Traducido por el equipo de SOTT.net

© Sergio Loaiza
Instituto Nacional Geográfico de Costa Rica, 4 de septiembre de 1971
¡Fuera, demonios! Cuando era niño, a mi familia le gustaba mucho ver y reírse de los televangelistas, sobre todo de Ernest Angley, que solía expulsar demonios para nosotros en la tele. Baste decir que los demonios se consideraban un elemento cómico de mi leve educación evangélica, no algo que debiera tomarse en serio. Chevy Chase capturó a la perfección esa locura en
Fletch Lives-The PreacherJ.D. Vance: los extraterrestres son demoniosTucker, tambiénResulta que muchas personas bastante conocidas, y varios comentaristas de
The Unz Review, creen que estos ovnis son demonios. Me gustaría intentar analizar en serio esta posibilidad.
Existe una versión del problema de los FANI [Fenómenos Aéreos No Identificados] que se puede abordar en compañía de gente educada. Se trata de pilotos militares que avistan objetos que superan en prestaciones a la tecnología aeroespacial conocida, sistemas de radar que confirman lo que vieron los pilotos y un gobierno que lleva décadas mintiendo sobre su grado de interés en el tema. Esta versión cuenta con audiencias en el Congreso, testigos acreditados y el respaldo del
New York Times. Es, en el vocabulario del poder establecido de la seguridad nacional, un problema tecnológico: algo desconocido está operando en el espacio aéreo controlado, y la pregunta pertinente es qué es y quién lo construyó. Ser alarmante sin resultar embarazoso es una ventaja considerable. Los senadores pueden abordar el tema. Los contratistas de defensa pueden orientarse hacia él. Los periodistas pueden cubrirlo sin que sus editores los llamen aparte para darles un aviso.
Lo que este análisis no aborda, y tiene razones estructurales para no hacerlo, es el resto del expediente. No se trata del material depurado tras la eliminación de los casos extraños, sino de los propios casos extraños, que constituyen una parte sustancial del conjunto de pruebas y que han sido documentados por investigadores cuyas credenciales no son, en absoluto, inferiores a las de las personas que testificaron ante el Congreso. La literatura sobre abducciones representa por sí sola décadas de investigación sistemática en la que han participado miles de testigos, llevada a cabo por un psiquiatra de Harvard, un historiador profesional y un artista convertido en investigador, quienes entre todos produjeron un corpus de trabajo que cualquier análisis honesto del registro de FANI debe abordar. Las pruebas de mutilación de ganado incluyen testimonios de las fuerzas del orden, análisis veterinarios, investigaciones del FBI y características físicas que siguen sin explicación tras medio siglo de intentos de explicarlas. Los fenómenos en racimo (lugares donde se concentran simultáneamente múltiples tipos de sucesos anómalos y que luego, aparentemente, siguen a los investigadores hasta sus casas) han sido documentados por científicos con títulos avanzados que no comenzaron sus carreras esperando escribir esos informes. Ninguno de estos materiales encaja cómodamente en la categoría de problemas tecnológicos. Todo ello se traslada discretamente a otra estantería.
Los investigadores tecnológicos dejan de lado los casos más extraños porque hacen que su argumento principal resulte más difícil de tomar en serio. Los investigadores del ámbito de los asuntos secretos los dejan de lado porque hacen que sus fuentes parezcan poco fiables. Los testigos ante el Congreso los dejan de lado porque así se lo indicaron sus abogados. Cada una de estas decisiones es racional, dada la estructura de incentivos pertinente, y el efecto acumulativo es un debate público sobre los FANI del que se ha eliminado sistemáticamente la mayor parte de las pruebas antes incluso de que el debate comience. Lo que queda es lo suficientemente impresionante. Lo que se ha eliminado es lo importante.
La literatura teológica y metafísica seria que aborda directamente la naturaleza y el comportamiento del fenómeno, en lugar de sus sistemas de propulsión, no ha dejado de lado el material extraño. Ha organizado todo su marco analítico en torno a él. Esto no se debe a que los teólogos y los filósofos tradicionalistas sean menos rigurosos que los analistas de defensa. Es porque se planteaban una pregunta diferente desde el principio, y la pregunta que se planteaban resulta encajar considerablemente mejor con los datos. Esa es una conclusión incómoda para quienes han dedicado su carrera al problema tecnológico. No obstante, es la conclusión que respaldan las pruebas, o como mínimo la conclusión que merece ser puesta a prueba en lugar de descartarse sin más.
Antes de analizarlo, conviene comprender por qué este fenómeno se resiste con tanta obstinación a las explicaciones más claras. Para ello, la figura clave es Jacques Vallée.
El astrónomo e informático Jacques Vallée era exactamente el tipo de persona que los defensores de la Hipótesis Extraterrestre (ETH, por sus siglas en inglés) deberían haber querido tener de su lado. Trabajando junto a J. Allen Hynek en la Universidad Northwestern en la década de 1960, aplicó un riguroso análisis de datos al registro de avistamientos, no como un entusiasta, sino como un científico que observó que la distribución de los informes a lo largo del tiempo y el espacio seguía patrones que justificaban un estudio sistemático. No se quedó de su lado.
La ruptura no se debió al escepticismo, sino a un exceso de atención a los datos. Cuanto más examinaba Vallée los registros, menos se parecían a lo que debería ser un programa de visitas extraterrestres. Para empezar, las cifras no cuadraban. En su obra de 1969,
Pasaporte a Magonia, calculó que la frecuencia de encuentros cercanos notificada, si se tomaba al pie de la letra, implicaba un volumen de naves y aterrizajes de un orden de magnitud muy superior al que requeriría cualquier expedición interestelar plausible. Una civilización avanzada que cruzara años luz de espacio para estudiar a la humanidad no necesitaría realizar cientos de miles de sobrevuelos a baja altitud sobre la Francia rural. Necesitaría realizar muchos menos. La ETH, concluyó Vallée, no explicaba los datos. Estos la estaban derrotando.
Lo que Vallée descubrió al remontarse más atrás en el tiempo resultó más inquietante que el problema numérico. El fenómeno no había comenzado en 1947 con el avistamiento de Kenneth Arnold sobre las Cascadas. No había comenzado con los foo fighters de la Segunda Guerra Mundial, ni con las misteriosas aeronaves de la década de 1890, ni con ningún otro hito moderno. Los informes de avistamientos consistentes (naves estructuradas, entidades no humanas, tiempo perdido, efectos físicos en los testigos y en el terreno circundante) se sucedían de forma continua a lo largo de los registros históricos, desde que existen documentos. Los relatos medievales de abducciones por parte de hadas coincidían con la estructura de los informes modernos de abducciones con una precisión difícil de atribuir a la coincidencia.
Las entidades cambiaban de atuendo a lo largo de los siglos, presentándose sucesivamente como ángeles, demonios, hadas y hombrecitos grises, siempre adaptándose a las expectativas culturales de los testigos que se encontraban con ellas. Lo que fuera que estuviera generando estas experiencias llevaba haciéndolo desde hacía mucho tiempo y prestaba mucha atención a lo que los seres humanos esperaban ver.
Esto le llevó a lo que denominó
la hipótesis del sistema de control: la tesis de que el fenómeno no funciona simplemente como una serie de visitas, sino como un mecanismo que actúa sobre las creencias, la percepción y el desarrollo social de los seres humanos. Las naves, las entidades y los encuentros son reales. Pero su propósito podría tener menos que ver con el reconocimiento físico y más con el efecto psicológico. El fenómeno introduce información (o la experiencia de la información) en la cultura humana a intervalos y en formas calibradas para producir el máximo impacto en las estructuras de creencias existentes. Desestabiliza en lugar de resolver. Genera testigos que no pueden explicar lo que vieron, investigadores que no pueden explicar lo que encontraron y respuestas institucionales que no pueden explicar por qué mienten. Vallée se negó a especificar si esto constituye una gestión inteligente del desarrollo humano por parte de una agencia externa, o algo aún más extraño.
El elemento embaucador de su marco teórico es la parte que a la investigación convencional sobre los FANI le ha resultado más difícil de asimilar. Vallée documentó de forma sistemática lo que cualquier estudio honesto de la literatura sobre encuentros cercanos confirma: el fenómeno es implacable y programáticamente absurdo. Las entidades realizan tareas sin sentido. A los testigos se les entregan objetos que posteriormente desaparecen. La comunicación, cuando se produce, es o bien banal o bien deliberadamente enigmática. A Betty Hill, en el caso de abducción más famoso de la literatura, le mostraron lo que parecía ser un mapa estelar mientras estaba a bordo de la nave (lo que plantea la pregunta de para qué necesita una inteligencia capaz de la navegación interestelar lo que, según su relato, parecía un mapa de papel dejado sobre una mesa). Es el tipo de detalle que el bando de la ETH tiende a omitir discretamente de sus resúmenes, porque no hay una buena explicación de la ETH para ello. El marco de Vallée tiene una explicación: lo absurdo es funcional.
