinero al rojo vivo y vodka helado, entonces Boris Yeltsin podría encontrar algún trabajo para usted. - Paul Hofheinz, Revista Fortune, 23 de septiembre de 19911
Este artículo es un extracto del Capítulo 3 de mi libro Grand Deception: the Truth about Bill Browder, Magnitsky Act and Anti-Russian Sanctions ("El gran engaño: La verdad sobre Bill Browder, la Ley Magnitsky y las sanciones contra Rusia"). La primera parte de esta serie de artículos está aquí. La segunda parte aquí.
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© Viktor Korotayev/Reuters
Un vendedor ambulante alimenta a un perro callejero en un mercado ilegal de comida en las afueras de Moscú, enero de 1997.
La terapia de choque le dio a Rusia una de las peores y más largas depresiones económicas del siglo XX, una catástrofe humanitaria sin precedentes durante una crisis en tiempos de paz y una privatización criminalmente injusta de los bienes públicos. Las razones por las que las cosas sucedieron de esta manera en Rusia generalmente no se entienden bien en Occidente. Incluso entre los intelectuales mejor informados de Occidente, el fracaso de la transición de la terapia de choque rusa se malinterpreta en gran medida y a menudo se atribuye a algún defecto siniestro de la sociedad rusa. Es lo que Bill Browder caracterizó como "la sucia deshonestidad de Rusia", o "los cimientos malvados de Rusia", que engendró corrupción y criminalidad de asombrosas proporciones. En este ambiente tóxico, los dulces frutos de la democracia occidental y el capitalismo simplemente no pudieron crecer a pesar de la generosa benevolencia de los amigos occidentales de Rusia.

Esta versión tan crédula de los acontecimientos no se basó nunca en un análisis coherente de lo que ocurrió en Rusia durante los años noventa. Más bien, se basó en la manipulación intencionada de la percepción a través de los medios de comunicación occidentales. Ya en abril de 2015, el Washington Post ofreció un buen ejemplo de esta manipulación de la percepción. En un artículo del consejo editorial, el periódico informó a sus lectores que en la década de 1990, "miles de estadounidenses fueron a Rusia con la esperanza de ayudar a su pueblo a alcanzar una vida mejor. El esfuerzo estadounidense y occidental de los últimos 25 años -al que Estados Unidos y Europa dedicaron miles de millones de dólares- tenía como objetivo ayudar a Rusia a superar el horrible legado del comunismo soviético, que dejó al país de rodillas en 1991. ... Los estadounidenses", escriben los editores del Washington Post, "vinieron con muy buenas intenciones... se le extendió una mano generosa a la Rusia postsoviética, ofreciendo lo mejor de los valores y conocimientos occidentales".2

En efecto, el papel occidental en la transición rusa se representa casi invariablemente como una generosa benevolencia. Aunque muchos de los ayudantes occidentales de Rusia llegaron con intenciones sinceras y honorables, todo el proyecto, según lo determinado por su estructura de mando y control, fue simplemente una enorme organización criminal y descarada.

Los dictados de la política del FMI

Cuando Jeffrey Sachs redactó sus recomendaciones sobre la terapia de choque, estimó que para que las reformas tuvieran éxito, la Unión Soviética necesitaría un apoyo financiero de unos 15.000 millones de dólares al año durante muchos años. Este dinero era necesario para que el Estado continuara administrando los servicios sociales esenciales como las pensiones, la asistencia sanitaria y la ayuda alimentaria para la población del país. Pero mientras el FMI y el gobierno de Estados Unidos insistían en que Moscú cumpliera con las draconianas medidas de terapia de choque, se negaron obstinadamente a proporcionar la ayuda financiera necesaria. Sachs también abogó por el alivio de la deuda de la URSS que, antes de su colapso en 1991, ya tenía un adeudo de 60.000 millones de dólares en pagos a acreedores extranjeros.

