Un día después del sangriento doble atentado que mató a, por lo menos, 92 personas y se transformó en el acto de mayor violencia desde la Segunda Guerra Mundial en Escandinavia, los noruegos no salían ayer de su estupor por la masacre, calificada por el premier Jens Stoltenberg como un ataque a la "sociedad abierta" que caracteriza al tradicionalmente pacífico país.

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El desconsuelo de los sobrevivientes de la masacre, que se alojaron ayer en un hotel de Oslo
Un noruego de 32 años, identificado como Anders Behring Breivik, de extrema derecha, confesó su culpabilidad ayer por los ataques que comenzaron anteayer a las 15.26 (hora local) con el estallido de un coche bomba frente a la sede del gobierno en Oslo, que dejó siete muertos.

La violencia continuó, menos de dos horas después, en la isla Utoya, al noroeste de la capital, cuando Breivik, disfrazado de policía, abrió fuego en un campamento juvenil del gobernante Partido Laborista y mató a, por lo menos, 85 personas.

Geir Lippestad, abogado de Breivik, dijo que el militante radical admitió que los atentados habían sido "atroces pero necesarios". La masacre de Utoya fue la mayor matanza a manos de un solo atacante con arma de fuego en la historia del mundo.

Los 4,8 millones de habitantes de Noruega nunca imaginaron que semejantes ataques golpearían a su país. Algunos leían ayer los diarios en silencio con expresión de terror en sus rostros y otros observaban la escena poco común de ver soldados armados custodiando los edificios y las calles de Oslo.

La gente se preguntaba cómo es que un solo hombre pudo hacer estallar una bomba que destruyó el edificio principal del gobierno en Oslo y luego matar a tiros a 85 jóvenes, y se cuestionaba si el país volvería a ser el mismo otra vez.

"Es absurdo. No puedo creerlo. Noruega es el lugar más seguro y pacífico en el mundo, ¿o era?", dijo Beate Karlsen, de 39 años, de pie en un puesto de la policía cuando trataba de echar un vistazo a las bombardeadas oficinas del gobierno en Oslo. "Quizá Noruega ya no es tan inocente y segura como pensábamos", añadió.

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Rescatistas atienden a los heridos
"Es incomprensible lo que es capaz de hacer el hombre", comentaba Bernard Böhmer, dueño del café Eger, situado muy cerca del lugar del atentado en el barrio gubernamental, donde estalló el coche bomba.

También abatido por el dolor, el premier Stoltenberg dijo que era muy pronto para decir cómo cambiarán los ataques a Noruega. "Nuestra marca de fábrica es una sociedad abierta, una sociedad segura donde se puede participar del debate político sin sufrir ninguna amenaza. Esto es lo que está bajo ataque hoy. Es esto lo que está amenazado y debemos reaccionar para que no sea así", expresó el funcionario.

El mandatario se desplazó ayer a la mañana a la isla Utoya para reunirse con los sobrevivientes de la masacre, al igual que el rey Harald, la reina Sonia y su hijo, Haakon.

Mientras tanto, la policía seguía buscando más víctimas y el ejército patrullaba por el centro de Oslo. Soldados con armas automáticas estaban estacionados fuera de los edificios clave en el centro de la ciudad y varias calles fueron acordonadas.

Según admitió ayer la policía, la cifra general de víctimas fatales podría llegar a los 98 si algunas personas que están desaparecidas resultan estar muertas.

Los agentes buscaban ayer a varias personas en la isla Utoya y registraban los escombros dejados por el estallido del coche bomba frente a la sede del gobierno noruego en Oslo, que causó destrozos en 150 metros a la redonda. Testigos dijeron que Breivik avanzó anteayer a través de la boscosa Utoya, disparando al azar durante una hora y media, mientras los jóvenes -unos 550- huían aterrorizados.


"Vi gente saltando al agua, alrededor de 50 personas nadaban hacia la orilla. La gente estaba llorando, temblando, estaban aterrorizados", dijo Anita Len, de 42 años, que vive junto al lago Tyrifjord, a unos cientos de metros de Utoya. "Eran tan jóvenes, entre los 14 y los 19 años", declaró.

Un equipo especial de la policía finalmente llegó a la isla, a 30 kilómetros de Oslo, y capturó a Breivik tras casi 90 minutos de disparos, dijo el jefe de la policía Sveinung Sponheim. "Todavía no sabemos si actuó solo", dijo Sponheim, y añadió que Breivik se había rendido inmediatamente y que había confesado.

El agresor, alto y rubio, era dueño de una granja orgánica llamada Breivik Geofarm, que según una compañía proveedora habría usado su firma para adquirir fertilizante y posiblemente fabricar la bomba. "Son productos que se entregaron el 4 de mayo -dijo Oddny Estenstad, vocero de la cadena de suministros agrícolas Felleskjoepet Agri-. Fueron seis toneladas de fertilizante, una cantidad pequeña y normal para un productor agrícola estándar."