El encuentro está diseñado para ser inexplicable, para resistirse a una categorización clara, para dejar al testigo en un estado de permanente perturbación epistemológica. Quienquiera que dirija esta operación aparentemente ha decidido que la confusión es el resultado deseado, lo cual es o bien la firma de una inteligencia no humana con objetivos que no podemos desentrañar,
o bien de algo considerablemente más siniestro con objetivos que podríamos desentrañar si estuviéramos dispuestos a hacerlo.
En lo que Vallée nunca se comprometió del todo fue en la identificación metafísica de la entidad responsable. Él describió el comportamiento, pero se negó a nombrar al autor. Esa tarea recayó en pensadores que trabajaban en una tradición totalmente diferente, una que, por cierto, llevaba describiendo este perfil de comportamiento concreto desde mucho antes de la era moderna de los FANI.
La literatura moderna sobre abducciones extraterrestres comienza, más o menos, con una sesión de hipnosis celebrada en 1961. Barney y Betty Hill, una pareja interracial de New Hampshire (él, empleado de correos y dirigente de la NAACP; ella, trabajadora social) relataron haber sufrido pérdidas de memoria y recuerdos fragmentados tras un viaje en coche a altas horas de la noche durante el cual observaron una nave inusual a corta distancia. Sus posteriores sesiones de hipnosis regresiva, dirigidas por el psiquiatra de Boston Benjamin Simon, dieron lugar a relatos detallados y que se corroboraban mutuamente sobre cómo fueron llevados a bordo de una nave y sometidos a un examen físico por parte de entidades no humanas. El propio Simon no llegó a la conclusión de que la experiencia fuera literalmente real (creía que el relato representaba material psicológico compartido), pero tampoco encontró pruebas de una invención deliberada, y la coherencia entre las sesiones de Barney y Betty, realizadas de forma independiente, era difícil de descartar. El caso se convirtió en el modelo a seguir. Casi todo lo que siguió en la literatura sobre abducciones repitió su estructura básica: el encuentro, el tiempo perdido, los recuerdos recuperados, el examen físico, las entidades que se comunicaban sin hablar y examinaban con aparente distanciamiento clínico. Y, por supuesto, el mapa estelar sobre la mesa.
Budd Hopkins carecía de formación psiquiátrica y no pertenecía a ninguna institución académica. Era un pintor expresionista abstracto de Nueva York que, a mediados de la década de 1970, comenzó a escuchar a personas que habían vivido experiencias anómalas que no podían explicar, y que poseía el instinto investigador necesario para reconocer cuándo se estaba perfilando un patrón entre testigos sin relación entre sí. Su libro de 1981,
Tiempo perdido, estableció la fenomenología central que definiría el campo durante las dos décadas siguientes: la parálisis, la mesa de exploración, la toma de muestras biológicas, el aparente programa de reproducción, el regreso sin recuerdo consciente de lo ocurrido. Pagó un precio personal por este trabajo que las personas que lo desestimaron no pagaron.
Cuanto más tiempo trabajaba David Jacobs con personas abducidas, más sombrías se volvían sus conclusiones. Este historiador de la Universidad de Temple comenzó a realizar sesiones de hipnosis regresiva en la década de 1980 y dedicó las dos décadas siguientes a llevar a cabo investigaciones que le llevaron progresivamente a una conclusión que resultaba incómoda tanto para sus colegas de la comunidad de los FANI como para el departamento de Historia de la universidad. Su libro de 1992,
Vida secreta, describía
un programa sistemático de intervención biológica y genética que abarcaba varias generaciones de familias humanas. Para cuando publicó
La amenaza en 1998, había llegado a la conclusión de que el programa era contrario a la autonomía humana: que los abducidos con los que trabajaba eran participantes seleccionados en algo a lo que no habían accedido a unirse y de lo que no podían escapar. De los tres investigadores principales, él era el menos susceptible a las proyecciones divinas descritas anteriormente. Analizó los mismos datos que Hopkins y Mack y
concluyó que la respuesta emocional adecuada no era el asombro, sino la alarma.
La Universidad de Harvard convocó un comité especial del cuerpo docente (una medida sin precedentes en la historia de la institución) para investigar si un catedrático titular de psiquiatría debía ser objeto de medidas disciplinarias por tomarse en serio el testimonio de personas que afirmaban haber sido abducidas. El profesor era John Mack, ganador del Premio Pulitzer por su biografía de T. E. Lawrence, quien se había iniciado en el tema en 1990 gracias a Budd Hopkins. El proceso se resolvió finalmente a su favor, aunque no sin antes dejar claro a todos los demás académicos que observaban el caso el coste profesional que conlleva este tipo de investigación. El libro de Mack de 1994,
Abducción, abordó los testimonios de los testigos con total rigor clínico y llegó a conclusiones que no satisfacían a ninguno de los bandos. Las experiencias eran reales como experiencias (no alucinaciones, ni confabulaciones, ni mentes sugestionables guiadas por preguntas capciosas ). En cuanto a qué eran reales, ontológicamente, se negó a especificarlo con la seguridad que exigían sus críticos. Consideró que los testigos eran creíbles y que los marcos explicativos existentes eran inadecuados, y se detuvo ahí, más lejos de lo que había llegado casi cualquier académico acreditado, y ni de lejos tan lejos como las personas que querían la confirmación de sus conclusiones previas.
El libro que llevó el rostro de un extraterrestre gris a la portada de un éxito de ventas no fue escrito por un investigador.
Comunión, publicado en 1987, fue escrito por Whitley Strieber (un novelista de terror cuyos trabajos anteriores incluían los libros en los que se basaron las películas Wolfen y El ansia) como un relato de sus propias experiencias, que comenzaron con una intrusión en su cabaña en el norte del estado de Nueva York la noche del 26 de diciembre de 1985, que describió en términos que no sugerían ni un contacto extraterrestre directo ni un colapso psicológico directo, sino algo que participaba de ambos de forma inquietante. El libro vendió millones de ejemplares, dio lugar a una película e hizo que Strieber se convirtiera en una figura famosa y controvertida simultáneamente, lo que le ha llevado a pasar las cuatro décadas siguientes sorteando la situación con diversos grados de éxito. Lo que distinguía su relato de la literatura sobre abducciones propiamente dicha no era su contenido (la parálisis, las entidades, el examen, la sensación de una larga relación previa con aquello que fuera responsable) sino su registro literario y fenomenológico. Strieber no se presentó como una víctima, ni como un contactado, ni como un mensajero elegido. Se presentó como un hombre que se había topado con algo que había desmoronado sus categorías de experiencia existentes y no le había proporcionado categorías sustitutivas. Su obra posterior se adentró en un terreno que Hopkins y Jacobs no seguirían: los visitantes como agentes de transformación que operan en la frontera entre la muerte y la consciencia; los encuentros como algo que no podía reducirse ni a lo físico ni a lo psicológico sin perder lo esencial de ellos. Si esto representa una auténtica percepción fenomenológica o el elaborado mecanismo de defensa de un hombre profundamente traumatizado es una cuestión que la literatura no ha resuelto. Posiblemente sea ambas cosas.
Antes de continuar, conviene abordar directamente el valor probatorio de la hipnosis regresiva, ya que una parte significativa de la literatura sobre abducciones depende de ella y su validez científica es, por decirlo suavemente, controvertida. La Asociación Médica de Estados Unidos concluyó en 1985 que los recuerdos recuperados mediante hipnosis no son fiables como prueba. La Asociación Americana de Psicología ha mantenido posturas similares durante décadas. El problema subyacente no es que la hipnosis genere inventos, sino que la hipnosis genera inventos que se presentan con seguridad. La memoria es reconstructiva más que reproductiva, y el estado hipnótico aumenta la sugestionabilidad del sujeto al tiempo que aumenta su certeza sobre lo que está recordando. Un hipnotizador experto que formula preguntas capciosas, incluso de forma inconsciente, incluso con total integridad de intención, puede moldear el contenido de lo que el sujeto relata sin que ninguna de las partes sea consciente de que se está produciendo ese moldeado. Esta no es una postura marginal. Es el consenso clínico, y se aplica directamente a la metodología sobre la que Hopkins, Jacobs y, en menor medida, Mack construyeron sus programas de investigación.
El problema se volvió imposible de ignorar en el caso de Jacobs, cuyas sesiones con una participante conocida públicamente como Emma Woods fueron grabadas por la propia participante y posteriormente difundidas. Las grabaciones revelaron un patrón de sugestión y dirección difícil de defender desde el punto de vista metodológico: un investigador que había llegado a conclusiones firmes sobre la naturaleza y el propósito del programa de abducciones llevaba a cabo sesiones con los participantes de una manera que parecía conducir hacia esas conclusiones en lugar de alejarse de ellas. Esto no convirtió a Jacobs en un fraude. Lo convirtió en un investigador cuyos compromisos teóricos habían comprometido su técnica de formas que, al parecer, él no reconocía, lo cual, en algunos aspectos, es peor, porque significa que el problema es invisible desde dentro. Cuánto de lo que sus sujetos relataron bajo hipnosis reflejaba una experiencia anómala genuina y cuánto reflejaba las propias expectativas del investigador refractadas a través de un sujeto sugestionable es una pregunta que ahora no puede responderse. Se trata de un grave problema probatorio y debe reconocerse como tal.