Cuando asesoró a los gobiernos boliviano (1985-1986) y polaco (1989-1991) en la implementación de sus propias terapias de choque, Sachs pudo negociar una amortización del 50% de la deuda para Polonia y del 90% para Bolivia. En contraste, Rusia no obtendría ningún tipo de alivio de la deuda. Por el contrario, en la cumbre del G7 celebrada en Moscú en noviembre de 1991, los representantes de las siete principales potencias occidentales insistieron en que la Unión Soviética tenía que seguir pagando sus deudas externas a toda costa, incluso amenazando a Yegor Gaidar con que "cualquier suspensión de los pagos de la deuda daría lugar a la suspensión inmediata de la ayuda alimentaria urgente y a que los barcos que estuvieran a punto de llegar a los puertos del Mar Negro cambiaran de rumbo".3 El esfuerzo de Moscú por cumplir con estas obligaciones de pago agotó por completo el tesoro del gobierno en un plazo de tan sólo tres meses (para febrero de 1992).

Sachs informó más tarde que en diciembre de 1991 mantuvo conversaciones con el FMI instando a sus representantes a adelantar el apoyo financiero necesario para la transición de Rusia, pero ellos insistieron en que Rusia no necesitaba tal ayuda y le dijeron que habían dado instrucciones al G7 al respecto. Para Sachs, la metodología en la que el FMI había basado su decisión era "increíblemente primitiva", lo que le llevó a asumir que el FMI estaba simplemente "repitiendo las decisiones políticas ya decididas por Estados Unidos". Tenía razón, por supuesto: como ahora sabemos, la política de ayuda de EE.UU. a Rusia fue determinada por dos agencias clave del gobierno de EE.UU.: el Departamento del Tesoro dirigido por Robert Rubin y Lawrence Summers a cargo de los asuntos rusos, y el Consejo de Seguridad Nacional.4

Es cierto que el FMI adelantó algunos préstamos a Rusia durante su período de transición, pero los montos en cuestión eran demasiado pequeños y llegaban demasiado tarde como para brindar un alivio económico o social significativo. En total, entre 1993 y 1999 el FMI prestó a Rusia entre 30.000 y 40.000 millones de dólares, muy lejos de los 15.000 millones de dólares anuales que se consideraban necesarios para apoyar sus reformas económicas. Además, la mayor parte de los préstamos del FMI se concedieron a los bancos privados de propiedad oligárquica que los utilizaron para financiar la fuga de capitales, la especulación en el mercado de bonos y las apuestas contra el rublo.5

Existieron otros aspectos problemáticos en los préstamos del FMI: en 1995, sin casi ninguna condición, el FMI adelantó a Rusia un préstamo de 6.700 millones de dólares a través de su Mecanismo de Transformación Sistemática. Prácticamente la totalidad de esa suma de 6.700 millones de dólares se utilizó para financiar el ataque militar de Yeltsin contra Chechenia.6 Esa operación fue un desastre, pero a nivel nacional sirvió para distraer la atención del público de los problemas económicos y la corrupción política. El siguiente préstamo del FMI a Rusia fue una misión poco discreta para rescatar a Yeltsin y a su gobierno de la democracia rusa. Concretamente, la desgracia chechena le costó mucho a Yeltsin en las elecciones parlamentarias de diciembre de 1995 y su partido sufrió una derrota devastadora ante los comunistas.

El propio presidente se había vuelto extremadamente impopular. Con un índice de aprobación que languidecía entre el 4% y el 6%7, Yeltsin realmente corría el riesgo de perder las elecciones presidenciales de junio de 1996, lo cual, una vez más, amenazaba con revertir la transición de Rusia y anular la privatización de su economía. Para evitar esto, el gabinete de Yeltsin contrató a un equipo de estrategas políticos estadounidenses vinculados a la administración Clinton para que asesoraran su campaña electoral. Cuando los estadounidenses empezaron a trabajar en marzo de 1996, una de las primeras cosas de las que se dieron cuenta fue que el pueblo ruso estaba furioso por la falta de pago de los salarios y pensiones estatales durante meses. Washington recibió el mensaje y el FMI tomó medidas: liberó rápidamente un tramo de 1.000 millones de dólares de su próximo préstamo de 10.200 millones de dólares para que Yeltsin pudiera pagar todos los salarios y pensiones que su gobierno debía. El préstamo sirvió para aliviar la impopularidad de Yeltsin y hacer que las elecciones amañadas parecieran un poco menos sospechosas.

