Ciudadades devastadas y poblaciones desaparecidas a causa de los desastres se alejan cada vez más de la ciencia ficción.

© Julie Denesha, AFP
Las recientes catástrofes naturales en Japón y Estados Unidos empiezan a generar más conciencia sobre la preparación que existe para afrontar las situaciones que pueden cambiarle la vida en segundos a comunidades enteras
Golpeando con fuerza las ventanas y pegando sus bocas ensangrentadas contra los cristales, más de 150 zombis miraron hacia el interior del edificio del Gobierno municipal de la ciudad de Leicester, al este del Reino Unido.

El sol todavía iluminaba las calles ese 18 de junio de 2011. Con los ojos muy abiertos, la ropa enrojecida por la sangre y la piel desgarrada y grisácea, pálidos muertos vivientes arrastraron sus pies por las céntricas vías de la localidad británica, atacando buses y cafeterías en un solo gemido.

Pero al contrario de una apocalíptica invasión hollywoodense, esta terminó en risas, abrazos y una cerveza compartida entre amigos en los pubs cercanos al ayuntamiento de la población.

El susto no fue más que eso pues no eran zombis reales, sino un grupo de ciudadanos disfrazados que quiso conocer qué tan preparadas estaban las autoridades para enfrentar un ataque de esa magnitud.

Este caso, aunque anecdótico y con escasas probabilidades de hacerse realidad, puso de manifiesto el temor creciente a la llegada del fin de la civilización.

Un sentimiento alimentado por recientes noticias sobre programas armamentísticos nucleares en Irán, desastres naturales con olas de 40 metros de altura en Japón, vientos de 300 kilómetros por hora en E.U. y bacterias mortales en Europa, sin contar la inversión de millones de dólares en producciones cinematográficas que apelan al miedo atávico del ser humano a desaparecer de la tierra.

El hecho de que en distintas potencias mundiales estos fenómenos hayan desbordado las previsiones de los planes de emergencia y los sistemas de alarma, generó dudas acerca de la preparación de las naciones para enfrentar tragedias a escala masiva.

José Musse, fundador de la revista y sitio web Desastres.org, afirma que aunque las potencias están mejor preparadas que los países emergentes, el problema es que la planificación se elabora bajo premisas de lo que puede ocurrir.

"Si el evento resulta más grave de lo supuesto, los planes quedan cortos, como se ha demostrado en los distintos desastres de este año", asegura Musse.

Sin embargo, Jorge Ignacio Vallejo, representante de Colombia ante la Agencia Internacional de Energía Atómica, señala que en la actualidad hay esfuerzos importantes de prevención que incluyen pruebas de infraestructura a edificios generadores de riesgo, y planes de contingencia que involucran componentes económicos, de salud, seguridad y de carácter ambiental.

No hay un equipo mundial

Los expertos reconocen que la eficiencia de estas respuestas está siendo replanteada tras los recientes golpes propinados por la naturaleza.

Musse explica que organismos como Naciones Unidas no cuentan con una fuerza especializada en responder a una gran tragedia mundial, y que ni siquiera existen contingencias efectivas para el fenómeno de emigración hacia otros países que generan los eventos catastróficos.

"Los damnificados dependen de la buena voluntad de cada país, y la ayuda que reciben la define la importancia de una nación en el ámbito global. Solo Rusia y Estados Unidos han demostrado su poder para movilizar fuerzas y ayuda humanitaria a cualquier punto del planeta, en menos de 24 horas", dice el experto en desastres de gran magnitud.

La última petición de los entendidos en el tema de los desastres y los planes de contingencia es la difusión del Sistema de Comando de Incidencias, un método que, según ellos, permitiría integrar organismos locales y ayuda externa.

El factor cultural es otro de los elementos que los proyectos deberían tener en cuenta a la hora de elaborarse.

Las imágenes transmitidas por televisión durante el temblor del 11 de marzo en Japón mostraron a un pueblo con la madurez y el conocimiento para enfrentar un desastre.

Pero ¿cuál sería la reacción de los pueblos suramericanos en una situación apocalíptica? ¿Hasta qué punto se cumplirían los planes de emergencia? ¿Serían efectivos los simulacros y las campañas que ya le han costado a la ciudad y al país varios miles de millones de pesos?

Vallejo da su respuesta: "No hay una conciencia por parte de las personas ni un compromiso de que esas medidas son para obedecerlas y seguirlas. Creo que si nos tocara vivir una catástrofe masiva, presenciaríamos un enorme caos", ya no con aquellos muertos simulados de Leicester, en Gran Bretaña, sino con víctimas y miedos de verdad.