Traducido por el equipo de SOTT.net

Un elogio fúnebre con motivo del 250.º aniversario del Día de la Independencia para una nación a la que el Imperio ha dejado atrás y descartado.
Statue Liberty
© Knightly Knews
Estados Unidos nunca fue el Imperio.

Las Montañas Rocosas nunca fueron el Imperio. Las Cataratas del Niágara nunca fueron el Imperio. Los Everglades nunca fueron el Imperio. Los sinuosos ríos Misisipi, Misuri y Ohio nunca fueron el Imperio. Los Grandes Lagos nunca fueron el Imperio.

El Imperio nunca fue Los Ángeles ni Nueva York. Ni Alaska, Texas o Hawái.

El Imperio nunca fue la Declaración de Independencia, la bandera de barras y estrellas ni la Constitución.

Ninguna de las aproximadamente 340 millones de personas (que llevan una vida normal y solo quieren seguir adelante y ser felices, como todo el mundo) fue jamás el Imperio.

Estados Unidos nunca fue el problema.

Y el problema nunca fue Estados Unidos.

Raytheon nunca fue Estados Unidos. Tampoco lo fueron Pfizer, Boeing, Lockheed Martin ni Halliburton.

El Pentágono nunca fue Estados Unidos. Tampoco lo fueron los monstruos de tres letras que son la CIA, la NSA o el DHS.

Los políticos (que rompieron sus juramentos a la Constitución casi tan pronto como los prestaron) nunca fueron Estados Unidos. Los grupos de presión y los especuladores que les pagaban nunca fueron Estados Unidos.

La Reserva Federal nunca fue Estados Unidos; Wall Street nunca fue Estados Unidos. Los gigantescos colosos corporativos que poseen la mitad del mundo y enredan las economías con dinero ficticio nunca fueron Estados Unidos.

Y ninguno de ellos pagará el precio por lo que han hecho en nombre de Estados Unidos.

Estados Unidos nunca fue el Imperio, solo fue el lugar donde el Imperio vivió durante un tiempo.

Tuvo otros hogares antes, y tendrá otros en el futuro. Un cangrejo ermitaño que muda de caparazón a medida que crece.

La nación de los Estados Unidos (sea cual sea la definición que se le dé al concepto de nación) fue tan víctima como cualquiera de nosotros.

Si una «nación» es una cuestión de geografía, entonces a los Estados Unidos se le saquearon sus recursos, se le envenenó el agua y se le contaminó el cielo tanto como a cualquier otro lugar del mundo.

Si una «nación» es un conjunto de leyes, entonces a Estados Unidos le han destrozado, masticado y escupido su Constitución.

Si una «nación» es un conjunto de tradiciones compartidas, entonces Estados Unidos no solo ha visto cómo sus tres tradiciones fundamentales (la oportunidad, la libertad y la democracia) eran masacradas, sino que ha presenciado cómo sus cadáveres mutilados eran exhibidos en un macabro espectáculo de marionetas década tras década.

Y, por último, si una nación se define por su pueblo, pues bien, el pueblo de Estados Unidos fue masacrado en guerras corporativas, enfermado por alimentos tóxicos, envenenado con medicamentos peligrosos, empobrecido por montañas de deuda, encerrado en prisiones privadas, adoctrinado por la educación pública y sometido a un lavado de cerebro por unos medios de comunicación cómplices.

Crimen y violencia, drogas y depresión, ignorancia y desesperanza.

Puede que Estados Unidos fuera el nombre que utilizaron, puede que Estados Unidos fuera la bandera que enarbolaron, pero a ninguno de los conquistadores imperiales le importan realmente ni el nombre ni la bandera, y ninguno de sus botines llegó jamás a filtrarse lo suficiente como para hacer de Estados Unidos un país rico en oro, en espíritu o en seguridad.

Hoy se celebra el 250.º aniversario de los Estados Unidos. Puede que no llegue a los doscientos sesenta.

Si, como parece inevitable, en los próximos años Estados Unidos se hunde hasta convertirse en un Estado cuasifallido, con el odio y la división desbordándose hasta desembocar en la secesión y la guerra civil, habrá muchos en todo el mundo que encenderán fuegos artificiales y cantarán victoria.

Para algunos será como un 4 de julio a escala global, un día de la independencia mundial. Algunos verán en ello un equilibrio kármico; otros compartirán risas amargas con víctimas heridas que se han convertido en monstruos en su ansia de venganza.

Muchos aplaudirán. Muchos vitorearán.

Yo no seré uno de ellos.

En cambio, lloraré la pérdida de un país fundado por hombres brillantes con ideas maravillosas. Una nación que podría haber sido grande, pero no lo fue.

Nos dirán que el villano ha sido derrotado, que el enemigo ya no existe. Quizás la historia termine por segunda vez. Los corchos de champán saltarán y amanecerá una «nueva era de ilustración globalista», relegando las «ideas peligrosas» de libertad, individualismo y oportunidad al basurero de la historia.

Las fiestas se prolongarán hasta bien entrada la noche.

Y, mientras el sol sale sobre los destrozados restos de Estados Unidos, que se azota a sí mismo en su agonía, nada habrá cambiado salvo la máscara que los verdaderos gobernantes del mundo decidan llevar.