Traducido por el equipo de SOTT.net
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Me da vergüenza admitirlo, pero estuve a punto de dejar los estudios de posgrado. Varias veces.

Me resulta vergonzoso porque superé uno de los programas de formación con mayor índice de fracaso del ejército estadounidense. Mi nombre sigue figurando en la pared del edificio del Centro de Entrenamiento Naval de Buceo y Salvamento. Sin embargo, la psicología de orientación me llevó, en más de una ocasión, a mirar de reojo la proverbial campana a punto de sonar.

No era por lo académico. Eso era fácil. Tampoco era por la carga de trabajo. En todo caso, soy el tipo de persona capaz de pasar medio día escribiendo un ensayo que sólo requeriría media hora si quisiera hacer lo mínimo imprescindible. No, lo que casi me alejó de la profesión fue lo que llegué a llamar «fatiga de la visión del mundo».

La transición de los programas especiales militares a la psicoterapia fue más que un simple choque cultural. No se parecía tanto a un cambio de vocación como a emigrar a un planeta completamente diferente. Pasé de uno de los entornos profesionales con mayor predominio masculino de Estados Unidos a uno de los que más predominan las mujeres.

Los supuestos eran diferentes. Los valores eran diferentes. El lenguaje era diferente. Incluso la concepción de lo que constituye el bienestar psicológico me resultaba extraña. Yo venía de un mundo en el que la competencia era lo más importante y la formidable capacidad no era tanto una virtud como un requisito previo para todo lo demás. En la escuela de posgrado, sin embargo, eran la expresión emocional y la vulnerabilidad las que ocupaban el primer lugar.

Tanto la expresión emocional como la vulnerabilidad tienen su lugar. Los problemas comienzan cuando se convierten en el único lenguaje que sabe hablar una institución que da forma a la cultura. Para cuando supe que aproximadamente tres cuartas partes de los profesionales de la salud mental estadounidenses son mujeres, ya no me sorprendió. Lo que me sorprendió fue lo poco que parecía interesar a la gente debatir si ese hecho podía tener importancia.

Los académicos actuales se apresuran a señalar que las instituciones están moldeadas por las personas que las integran: que la demografía influye en la cultura, que las experiencias moldean las prioridades y que los diferentes grupos aportan diferentes fortalezas y puntos ciegos. En los últimos años se han construido enteras burocracias académicas y corporativas en torno a esa premisa. Sin embargo, cuando se trata de la psicoterapia en sí misma, muchos parecen reacios a preguntarse si una profesión compuesta en un setenta y cinco por ciento por mujeres podría desarrollar sus propios puntos ciegos.

Para que quede claro, no creo que todas las profesiones tengan que reflejar la composición demográfica de la población en general. No me molesta que la enfermería esté dominada por mujeres. Tampoco me molesta que la ingeniería siga siendo abrumadoramente masculina. Mientras se coloquen correctamente las vías intravenosas y los puentes no se derrumben, en general me parece bien que la gente elija sus profesiones según sus intereses y aptitudes. La preocupación surge cuando una institución no se limita a desempeñar una función técnica, sino que también da forma a la cultura en general.

Dado lo «psicologizada» que se ha vuelto la cultura occidental en los últimos años, la psicoterapia hace mucho más que tratar las enfermedades mentales. Influye en cómo concebimos las relaciones, la crianza de los hijos, la resiliencia, el trauma, la masculinidad, la feminidad, la salud emocional e incluso lo que constituye un comportamiento humano normal. El lenguaje que surge de este campo se abre paso tanto en las escuelas como en las empresas, los organismos gubernamentales, los medios de comunicación y los salones de los hogares. Los terapeutas no se limitan a responder a la cultura. Cada vez más, ayudan a crearla.

Si existen diferencias psicológicas significativas entre hombres y mujeres — y las hay — , sería sorprendente que esas diferencias influyeran en todas las instituciones importantes, excepto en la encargada de definir la propia salud psicológica.

La cuestión no es si las mujeres son capaces de ser grandes terapeutas. Lo son. La cuestión es si una profesión en la que predominan abrumadoramente las mujeres podría, con el tiempo, empezar a confundir algunas preferencias típicas de las mujeres con verdades psicológicas universales.

Los hombres y las mujeres no son idénticos. Por término medio, los hombres suelen sentirse más cómodos con la competencia, se inclinan más por el estoicismo y son menos propensos a procesar la angustia mediante la expresión emocional. Las mujeres, por término medio, suelen obtener puntuaciones más altas en empatía, amabilidad e interés por las personas. Ninguno de estos dos conjuntos de tendencias es intrínsecamente superior. Ambos tienen puntos fuertes. Ambos tienen puntos débiles.

Pero si una profesión llega a estar dominada por un grupo, no debería sorprendernos que las preferencias de ese grupo se conviertan gradualmente en los supuestos de la profesión. Esa posibilidad merece una atención especial cuando se habla de la salud mental de los hombres. Cada mes de junio se nos recuerda que los hombres son menos propensos a buscar tratamiento, más propensos a morir por suicidio y más propensos a sufrir en silencio. Se nos dice que los hombres necesitan terapia. Lo que oímos con mucha menos frecuencia es que la terapia quizá necesite más hombres.

Esto no es un argumento en contra de las mujeres en la psicoterapia. Conozco a muchas clínicas, profesoras, supervisoras y colegas excepcionales que son mujeres. Es simplemente otro reconocimiento de que las profesiones están moldeadas por las personas que las integran — y de que no se debe dar por sentado que la psicoterapia está exenta de esa realidad.

Hace poco estuve hablando con el Dr. John Barry, del Centro de Psicología Masculina del Reino Unido. Hablamos de muchas cosas, entre ellas la creciente necesidad de contar con un equivalente en Estados Unidos. En un momento dado, la conversación derivó hacia el hecho de que quizá nunca me habría dedicado a esta profesión si el Departamento de Asuntos de Veteranos (VA) no hubiera financiado mis estudios tras mi baja médica del ejército. A él le pareció interesante y a la vez familiar que los estudios de posgrado me hubieran resultado difíciles de formas que nunca hubiera imaginado. Si hubiera tenido que hacer frente a los gastos de matrícula, en lugar de que me pagaran por estudiar, sospecho que habría abandonado.

John hizo una breve pausa y luego compartió una reflexión que se me ha quedado grabada desde entonces.

Si hubiera más tipos como yo — veteranos y personal de primeros auxilios, trabajadores cualificados y exdeportistas, hombres que habían pasado años en entornos donde la competencia, la responsabilidad, la fortaleza y la resiliencia no eran meras virtudes, sino necesidades — interesados en la naturaleza humana y con la suerte de poder cursar la formación necesaria gracias a una financiación, tal vez llegarían más de los que ninguno de los dos imaginábamos.

Quizá, para aquellos que llevan años intentando devolver el equilibrio al sector, se vislumbrara algo parecido a una caballería en el horizonte. Nunca he montado a caballo y no tengo la más mínima idea de cómo tocar una corneta. Pero sí sé cómo encadenar unas cuantas palabras coherentes de vez en cuando. Considérenlo mi intento de dar la llamada.

Quizá la psicoterapia no necesite menos mujeres. Pero sin duda necesita más hombres con carácter masculino.

C.B. Huckabee
C.B. Huckabee es redactor jefe de la revista ManPsych. También escribe para County Highway, Man's World Magazine y otras publicaciones. Veterano. Padre. Marido. Terapeuta especializado en psicoterapia para hombres. Síguelo en X