
Pero además de estos dos inquietantes elementos, los expertos en meteorología han añadido un tercer factor de riesgo que podría tener implicaciones globales. A mediados de enero de este año el Taal entró en erupción arrojando miles de toneladas de ceniza en una columna que alcanzó los catorce kilómetros de altura y que cubrió de polvo las poblaciones cercanas afectando a más de medio millón de personas. En febrero volvió a lanzar una nueva ráfaga de gases, polvo y ceniza agravando la situación y los expertos consideran que si estas erupciones se mantienen o agravan, pueden ser un desencadenante directo de las condiciones del fenómeno el Niño para el año que viene.
Hace unos días, un equipo internacional de investigadores, pertenecientes a Universidades y centros de China, Estados Unidos y Suecia, han publicado un inquietante artículo que será la portada del próximo número de la Revista Advances in Atmospheric Sciences, una de las más importantes en este campo. Los expertos advierten que, aunque hasta ahora las diferentes erupciones del Taal han sido moderadas, si continúa expulsando gases y ceniza o si aumenta sus emisiones en erupciones más violentas, las consecuencias podrían afectar de manera global.
Entre esas toneladas de material expulsado de cenizas finas y polvo, también se emite una gran cantidad de dióxido de azufre que bloquea la radiación solar entrante, reduciendo así el calor en la superficie de la Tierra que a su vez produce el calentamiento atmosférico. Como resultado, durante un año después de erupciones especialmente violentas, las temperaturas pueden ser más frías de lo normal en gran parte del planeta. La paradoja es que, tras ese enfriamiento inicial, y conforme las temperaturas de la superficie se recuperan, pude haber un calentamiento mayor en el primer invierno posterior a la erupción en el Hemisferio Norte.




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