Sin embargo, esto no resuelve la cuestión en el sentido que prefieren los escépticos. La crítica basada en los recuerdos falsos explica el material hipnótico. No explica, en cambio, el material prehipnótico: los recuerdos anómalos conscientes, las pruebas físicas relatadas por los testigos antes de que se produjera cualquier hipnosis, el testimonio corroborativo de testigos que nunca habían tenido contacto con la literatura sobre abducciones y que fueron hipnotizados por investigadores con diferentes marcos teóricos en distintos países, y que ofrecieron relatos con las mismas características estructurales. No da cuenta del caso Hill, en el que Benjamin Simon (un psiquiatra sin interés en la ETH ni compromiso previo con la realidad de las abducciones) consideró que la corroboración mutua entre las sesiones realizadas de forma independiente por Barney y Betty era difícil de explicar como una confabulación. La crítica da en el blanco. Da en el blanco en parte del expediente. El resto del expediente permanece donde estaba.
Lo que los tres investigadores y el único testigo comparten, a pesar de sus considerables diferencias metodológicas y de temperamento, es un registro probatorio con el que la comunidad FANI mayoritaria nunca se ha enfrentado seriamente ni ha refutado en serio. Los relatos son demasiado numerosos, demasiado consistentes entre testigos no relacionados entre sí y demasiado resistentes a las explicaciones desacreditadoras habituales como para descartarlos por motivos probatorios. En cambio, se descartan por motivos de incomodidad, lo cual es algo completamente diferente y merece la pena señalarlo como tal.
Las mutilaciones de ganado ocupan un lugar incómodo en el historial de los FANI, ya que se encuentran entre las anomalías mejor documentadas de toda la bibliografía y, precisamente, esa buena documentación hace que resulten más difíciles de descartar, en lugar de más fáciles. Un suceso extraño mal documentado puede atribuirse a la falta de documentación. Un suceso documentado por agentes de las fuerzas del orden, veterinarios, investigadores del FBI y ganaderos en miles de casos a lo largo de cinco décadas, con características físicas consistentes que nunca se han explicado satisfactoriamente, requiere un tipo diferente de descarte: uno que diga, en efecto, que todas estas personas se equivocan en lo que observaron, sin especificar en qué se equivocaron ni cómo.
Las características físicas son lo suficientemente consistentes como para constituir una firma. Se encuentran animales muertos a los que les han extirpado órganos específicos (lengua, ojos, orejas, órganos reproductores, recto) mediante incisiones que los veterinarios han descrito repetidamente como de precisión quirúrgica, con bordes que, en algunos casos, parecen haber sido cauterizados. No hay sangre en el lugar de los hechos, lo cual no se corresponde con la forma en que mueren los animales en circunstancias normales ni con la forma en que se alimentan los depredadores. No hay huellas (ni de depredadores, ni de personas, ni de neumáticos) en terrenos donde cabría esperarlas. Las propias huellas de los animales, en los casos en que la nieve o el suelo blando las conservan, a veces simplemente se interrumpen, como si el animal hubiera sido levantado verticalmente desde el último lugar donde se encontraba. Con frecuencia se informa de un olor químico característico en el lugar de los hechos. Los perros, indicadores fiables de la presencia de depredadores en circunstancias normales, no se acercan a los cadáveres. El FBI, que investigó el fenómeno a petición de tres fiscales generales estatales a finales de la década de 1970, elaboró un informe en 1980 en el que concluía que la mayoría de los casos eran el resultado de la depredación natural, sin especificar qué depredador natural extrae órganos con aparente precisión quirúrgica sin dejar sangre, huellas ni olor químico. Los ganaderos que habían solicitado la investigación no quedaron impresionados. No se equivocaban al no quedar impresionados.
La distribución geográfica es en sí misma un dato relevante. Chuck Zukowski, un antiguo ayudante del sheriff en la reserva de Colorado, dedicó años a cartografiar los casos de mutilación denunciados e identificó una concentración a lo largo del paralelo 37: una franja de latitud que atraviesa el oeste de Estados Unidos y que también se corresponde con una concentración de instalaciones militares, puntos calientes de avistamientos de FANI y lo que, siendo generosos, podría denominarse una densidad inusual de sucesos anómalos. Ben Mezrich documentó el trabajo de Zukowski en The 37th Parallel (Pararelo 37), señalando que, mientras Zukowski llevaba a cabo su investigación en la década de 1990, descubrió que otro equipo bien dotado de recursos estaba trabajando discretamente en los mismos casos. Eran empleados de Robert Bigelow. La Administración Federal de Aviación (FAA) había dado instrucciones, sin hacer público el hecho, a los pilotos civiles para que informaran de los avistamientos de FANI no a la FAA, sino a la organización de Bigelow. Este es el tipo de detalle que tiende a perderse en la narrativa general, pero que merece atención. Al parecer, el gobierno federal estaba subcontratando su investigación de fenómenos anómalos a un multimillonario hotelero de Las Vegas. Los casos de mutilación de ganado eran lo suficientemente graves como para justificar ese acuerdo. Al parecer, no eran lo suficientemente graves como para justificar una explicación pública.
Las mutilaciones no se limitan al oeste de Estados Unidos. Se han registrado casos en todo el país, así como en Australia, Sudamérica y Europa, y las mismas características físicas se repiten de forma constante en distintos lugares y a lo largo de décadas. Mick Cook, un ganadero de la remota Queensland (Australia), describió al periodista Ross Coulthart en 2021 que había perdido al menos quince cabezas de ganado a causa de mutilaciones en los últimos años; cada animal fue hallado con los órganos extirpados de la misma manera precisa, sin sangre ni huellas, en una propiedad a la que solo se puede acceder por una única carretera que pasa junto a su granja. Nadie podría haber entrado o salido sin su conocimiento. También había visto luces realizando maniobras inusuales sobre su propiedad por la noche. Sus perros no se acercaban a los cadáveres.
The Skeptical Inquirer, la revista de referencia para quienes encuentran todo esto muy fácil de explicar, publicó un artículo en 1977 en el que describía todo el fenómeno de las mutilaciones como un caso de histeria colectiva leve. Los ganaderos, los veterinarios, los agentes de la ley y los agentes del FBI que habían examinado físicamente a los animales presumiblemente encontraron esta valoración esclarecedora.
Lo que hace que las mutilaciones sean analíticamente significativas, más allá de su extrañeza intrínseca, es el efecto que tienen sobre todos los marcos explicativos disponibles. La hipótesis de la entidad puramente psíquica no explica de forma sencilla el caso de una vaca a la que le han extirpado el recto hasta una profundidad de cuarenta y cinco centímetros mediante algo que no dejó sangre ni huellas. La ETH explica la precisión física, pero plantea la pregunta de por qué una civilización interestelar necesitaría órganos reproductores bovinos en las cantidades que sugieren los registros. La hipótesis del autor humano se derrumba ante las pruebas físicas (la ausencia de huellas, la imposible precisión quirúrgica, el olor químico constante); lo cual es presumiblemente la razón por la que la investigación del FBI terminó donde terminó. Las mutilaciones no encajan. Al parecer, fueron diseñadas para no encajar. El fenómeno, como observó Vallée, es coherente en este sentido.
A finales de la década de 1980 y principios de la de 1990, una familia de granjeros mormones apellidada Sherman comenzó a relatar experiencias en su propiedad, situada en la cuenca de Uintah, al noreste de Utah, que no encajaban en ninguna categoría conocida. Avistamientos FANI, mutilaciones de ganado, la desaparición de animales en circunstancias que descartaban la depredación convencional, perturbaciones de tipo poltergeist, encuentros aparentes con entidades, y, como hilo conductor de todo ello, una sensación omnipresente de que lo que fuera que estuviera ocurriendo era consciente de estar siendo observado y, en cierto modo, actuaba para ser visto. Los Sherman no buscaban publicidad. Según todos los testimonios de quienes los entrevistaron, eran personas creíbles y asustadas. Finalmente vendieron la propiedad y se marcharon. Según relatos posteriores, los fenómenos no se fueron con ellos.
Robert Bigelow compró el rancho en 1996 por doscientos mil dólares y estableció allí una presencia investigadora permanente bajo los auspicios de su Instituto Nacional para la Ciencia del Descubrimiento, conocido como NIDS. El equipo que reunió no era un grupo de aficionados con cámaras de mano, sino que incluía a científicos con doctorado, observadores cualificados e investigadores con formación en física, biología y trabajo de inteligencia. Eric Davis, un físico entonces afiliado a la Universidad de Maryland, se unió al equipo del NIDS y pasó años en la propiedad. Colm Kelleher, un biólogo molecular, coordinó la investigación. Instalaron equipos de vigilancia, mantuvieron una observación continua y documentaron lo que encontraron con el rigor metodológico que exigía su formación. Lo que encontraron desafiaba su formación.
