La sociedad nunca ha sido tan vieja y, a la vez, tan adolescente. El mundo jamás ha tenido más años a sus espaldas, los humanos nunca han sido tan longevos, pero Occidente se ha rebelado ante las canas y quiere verse como un eterno jovenzuelo.
María Castelló Solbes
© María Castelló Solbes
Hace años que los sociólogos y los antropólogos vieron el pampaneo y decidieron darle un nombre. Es la infantilización de Occidente, dijeron. Es la era del culto a la juventud, la veneración de la inmadurez, la exaltación de lo aniñado. Son los valores que disparan como metralla las industrias del entretenimiento, los medios de comunicación, las campañas de marketing y publicidad. Y han convencido a la población en masa hasta convertirla en una sociedad adolescente de adultos que juegan a las maquinitas, ríen los memes y leen los artículos de tetas y culos que inundan internet.

La cultura que valoraba la experiencia y la sabiduría de los adultos languidece y, sobre su agonía, se alza una cultura que desprecia a los que entran en la madurez. Vejestorios, los llaman; viejunos, vejetes, viejales. Ha ocurrido en apenas unas décadas, rápido, y casi sin darnos cuenta, como el que se cae de culo por un tobogán. «El escritor Stefan Zweig decía que, a principios del XX, los jóvenes que querían tener éxito en la vida intentaban aparentar más edad. Usaban gafas aunque no las necesitaran o caminaban un poco encorvados para parecer mayores», relató el economista Juan M. Blanco, en el escenario de TEDxVitoriaGasteiz.

Estos valores del pasado aún se pueden ver en una palabra perdida en el olvido: lechuguino, el «muchacho imberbe que se mete a galantear aparentando ser hombre hecho». El término ya no se oye porque hoy no hace falta aparentar experiencia y sabiduría para ligar. Al contrario. «Es llamativo que antes los jóvenes intentaban parecerse a los adultos y ahora los adultos intentan parecerse a los jóvenes. Las personas maduras imitan la conducta de los jóvenes hasta edades muy avanzadas», indica Blanco.

-¿Cuándo apareció esta cultura infantilizada?

-Los estadounidenses que estudian este tema lo sitúan en los años 50. La hipótesis que plantean es que los soldados que volvieron de la II Guerra Mundial empezaron a mimar a sus hijos mucho más que se hacía antes. No querían que las nuevas generaciones pasaran por las experiencias traumáticas que ellos vivieron y los educaron con todo tipo de caprichos. Además, en los años 50 aparece, por primera vez, una cultura juvenil: música para jóvenes, moda para jóvenes...

Es la época de Elvis Presley y de los Beatles: rock y pop para hordas de veinteañeros y para el nuevo fenómeno fan que llenaba los estadios de chavalas que gritan y se desmayan. Es el momento en que cientos de empresas pusieron a los jóvenes en su punto de mira y, al fabricar productos específicos para ellos, crearon también un discurso, un imaginario y una cultura que hizo de la juventud un valor único y estelar.

Esta aspiración a la eterna juventud es un filón para la industria de la belleza. La obsesión por ponerse pelo, quitarse arrugas, ponerse tetas, quitarse lorzas es muy rentable para las compañías y muy caro para los bolsillos. Pero una población flaca y con piel estirada no causa grietas graves en una sociedad. Lo que puede llegar a ser un «problema» es adoptar comportamientos infantiles y juveniles durante toda la vida.

«En la sociedad, las características de los jóvenes empiezan a dominar sobre las de los adultos», indica el profesor universitario. Y esto cambia muchas cosas; cambia la sociedad entera de un modo radical. «La impulsividad empieza a dominar sobre la reflexión. Se nos llena la boca hablando de derechos, pero ¿quién habla de deberes? Los deberes son cargas, son obligaciones que el adulto tiene que asumir, y eso nos lleva muchas veces al pataleo».

La cultura del pensamiento va mutando hacia una cultura de la satisfacción inmediata. «La cultura se va convirtiendo en entretenimiento», señala. Y esto cala en la política, que cada día se vuelve más simple. Todo ha de ser fácil, rápido de digerir. Tan limitado a consignas y estampas sencillas que acaba convirtiéndose en algo dogmático; algo que, en sintonía con la visión adolescente del mundo, no exige a los líderes políticos reflexión y complejidad. Hoy se busca al atractivo, al resultón, al que escribe tuits ingeniosos, al que da bien en pantalla, al que tiene una imagen que «conecta con un electorado envejecido pero muy rejuvenecido en mentalidad». Y esto desemboca en líderes fuertes, populismos y autoritarismos.

Ocurre igual en los medios de comunicación. «Incluso la prensa más seria promociona el cotilleo más obsceno, el chascarrillo, el escándalo, esas noticias que hacen las delicias del público con mentalidad adolescente», escribe Blanco en su artículo 'La imparable infantilización de Occidente', en la revista Disidentia.com. «Resulta preocupante la fuerte deriva de la prensa hacia el puro entretenimiento, la mera diversión, en detrimento de la información y los análisis rigurosos. La preponderancia de ubres y glúteos sobre la opinión razonada». El caca, culo, pedo, pis que tanto hace reír a los niños.

