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Macetas de 'Artemisia tridentata', una especie capaz de distinguir entre lo propio y lo ajeno.
Como en los animales, el comportamiento de los vegetales hacia sus semejantes varía según su parentesco genético.

Cleve Backster antepuso a su ciencia el prefijo pseudo el 2 de febrero de 1966, cuando descubrió, dijo, que las plantas poseen una suerte de conciencia extrasensorial. Esta capacidad, aseguraba Backster, las induce a reaccionar eléctricamente a las emociones de los humanos con los que han sintonizado, incluso encontrándose persona y vegetal separados por cientos de kilómetros.

Desde su Escuela de Detección de Mentiras en California, el hombre que instauró el polígrafo en la CIA aún defiende la existencia de una percepción primaria en todas las células vivas que las hace estremecerse ante el sufrimiento de otras, lo que se manifiesta en galopantes saltos de aguja en el detector conectado a la planta cuando el experimentador maltrata a un yogur, vierte agua hirviendo sobre las inocentes bacterias del desagüe, o tan sólo acaricia la mera idea de dañar a otros seres.

Aunque Backster es para la ciencia un personaje marginal y de escaso crédito, sus ideas encontraron acomodo y aplauso en la cultura New Age, donde se molturan las religiones y filosofías orientales con la teoría de Gaia -una visión de la Tierra como un gran organismo vivo- y el ecologismo más desaforado y misantrópico. A este sabroso paté de misticismo y postmodernidad Backster se adhería entusiasta en una entrevista para el mensual estadounidense The Sun, donde repetía uno de los mantras favoritos de tales movimientos:
"El planeta tendrá la última palabra sobre el daño que los humanos le están infligiendo [...] No creo que exagere al llevar la hipótesis un paso más allá para atribuir tal estrategia defensiva a una especie de inteligencia planetaria".
Tribulaciones de un arbusto

La ciencia no deja resquicios: las plantas no sienten. ¿Caso cerrado? Quizá no por completo. Aunque la conciencia vegeto-espiritual de Backster no tiene cabida en la discusión, estudios serios han revelado que las plantas no son un simple mobiliario natural insensible y entregado por completo a su entorno, sino que, por así decirlo, también tienen su corazoncito fisiológico.

Primero, no sólo se procuran sus propios mecanismos de protección contra sus archienemigos, los herbívorosla nicotina de la planta del tabaco es un ejemplo de veneno defensivo, sino que son capaces de desplegarlos en respuesta a las mordeduras.

El investigador en fisiología vegetal del Centro Nacional de Biotecnología, Roberto Solano, identificaba el pasado abril en Nature Chemical Biology la forma activa del jasmonato, la "hormona del peligro" que en algunas plantas actúa como sirena de aviso de ataque. Pero según Solano, "es sorprendente lo poco que aún se sabe de los mecanismos de percepción de señales en las plantas".

Segundo, las plantas interactúan en su propia sociedad silenciosa. Las raíces de un vegetal compiten con las de otro y no con las propias. Ciertas especies, al ser atacadas, emiten señales químicas volátiles que propagan la alerta a sus congéneres para que estos preparen una defensa preventiva.

No cabe duda de que las plantas son más conscientes de su entorno de lo que nadie hubiese creído cuando Backster publicó su teoría. Sin embargo, el siguiente nivel en esta sociología vegetal aún está por superar: reconocer a la familia frente a los extraños, algo que ocurre en animales y que se traduce evolutivamente en la selección de parentesco, concepto que el biólogo J. B. S. Haldane resumió con agudeza: "Daría la vida por dos hermanos u ocho primos".

Ahora, un estudio en Ecology Letters afirma precisamente esto. Según Richard Karban y Kaori Shiojiri, de las universidades de California (EEUU) y Kioto (Japón), respectivamente, "es la primera demostración del reconocimiento propio y ajeno de las plantas en comunicación y defensa".

Los científicos prueban que la alarma volátil de una mata de artemisa agredida protege mejor a sus propios clones que a otros congéneres no emparentados, lo que sin duda pide una explicación genética. Para Karban y Shiojiri, es el "primer paso hacia el posible reconocimiento y selección de parentesco".

Karban reconoce que "es controvertido", pero sostiene que "las plantas son capaces de comportamientos más sofisticados de lo que imaginábamos".