El FMI aprobó su mayor préstamo de 22.600 millones de dólares a Rusia el 20 de julio de 1998, cuando su gobierno en bancarrota se dirigía inexorablemente hacia el incumplimiento de pagos. El préstamo sirvió para dos propósitos clave: una gran parte del mismo fue un regalo a los oligarcas que se sirvieron de los fondos para convertir su tesoro de rublos en dólares. En cuatro semanas compraron 6.500 millones de dólares y transfirieron la mayor parte de ellos a bancos extranjeros.8 La mayor parte del resto de los préstamos del FMI fue un rescate furtivo para instituciones financieras occidentales que contaban con unos 200.000 millones de dólares en préstamos e inversiones en Rusia. Los bancos temían la posibilidad de un incumplimiento de pagos por parte de Rusia que les dejaría con pérdidas paralizantes. Estos riesgos se agudizaron aún más tras la crisis financiera de 1997 en Asia oriental que asolaría Rusia en 1998.

En un testimonio ante el Congreso de Estados Unidos, el veterano inversionista Jim Rogers caracterizó la asistencia del FMI a Rusia de la siguiente manera: "Las actividades de la organización están emperifolladas en una prosa santurrona sobre la ayuda a los pobres y la elevación del nivel de vida en el tercer mundo. No se dejen engañar. Estos rescates en realidad tienen que ver con la protección de los intereses de Chase Manhattan, J.P. Morgan y Fidelity Investments".9

Además de cargar a Rusia con una deuda improductiva, el FMI también diseñó la hiperinflación y la crisis de liquidez de Rusia. Después de eliminar el control de precios, el FMI obligó a Rusia a mantener el rublo como moneda común para todos los estados sucesores de la Unión Soviética, dando a cada uno de los 15 nuevos países el incentivo de emitir créditos en rublo para su propio beneficio, al tiempo que alimentaba la inflación para todos los demás. Sachs informó que él había discutido enérgicamente con el FMI en contra de esta medida, pero "por razones inexplicables", fue constantemente rechazado. El resultado fue que la introducción de las monedas nacionales de las antiguas repúblicas soviéticas se retrasó un año, empujando a Rusia a la hiperinflación y prolongando innecesariamente su depresión económica. Al mismo tiempo, el FMI diseñó la asombrosa crisis de liquidez de Rusia que hizo casi imposible que las empresas pagaran a sus proveedores y trabajadores. Bajo el dictado del FMI, la economía rusa se las arregló con menos de un sexto de la moneda necesaria para operar una economía de su tamaño.

El alcance del control férreo del FMI sobre la economía rusa se ejemplificó en una carta del representante del FMI, Yusuke Horaguchi, al presidente del banco central ruso, Sergei Dubinin. La carta especificaba el calendario preciso del suministro de rublos rusos junto con instrucciones "rigurosamente redactadas" en relación con los créditos bancarios, el presupuesto estatal, la política energética, los niveles de precios, los aranceles comerciales y las políticas agrícolas. La carta de Horaguchi incluso incluía una advertencia de que cualquier acto del parlamento que contravenga los mandatos del FMI sería vetado por el presidente Yeltsin.10

Está claro que la "terapia" de choque fue poco más que un implacable y cruel estrangulamiento de la economía rusa para facilitar el saqueo de su vasta riqueza industrial y de recursos. Sin embargo, la mayoría de los análisis publicados por Occidente sobre este episodio tendían a abordarlo como un fracaso de las buenas intenciones. Si bien lamentan los resultados y ciertas prácticas cuestionables, la mayoría de los analistas básicamente atribuyen el fracaso de la transición rusa a errores honestos, a la corrupción endémica de Rusia y quizás a la inexperiencia de muchos de los protagonistas del drama. En New York Review of Books, Robert Cotrell ofrece un ejemplo típico: "No se puede culpar realmente a los jóvenes movimientos democráticos por este fracaso. Eran inexpertos e inocentes, con un entendimiento vago, en el mejor de los casos, de lo que querían lograr y ninguna comprensión de la forma concreta de lograrlo".11 Goldman Marshall, de Harvard, y el Consejo de Relaciones Exteriores escribieron: "Sin duda, hubo informes inquietantes sobre negocios turbios durante las tomas de poder, pero la mayoría de los observadores los explicaron como efectos secundarios inevitables de una transformación de semejante envergadura".

