Una serie de experimentos en ratones hembra demostraron que un grupo ratonas vírgenes producía oxitocina al observar y aprender de madres experimentadas cómo cuidar a las crías, revelando así uno de los mecanismos neuronales subyacentes que intervienen en el desarrollo de la alopaternidad.
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© MONICAH MWANGI
Dos amigas pasan tiempo con la hija recién nacida de una de ellas en la aldea de Lindi, Nairobi, Kenia, 11 de noviembre de 2020.
Durante décadas, científicos han coincidido en que el cuidado de los hijos es un comportamiento parcialmente innato o que puede ser inducido tras el apareamiento; asimismo, diversos estudios han mostrado que entre los primates, incluidos los humanos, los padres no biológicos pueden aprender a hacerse cargo de las crías. Sin embargo, la cuestión de si otras especies pueden aprender la alopaternidad a partir de la observación, y los posibles mecanismos neuronales subyacentes, han sido poco estudiados.

En este contexto, un grupo de científicos afiliados a diversas universidades estadounidenses y japonesas ha descubierto que las interacciones sociales entre ratones hembra con camada y hembras vírgenes podrían despertar el instinto maternal de las segundas, incluso antes de que den a luz a su propia descendencia. Esto, gracias a la producción de una hormona que reconfigura bioquímicamente su cerebro, preparándolas para ser madres, de acuerdo a la Universidad de Rutgers.

Durante las investigaciones, los académicos descubrieron que, instintivamente, las hembras con crías recién nacidas interactuaban con las vírgenes para mostrarles y, hasta cierto punto, entrenarlas en las 'artes' de la maternidad, preparándolas así para el momento en el que tuvieran su propia camada. Como resultado de esta interacción, en 24 horas las hembras vírgenes comenzaron a imitar a las mayores y a reunir a las crías en el nido, incluso si la madre no estaba allí. Del mismo modo, las ratonas que solo observaron 'la lección' a través de un vidrio transparente fueron capaces de replicar este comportamiento, aunque les tomó más tiempo lograrlo.

Como parte de las pruebas, los investigadores midieron la actividad eléctrica del cerebro de las ratonas vírgenes mientras aprendían de la experimentada madre, así como una vez que tuvieron sus propias crías. Estas mediciones mostraron que el cerebro de las hembras jóvenes, específicamente el núcleo paraventricular hipotalámico, producía oxitocina (una hormona conocida por regular comportamientos sociales, sentimentales, patrones sexuales y la conducta parental) al ver y escuchar el chillido de las crías, tanto ajenas como propias.

Del mismo modo, los científicos notaron que aquellas hembras a las que les fueron bloqueadas algunas de las vías nerviosas visuales, auditivas o productoras de oxitocina del hipotálamo, no aprendieron a cuidar de las crías, demostrando la importancia de la hormona para aprender a ser madre a través de la experiencia y la observación.

"[Nuestro estudio] redefine el papel de la oxitocina en la función cerebral, ampliando su impacto para incluir actividades formidables y complejas de redes sociales que obligan al cerebro a prestar atención y adaptarse a su entorno en ese momento, ya sea reaccionando al sonido de los llantos de un cachorro o a los sentimientos de felicidad", señaló Robert Froemke, coautor de la investigación.

Asimismo, el científico apuntó que los resultados de su investigación, publicados recientemente en Nature, añaden evidencia científica a los beneficios observados de las clases de crianza en humanos.