Los sucesos ocurridos en Skinwalker se resistieron al enfoque investigativo habitual de tal manera que ello mismo se convirtió en un dato. Los equipos fallaron de forma selectiva (no al azar, sino en aparente respuesta a la atención de los investigadores). Los fenómenos se producían en el campo de visión periférico de los observadores y cesaban cuando se miraban directamente. Se avistaron y documentaron naves en múltiples ocasiones, pero no dejaron ningún rastro físico que los instrumentos pudieran confirmar. En la propiedad se encontró un animal grande, aparentemente físico (descrito de diversas formas como parecido a un lobo de gran tamaño o a un cuadrúpedo desconocido), al que se disparó a corta distancia con múltiples balas que deberían haber sido letales de inmediato, dejó marcas visibles en el suelo donde se encontraba y, luego, simplemente ya no estaba allí. El equipo del NIDS, lo cual dice mucho a su favor, informó de esto con precisión en lugar de omitirlo. No tenían una explicación. Así lo dijeron.
Lo que distinguía a Skinwalker de otros lugares caracterizados por sucesos muy extraños era la densidad y variedad de los fenómenos, más que cualquier acontecimiento dramático concreto. Los avistamientos FANI y las mutilaciones de ganado están ampliamente documentados y se han registrado por separado en cientos de lugares, cada uno con su propia bibliografía de investigación. Los fenómenos poltergeist tienen una tradición investigadora totalmente independiente. En Skinwalker se produjeron simultáneamente, lo que planteó un problema para todos los marcos teóricos existentes, ya que cada uno se había construido para explicar un tipo de suceso. Ninguno se había concebido para explicar que todos ellos ocurrieran en el mismo terreno, en el mismo rancho y en la misma década. El rancho parecía funcionar como un cúmulo de anomalías: diferentes manifestaciones de un único proceso subyacente o, como mínimo, un lugar donde convergían múltiples procesos distintos de formas que ninguna de las teorías disponibles había previsto.
Entonces, los fenómenos comenzaron a seguir a la gente hasta sus casas. Este fenómeno, documentado por Kelleher y el periodista George Knapp en su relato de 2005
A la caza del Skinwalker, pasó a conocerse en la comunidad investigadora como el efecto autoestopista. Los investigadores que pasaban largas temporadas en la finca empezaron a informar de sucesos anómalos en sus propios hogares: objetos que se movían, luces que se comportaban de forma extraña, la sensación de presencia que describían los testigos del rancho. Los familiares que nunca habían visitado la propiedad relataron experiencias similares. El efecto parecía propagarse a través de las personas en lugar de a través del espacio, lo cual no es una propiedad que se supone que tienen los fenómenos físicos y que encaja considerablemente mejor en la literatura demonológica que en la de ingeniería aeroespacial. Eric Davis, un físico con credenciales serias y sin interés previo en lo paranormal, se encontró en esta situación. No fingió que no hubiera sucedido.
El efecto autoestopista causa más estragos en los marcos explicativos disponibles que casi cualquier otro elemento concreto de los casos de alta extrañeza. Una nave con características de funcionamiento anómalas es un problema tecnológico, por muy exótico que sea. Un animal mutilado es un problema forense, por muy desconcertante que resulte. Un encuentro con una entidad es un problema de percepción, por muy inquietante que sea. Un efecto que se adhiere a un científico cualificado y lo sigue por todo el país para manifestarse en su hogar no es ninguna de estas cosas. No es una tecnología que pueda someterse a ingeniería inversa. No es un fenómeno que pueda contenerse trasladando al investigador. Implica intencionalidad, selectividad y una capacidad para actuar a través de los seres humanos en lugar de simplemente cerca de ellos, propiedades que la literatura demonológica clásica reconocería de inmediato y para las que la ETH no tiene ningún marco en absoluto. Lo que fuera que se adhirió a los investigadores del Skinwalker no tenía ninguna duda sobre lo que estaba haciendo. La pregunta es si nosotros tenemos dudas sobre lo que era.
Pocas figuras de esta literatura han sido objeto de una tergiversación tan sistemática como Jung. Su obra de 1958,
Platillos volantes: un mito moderno de lo que se ve en los cielos, es citada por los escépticos como prueba de que los ovnis son una mera proyección psicológica, e ignorada por los defensores de la ETH como un vergonzoso desvío hacia el misticismo. Él no dijo nada de eso. A sus ochenta años, el psicólogo más influyente del siglo después de Freud, abordó el fenómeno con la misma combinación de precisión clínica y seriedad metafísica que había caracterizado su trabajo sobre la alquimia y el inconsciente colectivo.
Lo que dijo era más interesante y más inquietante que la interpretación preferida por los escépticos. Jung se negó explícitamente a concluir que los objetos no fueran físicamente reales (los ecos del radar y los testimonios de los pilotos sugerían lo contrario). Su interés residía en lo que significaba la imagen del platillo, independientemente de su naturaleza física. Era un mandala (el símbolo circular de la totalidad que aparece en todas las culturas humanas) que llegaba al cielo de la posguerra en el momento preciso en que una civilización había perdido sus símbolos religiosos tradicionales y se enfrentaba a la aniquilación nuclear. Lo psicológico y lo físico no eran, en su marco conceptual, categorías separables. Un fenómeno podía ser real en ambos registros simultáneamente.
Lo que Jung identificó en la fenomenología de los testigos vincula directamente la literatura sobre abducciones con la respuesta religiosa. El encuentro con lo místico produce una combinación característica de terror y fascinación que él denominó «tremendum», documentado por Rudolf Otto en
Lo sagrado, descrito por personas abducidas que reorganizan sus vidas en torno a experiencias que les aterrorizaron, y relatado por místicos de diversas tradiciones en encuentros con lo que ellos llamaban presencia divina o demoníaca. Si el fenómeno produce una experiencia mística genuina o una simulación convincente de ella, y si esa distinción importa, es la cuestión con la que los pensadores tradicionalistas se enfrentaron de forma más directa de lo que Jung estaba dispuesto a hacer.
René Guénon no escribió sobre los platillos volantes. Murió en El Cairo en 1951, el año en que el público estadounidense aún debatía si Kenneth Arnold había visto globos meteorológicos o algo más sobre las Cascadas cuatro años antes, y su obra se había centrado en problemas que él consideraba considerablemente más fundamentales que los fenómenos aéreos anómalos. Matemático francés convertido en metafísico, ampliamente considerado como la figura fundadora de la escuela tradicionalista, Guénon pasó las últimas décadas de su vida en El Cairo y dedicó su carrera intelectual a documentar lo que él creía que era la crisis terminal de la civilización occidental, no como un problema político o económico, sino como uno metafísico. Según su análisis, Occidente había desmantelado sistemáticamente los principios tradicionales que orientan a una civilización hacia la realidad trascendente, y estaba viviendo las consecuencias de ese desmantelamiento en un desorden cada vez mayor. Su obra de 1945,
El reino de la cantidad y los signos de los tiempos, describía el estado final de este proceso con una precisión que las décadas posteriores no han hecho nada por disminuir. La frontera entre el mundo material y lo que él denominaba el reino sutil (el ámbito de las fuerzas psíquicas que subyace e interpenetra el burdo mundo físico) se estaba disolviendo. No porque el reino sutil se estuviera volviendo más accesible al desarrollo espiritual humano, sino porque las estructuras defensivas que las civilizaciones tradicionales habían mantenido contra sus niveles más bajos se estaban derrumbando. Lo que se filtraría, argumentaba, no serían ángeles.
El reino sutil en la cosmología de Guénon no es el dominio espiritual en ningún sentido elevado. Es
la capa psíquica (el reino intermedio entre la materia burda y el espíritu puro) poblada por fuerzas y entidades cuya relación con los seres humanos es instrumental más que benévola. Las civilizaciones tradicionales entendían esto y mantenían estructuras rituales, doctrinales e institucionales que funcionaban en parte como barreras contra el contacto incontrolado con este dominio. El Occidente moderno había desmantelado esas estructuras en nombre del racionalismo y el progreso,
dejando a la población de una civilización tecnológicamente sofisticada sin protección metafísica contra precisamente el tipo de intrusión que documentan los registros de lo altamente extraño. Guénon no necesitaba haber leído ni un solo relato de abducción para haber descrito las condiciones bajo las cuales proliferarían los relatos de abducción. Describió esas condiciones en 1945 y parece haber acertado.
Cracks in the Great Wall (Grietas en la Gran Muralla), publicado en 2004 por el poeta estadounidense y estudioso de Guénon Charles Upton, es, en esencia, la predicción de Guénon aplicada al registro moderno de los FANI. Mientras que Guénon describía las condiciones de la intrusión, Upton identifica la intrusión en sí misma
(los secuestros, el efecto autoestopista, el comportamiento embaucador, el aparente interés por los procesos biológicos humanos) como precisamente lo que producirían las fuerzas infrapsíquicas que se filtran a través de una barrera en disolución. Aporta poco a la arquitectura metafísica de Guénon. Lo que añade es la demostración de que los registros modernos coinciden punto por punto con la predicción.