Naturalmente, Marshall no detalla cómo o dónde encuestó a esta "mayoría de los observadores", pero su mensaje a los lectores es inequívoco: sigan adelante, no hay nada que ver aquí; menos aún presten atención al hecho de que muchos de esos miles de occidentales que vinieron a Rusia "con las mejores intenciones", incluyendo a Bill Browder, Andrei Schleifer y Jonathan Hay,12 regresaron de Rusia como multimillonarios. La reportera financiera Anne Willamson, que cubría Rusia para el New York Times y el Wall Street Journal, comentó acertadamente en su testimonio ante el Congreso que "los estadounidenses, que pensaban que su dinero estaba ayudando a una tierra asolada, han sido deshonrados; y el pueblo ruso que confió en nosotros ahora está dos veces más endeudado de lo que estaba en 1991 y con razón se siente traicionado".

Notas
  1. La cita de la revista Fortune es exacta, pero hay que hacer una corrección: ni Rusia ni el resto del planeta Tierra tienen miles de millones de toneladas de oro. Quizás Hofheinz pensó que millones de onzas no sonaban lo suficientemente tentadoras.
  2. (Hiatt 2015)
  3. (Sachs 2012)
  4. (Wedel 1998)
  5. Como explicó el Dr. Michael Hudson en su testimonio de 1999 ante la Duma rusa, los bancos negociaban contratos de divisas a futuro, intercambiando rublos por dólares en una fecha futura, generalmente tres meses. Como el tipo de cambio del rublo disminuía de forma fiable, los bancos obtuvieron enormes beneficios en estas operaciones. El FMI justificó la financiación de esta práctica como apoyo al rublo, pero en realidad fue un simple regalo a los bancos a expensas del pueblo ruso (Hudson 1999).
  6. (Sailer 2014)
  7. Cuando Yeltsin le traspasó la presidencia a Vladimir Putin, su popularidad se había reducido a apenas un 2%, ¡lo que lo convirtió en el líder más impopular de la historia de la humanidad!
  8. (Browder, Red Notice 2015)
  9. Del testimonio de Jim Rogers ante el Congreso de Estados Unidos el 10 de septiembre de 1998 (Lindgren 1999)
  10. (Williamson, Russia's Fiscal Whistleblower 1998)
  11. (Cottrell 2001)
  12. Durante su gestión de la operación de Moscú del HIID [Instituto de Harvard para el Desarrollo Internacional, por sus siglas en inglés -NdT], Andrei Schleifer y Jonathan Hay aprovecharon su posición y sus relaciones para hacer inversiones personales en Rusia. Una investigación del FBI y del Departamento de Justicia de Estados Unidos encontró evidencia de fraude y lavado de dinero por parte de consultores de Harvard. En 2004, Schleifer fue declarado culpable de fraude y aceptó pagar una multa de 31 millones de dólares para resolver el caso. La Universidad de Harvard no sólo se empeñó en defender a Schleifer durante los ocho años de investigaciones y juicios, sino que pagó la mayor parte de la multa de Schleifer y lo mantuvo en la facultad de la universidad.
Sobre el autor

Alex Krainer es un gestor de fondos de cobertura y autor. Su libro, vetado por Amazon en septiembre de 2017, ya está disponible en formato pdf, kindle y epub en el siguiente enlace "Grand Deception: Truth About Bill Browder, the Magnitsky Act and Anti-Russian Sanctions" ("El gran engaño: La verdad sobre Bill Browder, la Ley Magnitsky y las sanciones contra Rusia"). La versión en tapa blanda ya está disponible aquí. Alex también escribió un libro sobre el comercio de materias primas.
Publicado originalmente en el blog de Krainer, The Naked Hedgie.