En esta infantilización de la sociedad aflora algo propio de la inmadurez: el miedo. Hoy, en el mundo más seguro que ha visto la historia, los occidentales viven aterrados. «¡Tenemos miedo de todo!», expresa, con énfasis, el economista. Miedo al móvil (¡Cuidado! ¡Cáncer de wifi!), miedo a la comida (¡Alejen de mí ese azúcar blanco y quemen esas grasas trans!), miedo al otro (al que pasea sin rumbo porque podría ser un ratero; al que se sienta en el parque porque podría ser pederasta). Y entre tanto pavor emerge una «sociedad del pánico», una «colectividad asustadiza», ultraconservadora, que no ve en el cambio más que amenazas y peligros en vez de nuevas oportunidades.


Comentario: Preocuparse por el wifi, el azúcar o las grasas trans, no es un problema, es sentido común. El problema con el miedo viene ante los miedos irracionales... el miedo al esfuerzo, al sacrificio, a perder, miedo a las opiniones diferentes, a tener que valerte por ti mismo... miedo al homófobo, al machista o al racista, cuando viven en la sociedad con menos homofobia, racismo y machismo de la historia. Ése es el problema.


En manos de los 'expertos'

Un niño no puede valerse por sí mismo. Tampoco una sociedad infantilizada y, entonces, busca quien le cuide y le proteja. Necesita expertos, terapeutas, guías que le ayuden a manejar una vida que se le hace demasiado grande. Porque ahora sus ciudadanos se sienten pequeños, débiles, vulnerables.

«Antes, cuando un niño no estudiaba, decían: "es un vago" o "no vale para estudiar". Ahora dicen: "tiene déficit de atención", "tiene dislexia", "tiene un trastorno del espectro autista". A menudo traspasamos la responsabilidad. Ya no es del niño. Es de una enfermedad. Y los adultos también lo hacemos: "No puedo. Tengo ansiedad"», explica Blanco.

Después de varios años investigando el asunto, el economista está convencido de que esta cultura terapéutica transmite la idea de que los sujetos son muy vulnerables. «No somos capaces de gestionar lo que nuestros antepasados llevaban de una forma normal». Hoy cualquier cosa crea un trauma, todo tiene que ser tratado por un especialista y muchas personas ya no son capaces de gestionar su propia vida. Lo que la cultura popular diagnostica como ahogarse en un vaso de agua.

Esta idea de que solo los especialistas pueden resolver los problemas supone un cambio de papeles respecto al pasado. Antes los padres y los abuelos hacían de consejeros. Fueron la voz de la experiencia y la sabiduría hasta que surgió la sociedad Peter Pan. Ya no son referentes de nadie. Ya no valen sus conversaciones de mesa de camilla. Los han sustituido los psicólogos, los terapeutas, los consultores, los coachs, en citas de despacho y a tantos euros la hora. Y esta cultura terapéutica nos quita muchas responsabilidades de encima. Buscamos excusas por todas partes para no asumir cargas: «Yo soy así porque mis padres me educaron mal», ironiza.

Esta visión infantil de la vida da la vuelta a muchas más cosas. Hoy venden la idea de que la autoestima es necesaria para el éxito; la venden en cientos de cursos y manuales que intentan inflar la autoestima porque sí, sin ningún motivo que la sostenga, sin hacer nada para ganársela más allá de leer unos libritos de autoayuda en el sofá. «Esto es un error. No es la autoestima la que produce el éxito. Es el éxito el que provoca la autoestima. Antes no se trabajaba la autoestima. Era una consecuencia del trabajo bien hecho, del esfuerzo, del mérito».

Y la autoestima que surge de la nada, sin trabajo ni sudor, lleva al narcisismo. El egoísmo y la falta de empatía que a menudo se percibe en los niños se extiende hasta las edades más adultas. «Cada vez hay más personas que se sienten especiales, que se creen superiores a los demás», dice Blanco. «El narcisista se rodea de quien le adula, no de quien le critica, y no suele asumir su propia responsabilidad. La traspasa a otros».

-¿Cómo influye esta vida dependiente de los dispositivos digitales en la infantilización de Occidente?

-La tecnología hace que todo cambie mucho más rápido. Ahora lo importante es saber lo último. Sobrevaloramos lo más reciente y despreciamos la experiencia (antes decían «Cuando seas padre comerás huevos»). Es como si lo más novedoso siempre fuese mejor, como si el que conoce lo último tuviera ventajas sobre los demás. Está muy bien informarte de lo nuevo, pero lo hemos llevado a la exageración.

Qué se puede hacer ante tanto Peter Pan, se preguntan los estudiosos. «Tener más iniciativa, asumir la responsabilidad individual y ser más autónomo», apunta Blanco. «Debemos ser conscientes de que la autoestima no hay que buscarla. Viene después del trabajo bien hecho. Y debemos saber que las experiencias negativas no tienen por qué crear traumas irreversibles. Hay que aprovecharlas para aprender y hay que lidiar con ellas. En eso consiste madurar». O como dice la sabiduría centenaria, lo que no te mata te hace más fuerte.