La tradición patrística ortodoxa cuenta con un término específico para lo que ocurre cuando las entidades demoníacas se presentan ante mentes humanas desprevenidas como seres luminosos, sabios y espiritualmente edificantes:
prelest, que significa engaño espiritual. Seraphim Rose, un hieromonje fallecido en 1982 a los cuarenta y siete años, argumentó en su obra de 1975
Ortodoxia y la religión del futuro que los relatos modernos de encuentros con FANI coincidían con las descripciones patrísticas del
prelest con una precisión que no era casual. Rose había llegado a la ortodoxia a través de la religión comparada y la filosofía oriental; había leído atentamente a Guénon antes de su conversión, y el diagnóstico de Guénon sobre la disolución metafísica de la modernidad siguió siendo fundamental para su forma de interpretar todo lo que vino después. Las entidades en los registros FANI se presentaban como sabias, reivindicaban una importancia cósmica, producían experiencias de profundo significado y transformación en sus testigos, y
no exigían nada de esos testigos en cuanto a desarrollo moral o espiritual. Ese último detalle es, en la tradición ortodoxa, el marcador diagnóstico definitivo del engaño, más que de un contacto espiritual genuino.En un artículo publicado en el semanario milanés
Meridiano d'Italia a principios de la década de 1950, Julius Evola analizó las pruebas sobre los platillos volantes con su rigor característico y llegó a una conclusión que, como era de esperar, resultaba incómoda. Las señales de radar, las características de vuelo, los testimonios de los pilotos militares... Si los objetos eran máquinas, resultaba difícil descartar la hipótesis interplanetaria. Pero nunca se había encontrado ningún platillo. Dado el volumen de avistamientos y las matemáticas elementales de la probabilidad, la ausencia de restos recuperables no se podía explicar suponiendo que todos los accidentes hubieran ocurrido en lugares inaccesibles. Implicaba algo más: que
los objetos poseían lo que él denominaba una invulnerabilidad suprafísica incompatible con cualquier sistema puramente mecánico. Se negó a especificar qué implicaba eso, señalando únicamente que una respuesta definitiva sería posible cuando se tuviera realmente en las manos un platillo o sus restos. Décadas más tarde, alguien afirmaría que se había cruzado ese umbral. Es imposible saber si Evola habría encontrado convincente esa afirmación. El hecho de que identificara el requisito probatorio concreto que exigía cumplir resulta, como mínimo, interesante.
Lo que la escuela tradicionalista ofrece en su conjunto es el marco único más coherente para el perfil de comportamiento del fenómeno de alta extrañeza, más coherente que la ETH, más coherente que la hipótesis de la tecnología clasificada, más coherente que la explicación puramente psicológica. Su poder explicativo es genuino y sustancial. Su limitación es igualmente genuina y debe expresarse con claridad:
el marco no se diseñó para tener en cuenta el material físico. Las entidades del reino sutil de Guénon son de naturaleza psíquica: capaces de producir efectos físicos, pero no, según una interpretación directa del marco, de fabricar naves con ratios isotópicos anómalos que puedan almacenarse en una instalación gubernamental. Upton y Rose son brillantes en lo que respecta a la fenomenología de los encuentros y prácticamente no se pronuncian sobre los materiales biológicos recuperados. Evola identificó el problema del material como el quid de la cuestión y esperó pruebas que no llegó a evaluar. El marco tradicionalista describe, con notable precisión, lo que el fenómeno hace a los seres humanos. No da cuenta plenamente de lo que el fenómeno deja tras de sí. Esa brecha es donde residen las preguntas más difíciles, y es hacia donde debe dirigirse finalmente el argumento.
Diana Walsh Pasulka, una católica practicante cuyos trabajos académicos anteriores se habían centrado en parte en las apariciones marianas, no buscaba una nueva religión cuando comenzó a investigar lo que se convertiría en su libro
American Cosmic (Cósmico estadounidense), publicado en 2019. Era profesora de estudios religiosos en la Universidad de Carolina del Norte en Wilmington y contaba con la formación metodológica necesaria para reconocer las características estructurales de una nueva religión que se estaba gestando en tiempo real. Eso es lo que encontró: no operando en los márgenes crédulos, sino en los más altos niveles del poder establecido estadounidense de la defensa y la tecnología.
El argumento central de
American Cosmic no es que los FANI sean reales o irreales, extraterrestres, demoníacos o psicológicos. Es que
el fenómeno funciona como una fuerza generadora de religión independientemente de su naturaleza última, y que esta función opera en los niveles más altos del poder establecido tecnológico en lugar de, o además de, los márgenes crédulos donde la imaginación popular lo sitúa. Las personas con las que Pasulka se relacionó en el curso de su investigación no eran abducidos rurales ni entusiastas del circuito de convenciones. Eran científicos con habilitaciones de seguridad, figuras de Silicon Valley con acceso a programas clasificados, ingenieros aeroespaciales que hablaban de su trabajo en el registro de los conversos. Les dio seudónimos. Los seudónimos se han disuelto desde entonces.
Tyler D., la figura central de
American Cosmic (cuyo nombre hace referencia a Tyler Durden, de El club de la lucha, lo que da una idea del sentido del humor de Pasulka) es Timothy Taylor, un ingeniero de la NASA que trabajó en casi todos los transbordadores espaciales lanzados hasta la fecha antes de dejarlo para convertirse en un prolífico empresario del sector biotecnológico. Taylor cree que varias de sus patentes le fueron reveladas por una inteligencia no humana. Llevó a Pasulka y a su colega con los ojos vendados al desierto de Nuevo México para examinar lo que él describió como el lugar de un accidente FANI. El libro termina con Pasulka acompañándolo a Roma, donde él se convirtió al catolicismo tras visitar los Archivos del Vaticano.
Una cosa lleva a la otra con una lógica que, dependiendo de las creencias previas de cada uno, resulta o bien perfectamente natural o bien profundamente alarmante.James, la otra figura principal del libro, es Garry Nolan, inmunólogo de Stanford, autor de más de 350 artículos revisados por pares, titular de cincuenta patentes, fundador de al menos siete empresas biotecnológicas y un hombre que cuenta que unas pequeñas figuras aparecieron en su dormitorio cuando tenía cinco o seis años, que una formación amorfa de luces pasó por encima de él cuando era adolescente y que, al llegar a los treinta, se despertó y encontró una delgada presencia humeante a los pies de su cama que le instaba a volver a dormir. Nolan cree que el fenómeno deja una huella fisiológica detectable en los seres humanos que han sido contactados, y que él puede identificarla biológicamente. Se dio a conocer como investigador de FANI tras el informe del Pentágono de 2021 y posteriormente apareció durante una hora completa en el programa de Tucker Carlson en Fox News, donde describió el fenómeno como algo que se adelanta a la humanidad en cientos de revoluciones tecnológicas. Uno de los inmunólogos más acreditados del mundo, que relata visitas de dormitorio desde la infancia y una presencia humeante junto a su cama.
Seraphim Rose habría reconocido el perfil de inmediato. No le habría parecido tranquilizador.Otra figura con la que se encontró Pasulka fue el propio Jacques Vallée, quien para entonces llevaba seis décadas investigando el fenómeno y seguía sin estar del todo seguro de su naturaleza última, aunque tenía la plena certeza de que sus efectos sobre la conciencia humana eran reales, profundos e irreductibles a ninguna categoría explicativa existente. El libro es, en parte, un relato de la propia transformación de Pasulka: una estudiosa de la religión que se propuso estudiar un sistema de creencias y se vio incapaz de mantener la distancia académica habitual entre observador y observado, porque el fenómeno no dejaba de producir acontecimientos a su alrededor para los que el marco académico estándar carecía de vocabulario.
Según su propio relato, ella también se convirtió en creyente. El fenómeno tiene una larga historia de provocar esto en los investigadores.Lo que Pasulka aporta al panorama analítico (y que Guénon, Rose y Upton no proporcionan) es un relato desde la base de lo que este fenómeno realmente provoca en personas inteligentes, cultas y con una trayectoria profesional consolidada cuando entran en contacto prolongado con él. El marco tradicionalista predice el resultado: la reestructuración de las creencias, la sensación de contacto con algo mucho más significativo que la realidad ordinaria, la voluntad de organizar la propia vida en torno a aquello que uno cree haber encontrado. Pasulka documenta el resultado en personas cuyas credenciales, según la lógica de los escépticos, deberían haberlas protegido de ello. Resulta que tener cincuenta patentes y una autorización de seguridad no hace a uno inmune a la conversión religiosa. De hecho, puede hacer a uno más susceptible, ya que la experiencia de enfrentarse a algo que contradice todo lo que la formación nos ha enseñado a esperar resulta más desorientadora para alguien con una amplia formación que para alguien que carece de ella.
Cuanto más se sabe sobre lo que se supone que es posible, más desestabilizador resulta encontrarse con algo que no lo es.La tensión entre el enfoque de Pasulka y el marco tradicionalista es real, y el artículo no pretende resolverla. Pasulka se muestra agnóstica en materia de ontología y se centra en el efecto (en lo que el fenómeno provoca en los seres humanos y las instituciones humanas, más que en lo que es). Rose y Upton son explícitos en cuanto a la ontología y, en gran medida, no les interesa la sociología de la respuesta: saben qué son las entidades y consideran que
la respuesta adecuada es la resistencia, más que la investigación. Estas posiciones no son compatibles, y la incompatibilidad en sí misma es reveladora. Si Rose tiene razón sobre lo que es el fenómeno, entonces
los investigadores integrados de Pasulka son personas en proceso de ser engañadas por algo que lleva milenios engañando a los seres humanos y se ha vuelto muy hábil en ello. Si el enfoque de Pasulka es correcto (si la cuestión ontológica es menos importante que la cuestión funcional), entonces la identificación segura de Rose puede ser en sí misma una forma del cierre interpretativo que el fenómeno produce sistemáticamente en las personas que pasan demasiado tiempo con él. Ambas posibilidades deben tenerse en cuenta. Ninguna debe descartarse. El fenómeno tiene una larga historia de recompensar a quienes creen haberlo desentrañado, y la recompensa no suele ser lo que esperaban.
La fenomenología de las abducciones, las mutilaciones de ganado, el fenómeno de los «skinwalkers», el efecto autoestopista y la reestructuración religiosa que documentó Pasulka: todo ello puede encajar, con distintos grados de dificultad, en el marco tradicionalista. Entidades psíquicas del reino sutil, que actúan a través de las fisuras que predijo Guénon, produciendo efectos físicos y experiencias perceptivas sin por ello reducirse a categorías materiales burdas. El marco es genuinamente explicativo para esta capa del registro. Es cuando el argumento se centra en las naves y los materiales biológicos recuperados cuando el marco alcanza su límite, y vale la pena ser preciso sobre dónde está ese límite y qué significa.
David Grusch es un antiguo oficial de inteligencia que ejerció como representante de la Oficina Nacional de Reconocimiento ante el Grupo de Trabajo sobre Fenómenos Aéreos No Identificados y, posteriormente, como codirector del análisis de FANI en la Agencia Nacional de Inteligencia Geoespacial. En junio de 2023 hizo pública, a través de un proceso que incluyó denuncias formales de irregularidades presentadas ante el Inspector General de la Comunidad de Inteligencia, la afirmación de que el Gobierno de los Estados Unidos ha estado en posesión durante décadas de naves no humanas recuperadas y materiales biológicos de origen no humano. Describió un programa de ingeniería inversa de varias décadas y de considerable envergadura, financiado a través de mecanismos deliberadamente estructurados para eludir la supervisión del Congreso, dotado de personal contratado que operaba bajo programas de acceso especial, y que producía (lentamente, de forma parcial y sin una comprensión plena de en qué se estaba trabajando) resultados tecnológicos. Mencionó nombres, en entornos clasificados, que se negó a repetir en su testimonio público. Describió a colegas que habían sido amenazados. Describió al menos a una persona que había sido asesinada. Declaró, bajo juramento ante el Congreso, que no había visto personalmente los materiales recuperados, pero que había hablado directamente con personas que sí lo habían hecho, y que los relatos de esas personas eran coherentes y creíbles.
El testimonio de Grusch no es el único. Jake Barber, un antiguo piloto de helicópteros de operaciones especiales de la Fuerza Aérea, describió posteriormente su propia participación en operaciones de recuperación de aeronaves (recuperaciones físicas, sobre el terreno, de objetos que él creía que no eran de fabricación humana). Eric Davis ha declarado en un documento filtrado de una reunión de 2002 con el vicealmirante Thomas Wilson, recién jubilado (quien acababa de dejar el cargo de director de la Agencia de Inteligencia de Defensa), que se le informó sobre un programa de recuperación de restos de accidentes y que los materiales recuperados no habían sido fabricados por ninguna civilización humana. El propio Wilson, exdirector de la Agencia de Inteligencia de Defensa, no ha confirmado ni desmentido la autenticidad del documento en términos que constituyan un desmentido claro. No se ha demostrado que el documento sea una falsificación. No se trata de relatos de civiles crédulos. Son relatos de personas con el tipo de acceso que hace que su testimonio sea o bien cierto, o bien un engaño deliberado y sofisticado; y, en este último caso, la cuestión de quién se beneficia del engaño y por qué es en sí misma un problema analítico significativo.
Los materiales biológicos plantean el mayor desafío para todos los marcos teóricos existentes al mismo tiempo. Si las naves recuperadas son una tecnología exótica, pero en última instancia física (fabricada por alguna inteligencia mediante procesos que aún no comprendemos), el programa de recuperación e ingeniería inversa es un problema tecnológico de extraordinaria dificultad, pero de carácter reconocible. Pero los materiales biológicos de origen no humano son otra cosa. Implican que lo que sea que esté operando estas naves tiene un cuerpo, o produce cuerpos, o deja cuerpos atrás, que
el fenómeno tiene un sustrato físico en el sentido más literal, carne y hueso y cualesquiera que sean los equivalentes no humanos de esas cosas. La entidad del reino sutil
guénoniano no tiene directamente un cuerpo en este sentido. La entidad demoníaca patrística no deja restos biológicos en un congelador del gobierno. Si Grusch dice la verdad sobre los materiales biológicos, el marco tradicionalista requiere o bien una ampliación significativa o bien la disposición a tener en cuenta
simultáneamente dos fenómenos distintos: uno que explique la fenomenología del encuentro y otro que explique el material.
Esto no es una refutación del marco tradicionalista. Es una condición límite. El marco puede ser correcto en cuanto a lo que el fenómeno provoca en los seres humanos (el sistema de control, la reestructuración religiosa, el efecto autoestopista, el absurdo deliberado) sin dejar de ser incompleto en cuanto a lo que el fenómeno es físicamente.
Una inteligencia que opera desde el reino sutil, en la cosmología de Guénon, no tiene por qué estar excluida de tener manifestaciones físicas. Los reinos sutil y burdo se interpenetran. La disolución de la frontera entre ellos, que Guénon predijo y que el registro de sucesos altamente extraños podría documentar, podría producir exactamente esta combinación:
entidades cuyo modo de funcionamiento principal es psíquico, pero que pueden producir y producen efectos físicos burdos, incluyendo naves aparentemente físicas y cuerpos aparentemente biológicos, cuando ello sirve al propósito que persiguen. Esto es especulativo. La alternativa (que el testimonio de recuperación sea falso, que Grusch, Barber y Davis, así como las fuentes que describen, estén mintiendo o equivocados) conlleva sus propios costes analíticos. Grusch presentó denuncias formales como denunciante ante el Inspector General de la Comunidad de Inteligencia, un acto con importantes consecuencias legales para quien presenta una denuncia falsa. Testificó bajo juramento ante el Congreso. Ha mantenido su relato de forma coherente bajo un interrogatorio hostil y sostenido. Quienes intentan desacreditarlo no han aportado pruebas de que esté equivocado. Lo que han aportado son pruebas de que preferirían que estuviera equivocado, lo cual es algo totalmente distinto y algo con lo que esta saga ya se ha encontrado antes en otros contextos.
El filósofo Jason Reza Jorjani comienza su obra de 2021,
Encuentros cercanos, señalando que no quería llegar a la conclusión a la que llegó, y que publicarla dañaría aún más una reputación que ya era objeto de constantes ataques. Aun así, la publica. Vale la pena señalar esa combinación de reticencia y franqueza antes de examinar la teoría en sí, porque la teoría es exhaustiva de una manera que la mayoría de los marcos de referencia sobre los FANI no lo son (se niega a dejar de lado ninguna parte del registro) y sus implicaciones son, según cualquier evaluación honesta, alarmantes.
El argumento, resumido en lo esencial, es el siguiente. La energía del punto cero (la misma base de propulsión que explica las características de rendimiento de los FANI) también permite la
manipulación del espacio-tiempo. Alrededor de 1944, bajo el nombre en clave nazi Proyecto Cronos, un grupo de élite formado por ingenieros y físicos logró la primera ruptura del continuo espacio-tiempo utilizando un dispositivo de energía del punto cero con forma de campana. Este grupo no era simplemente alemán: era el brazo operativo de una élite anglosajona intercontinental que llevaba desarrollando tecnología de propulsión etérica desde la década de 1890, suprimiendo el trabajo de Tesla, financiando tanto el nazismo como los programas eugenésicos estadounidenses, y operando más allá de las fronteras nacionales a través de figuras como J. P. Morgan, John D. Rockefeller y Allen Dulles. Con la aparente derrota del fascismo, este grupo no se disolvió. Se separó por completo, formando lo que Jorjani denomina una civilización separatista, una que ahora poseía la capacidad de
viajar en el tiempo.
Lo que se derivó del viaje en el tiempo es la clave de todo. Un grupo con acceso al futuro tiene acceso a todo el conocimiento científico futuro. Podrían viajar hacia adelante, adquirir lo que necesitaran y regresar. También podrían viajar hacia atrás, no solo para observar, sino para intervenir, para remodelar las condiciones de su propio surgimiento, para construir en la prehistoria la civilización en la que desearan vivir. Jorjani sostiene que esto es precisamente lo que hicieron. Los nórdicos (esos seres altos, blancos y de fenotipo nórdico de los que han informado contactados, abducidos y testigos a lo largo de décadas y continentes) no son extraterrestres. Son los descendientes de este grupo escindido, que opera desde una perspectiva temporal que les hace parecer de otro mundo. Son nosotros, adelantados en el tiempo por siglos, que han regresado para gestionar la civilización que dejaron atrás.
El alcance de lo que gestionan es lo que hace que la teoría de Jorjani resulte tan inquietante. El programa de abducciones, con sus muestreos biológicos, sus experimentos de hibridación y su seguimiento intergeneracional, es su operación: un programa de gestión genética llevado a cabo sobre una población que consideran de su propiedad. Los llamados Grises son robots biológicos, diseñados por los nórdicos, que realizan su trabajo. Las mutilaciones de ganado son un programa de investigación biológica. Las principales religiones del mundo (el judaísmo, el cristianismo y el islam) son, según la interpretación de Jorjani, herramientas de gestión: el Dios abrahámico es un piloto de ovni, los ángeles son agentes y Jesús fue un contactado cuyo mensaje fue diseñado para crear una civilización esclava psicológicamente manejable. Los devas y asuras védicos son versiones de una fase anterior de la misma operación. Las experiencias cercanas a la muerte, sugiere Jorjani, también podrían estar a su alcance: una civilización con capacidad para viajar en el tiempo y con habilidades psíquicas avanzadas que opera en la frontera entre la consciencia y la muerte no tiene por qué estar impedida de gestionar lo que los seres humanos encuentran allí. La Luna, según su relato, es un satélite artificial construido y puesto en órbita por este grupo para terraformar la Tierra después de que un holocausto nuclear destruyera su civilización anterior en Marte, cuyas ruinas aún están allí, al igual que ciudades subterráneas aún habitadas.
Jorjani reconoce abiertamente que su modelo se mueve en los límites de lo que se puede defender con seguridad, y el lector honesto debería tener muy en cuenta esa franqueza. La teoría es internamente coherente de una forma en que la mayoría de los modelos sobre FANI no lo son: da cuenta simultáneamente de los nórdicos, los grises, el programa de abducciones, los testimonios de rescates, la historia religiosa y la divulgación controlada. Pero se basa en un bucle causal que él no resuelve por completo: el grupo escindido existe porque habrá viajado al pasado para crear las condiciones de su propia existencia, lo que significa que el punto de origen de toda la operación es paradójico por definición. También deja claro que el grupo que describe no es el único actor. Hay algo más operando junto a ellos: lo que él llama el Embaucador, una inteligencia cósmica de un orden fundamentalmente diferente que, según su relato, contiene activamente a los nórdicos dentro del sistema de procesamiento de información de nuestro Cosmos, impidiendo su expansión más allá de él. Los elementos más extrañamente inexplicables del registro de alta extrañeza (los que no encajan ni siquiera en su marco) pueden ser expresiones de esta otra fuerza. En otras palabras, la civilización separatista de Jorjani está siendo gestionada a su vez por algo que no puede controlar por completo. La pregunta de qué es ese algo nos lleva de vuelta, por una ruta inesperada, a un territorio que Guénon y Rose reconocerían.
Los datos analizados en este artículo no se reducen a una única explicación clara. Esto no supone un fracaso del análisis. Puede que sea precisamente lo más importante que nos transmiten dichos datos.
Puede que haya más de una explicación. No se trata de un refugio en una cómoda ambigüedad. Es la conclusión que respaldan las pruebas. La capa de alta extrañeza (la fenomenología de las abducciones, el efecto autoestopista, las experiencias de encuentro que reestructuran la identidad y las creencias) se describe de forma más coherente mediante el marco tradicionalista. Entidades del reino sutil, que operan a través de la frontera en disolución que predijo Guénon, produciendo experiencias que la literatura patrística categorizó y que la mente secular moderna perdió el vocabulario para reconocer. La capa de la evidencia física (las naves, los materiales biológicos, los programas de recuperación) requiere algo que el marco tradicionalista no fue concebido para proporcionar, ya sea un fenómeno separado que opera en paralelo, una extensión del marco del reino sutil hacia la manifestación física burda, o la capa de gestión humana escindida que describe Jorjani. Y la propia capa de gestión (la arquitectura del secreto, la divulgación controlada, las experiencias religiosas manipuladas de científicos autorizados) requiere o bien la civilización escindida de Jorjani o algo funcionalmente indistinguible de ella.
La evasiva con la que se iniciaba este artículo se ve diferente desde esta perspectiva de lo que parecía al principio. La comunidad de la ETH y los investigadores de lo secreto dejan de lado lo verdaderamente extraño no solo porque hace que sus argumentos sean más difíciles de defender. Lo dejan de lado porque abordarlo con seriedad conduce, mediante una cadena de razonamiento bastante breve, a conclusiones que
la mente occidental moderna encuentra estructuralmente intolerables. Si el marco tradicionalista es siquiera parcialmente correcto (si el fenómeno opera desde un registro ontológico que las tradiciones premodernas cartografiaron y el racionalismo moderno descartó), entonces todo el fundamento epistémico de la civilización que construyó la arquitectura del secreto, que financia los programas de ingeniería inversa, que produce el testimonio ante el Congreso, es inadecuado para el problema que intenta resolver. Los físicos, los agentes de inteligencia y los ingenieros aeroespaciales están examinando, con los instrumentos de la ciencia materialista, algo que la ciencia materialista fue construida específicamente para no ver. Esta no es una conclusión cómoda. Sin embargo, es una conclusión hacia la que apuntan consistentemente las pruebas, y la incomodidad de una conclusión nunca ha sido una guía fiable de su falsedad.
Lo cual pone al movimiento a favor de la divulgación en una situación incómoda. La actual ola de transparencia sobre los FANI (los testimonios ante el Congreso, los denunciantes, los informes del Pentágono) se caracteriza por una peculiar moderación. Luis Elizondo, David Grusch y sus colegas insisten repetidamente en la importancia de velar por la tranquilidad de la población, de divulgar la información de forma gradual y de no desestabilizar a la ciudadanía. Esta preocupación llama la atención por su selectividad. La civilización que ahora calibra cuidadosamente el impacto psicológico de la divulgación FANI libró dos guerras mundiales, impuso crisis económicas de escala catastrófica y llevó a cabo décadas de política de riesgo nuclear sin una preocupación notable por la tranquilidad del público. El gradualismo de la divulgación requiere una explicación. Una explicación es la cautela burocrática. Otra es que
el propio movimiento a favor de la divulgación está siendo gestionado (moldeado por quienquiera que haya controlado la información durante los últimos setenta años) y divulgado en formas y a un ritmo que sirven a fines distintos de la comprensión pública. Una tercera posibilidad, que se desprende del marco teórico de Jorjani y que nadie en la comunidad a favor de la divulgación parece dispuesto a considerar, es que
la divulgación total resulte incómoda no tanto para el público como para quienes han estado gestionando el secreto. Si una facción humana escindida ha estado dirigiendo esta operación durante generaciones, y figuras como Elon Musk están construyendo ahora infraestructuras tecnológicas competidoras con los recursos y la independencia necesarios para investigar sin permiso, la necesidad de mantener el ocultamiento se vuelve considerablemente más urgente, para quienes lo ocultan. Según esta interpretación, la curiosa moderación del movimiento por la divulgación no tiene que ver con proteger a la humanidad de una verdad incómoda. Se trata de
proteger a quienes han construido su posición sobre esa verdad que permanece oculta.
Y si la revelación total consiste en desenmascarar a quienes han gestionado el fenómeno, entonces converge con lo que la tradición tradicionalista llamaría
exorcismo: el acto de nombrar aquello que opera en la oscuridad y obligarlo a salir a la luz. El paralelismo no es meramente retórico. El exorcismo, en el sentido clásico, no es una postura defensiva. Es la afirmación de que
lo oculto puede identificarse, enfrentarse y expulsarse. Ya sea que eso se aplique a entidades psíquicas no humanas, a una civilización humana separatista o a algún entrelazamiento de ambas, la lógica es la misma.
La evasión y el gradualismo son estrategias para convivir con algo. El exorcismo es una estrategia para acabar con ello. La civilización que ha pasado setenta años gestionando este problema aún no se ha preguntado si es posible ponerle fin.
A la vista de lo que muestran los datos, probablemente ya sea hora de plantearse esa pregunta. Fuentes1. Asociación Evangélica Ernest Angley; el ministerio televisivo de Angley se desarrolló a partir de la década de 1970. Chevy Chase, «Fletch Lives» (Universal Pictures, 1989) — escena del televangelista: youtube.com/watch?v=cvse70ED_JI
2. JD Vance sobre los extraterrestres como demonios: youtube.com/shorts/iDn_RNvZkbY
3. Tucker Carlson sobre los demonios y los FANI: youtube.com/watch?v=-imt-PEHb_s. Además: podcast redactado, diciembre de 2023, publicado en realclearpolitics.com/video/2023/12/17/tucker_carlson_ufo_story_really_scares_me_spiritual_component_the_implications_are_too_profound.html
4. Jacques Vallee, Pasaporte a Magonia (Henry Regnery, 1969). La hipótesis del sistema de control se desarrolla más a fondo en The Invisible College (Dutton, 1975) y Messengers of Deception (And/Or Press, 1979). El trabajo de Vallee con Hynek se documenta en Forbidden Science, vol. 1 (North Atlantic Books, 1992).
5. John G. Fuller, The Interrupted Journey (Dial Press, 1966). Relato principal del caso Hill, que incluye las sesiones de hipnosis de Benjamin Simon y sus conclusiones.
6. Kathleen Marden y Stanton Friedman, ¡Capturados! La experiencia ovni de Betty y Barney Hill (New Page Books, 2007). Documentación complementaria que incluye la afiliación a la NAACP y los antecedentes familiares.
7. Budd Hopkins, Tiempo perdido (Richard Marek Publishers, 1981).
8. David M. Jacobs, Secret Life: Firsthand Accounts of UFO Abductions (Simon and Schuster, 1992).
9. David M. Jacobs, The Threat (Simon and Schuster, 1998).
10. Grabaciones de Emma Woods, disponibles en emmawoods.org. El caso Woods está documentado en la bibliografía sobre FANI y en las críticas académicas a la metodología de la hipnosis regresiva en la investigación sobre secuestros extraterrestres.
11. Ralph Blumenthal, The Believer: Alien Encounters, Hard Science, and the Passion of John Mack (High Road Books, 2021). Biografía definitiva de Mack; documenta las actas de Harvard y su introducción al tema por parte de Hopkins en 1990.
12. John E. Mack, Abducción: Encuentros humanos con extraterrestres (Scribner, 1994).
13. Whitley Strieber, Comunión (Beech Tree Books/William Morrow, 1987). The Wolfen (1978) y El ansia (1981) son novelas anteriores de Strieber; las adaptaciones cinematográficas se estrenaron en 1981 y 1983, respectivamente.
14. Asociación Médica Americana, Consejo de Asuntos Científicos, «Estado científico de la recuperación de recuerdos mediante el uso de la hipnosis», Journal of the American Medical Association 253, n.º 13 (5 de abril de 1985): 1918-1923. Identificador PubMed: 3974082.
15. Asociación Americana de Psicología, «Preguntas y respuestas sobre los recuerdos de abusos en la infancia» (1995); Grupo de Trabajo de la APA sobre la Investigación de los Recuerdos de Abusos en la Infancia, Informe final (1998).
16. Expedientes de la investigación del FBI sobre «mutilación de animales», disponibles a través de FBI Vault (vault.fbi.gov). La investigación fue solicitada por los fiscales generales de Colorado, Nuevo México y Nebraska a finales de la década de 1970; el informe de la Oficina, que concluía que se trataba de depredación natural, se completó en 1980.
17. Ben Mezrich, Paralelo 37: La verdad secreta detrás de la autopista de los ovnis de Estados Unidos (Atria Books, 2016). Documenta el trabajo cartográfico de Zukowski, la concentración de avistamientos en el paralelo 37 y el descubrimiento de la investigación paralela del NIDS de Bigelow.
18. Leslie Kean, Ovnis: Generales, pilotos y funcionarios del Gobierno hablan abiertamente (Harmony Books, 2010). Documenta el acuerdo de la FAA por el que se remiten los informes sobre FANI a la organización de Bigelow.
19. Ross Coulthart, A plena vista (HarperCollins Australia, 2021). Incluye la entrevista a Mick Cook en Queensland y documentación sobre mutilaciones.
20. Colm Kelleher y George Knapp, A la caza del Skinwalker: La ciencia se enfrenta a lo inexplicable en un remoto rancho de Utah (Paraview Pocket Books, 2005). Fuente primaria para la investigación del Rancho Skinwalker, incluyendo la historia de la familia Sherman, la compra de Bigelow (200 000 dólares), la composición del equipo del NIDS y la documentación sobre el efecto autoestopista.
21. C. G. Jung, Platillos voladores: Un mito moderno sobre lo que se ve en el cielo (Routledge and Kegan Paul, 1959). Publicado originalmente en alemán como Ein moderner Mythus (Rascher Verlag, 1958).
22. Rudolf Otto, Lo sagrado (Oxford University Press, 1923). Publicado originalmente en alemán como Das Heilige (Leopold Klotz Verlag, 1917). Fuente del concepto de mysterium tremendum.
23. René Guénon, El reino de la cantidad y los signos de los tiempos (Luzac and Co., 1953). Publicado originalmente en francés como Le Regne de la Quantité et les Signes des Temps (Gallimard, 1945). Guénon falleció en El Cairo el 7 de enero de 1951.
24. Charles Upton, Cracks in the Great Wall: UFOs and Traditional Metaphysics (Sophia Perennis, 2005). Nota: algunas fuentes indican el año 2004; compruébalo en la página de derechos de autor.
25. Seraphim Rose, Ortodoxia y la religión del futuro (Hermandad de San Germán de Alaska, 1975). Rose nació el 13 de septiembre de 1934 y falleció el 2 de septiembre de 1982, a los cuarenta y siete años. Su relación con Guénon en su periodo previo a la conversión está documentada en Hieromonk Damascene, Father Seraphim Rose: His Life and Works (Hermandad de San Germán de Alaska, 2003).
26. Julius Evola, artículos sobre platillos volantes en Meridiano d'Italia, aproximadamente entre 1950 y 1952. La formulación de la «invulnerabilidad superfísica» procede de estos artículos. Véase también Nick Cook, The Hunt for Zero Point (Broadway Books, 2001), en el que Jorjani se basa para el material del Proyecto Cronos.
27. Diana Walsh Pasulka, American Cosmic: UFOs, Religion, Technology (Oxford University Press, 2019). Su obra anterior está documentada en Heaven Can Wait: Purgatory in Catholic Devotional and Popular Culture (LSU Press, 2012). Su relato sobre el hallazgo de apariciones no marianas en manuscritos antiguos como origen de su interés por los FANI ha sido expuesto en múltiples entrevistas en podcasts, 2019-2022.
28. Timothy Taylor identificado como Tyler D. a través del informe anual de 2017 del Observatorio Vaticano y de Chris Bledsoe, UFO of God (autoeditado, 2023). El nombre de Tyler Durden fue confirmado por Pasulka en entrevistas; queda por verificar la cita concreta. La carrera de Taylor en la NASA y su trabajo en biotecnología se han confirmado a través de registros públicos.
29. Garry Nolan identificado como James en American Cosmic; Nolan confirmó públicamente su propia participación tras el informe sobre FANI del Pentágono de junio de 2021. El perfil del cuerpo docente de Stanford Medicine confirma sus credenciales. Las experiencias de la infancia de Nolan y el relato de su presencia junto a la cama del enfermo proceden de sus propias declaraciones públicas en entrevistas entre 2021 y 2024. Aparición en Tucker Carlson Tonight, Fox News — fecha por confirmar.
30. Testimonio de David Grusch ante el Congreso, Comité de Supervisión de la Cámara de Representantes, 26 de julio de 2023. Funciones confirmadas en el testimonio y en la información de NewsNation por Ross Coulthart y Bryce Zabel, 5 de junio de 2023.
31. Declaraciones públicas de Jake Barber e información de NewsNation, 2024.
32. El documento Wilson-Davis, con fecha del 16 de octubre de 2002, filtrado públicamente en 2019. El vicealmirante Thomas Wilson ocupó el cargo de director de la Agencia de Inteligencia de Defensa desde julio de 1999 hasta julio de 2002. Es necesario verificar la afiliación institucional exacta de Eric Davis durante el periodo del NIDS; posteriormente estuvo vinculado a EarthTech International (Austin, Texas); la conexión con la Universidad de Maryland a la que se hace referencia en este artículo debería confirmarse antes de su publicación.
33. Jason Reza Jorjani, Encuentros cercanos (Arktos Media, 2021). Jorjani es doctor por la Universidad Estatal de Nueva York en Stony Brook. Todas las afirmaciones concretas relativas al Proyecto Cronos, la red de la élite anglosajona, los nórdicos, los grises, la Luna y Marte proceden de esta obra. Los nombres mencionados (Morgan, Rockefeller, Dulles) son afirmaciones de Jorjani dentro de su marco teórico, más que afirmaciones históricas verificadas de forma independiente.
Pero, dejando de lado el enfoque fanático religioso, la verdad es que: La raza humana no es homogénea. Las múltiples razas que existen son herencia de diversas semillas alienígenas de muchos tipos. Ahí ya empieza a fallar la acepción de que los alienígenas son demonios. Si así es, nosotros también lo somos. Dios mismo (el creador) es un extraterrestre, puesto que no es nacido en La Tierra.
Lo que conocemos como espacio exterior, es una muy pobre visión que nos deja tener la banda de frecuencia que podemos percibir, que es muy estrecha. Los "aliens" ha estado allí siempre, solo que no los percibimos con nuestros sentidos mal usados. Los extraterrestres no están lejos en el espacio, sino en frecuencias diferentes. Los abducidos tienen experiencias de 'sintonizar' su banda de frecuencia.
Hasta donde yo sé, los reptiles (Draconia) son quienes tienen bajo su poder a la raza humana. Los grises y los insectoides son híbridos creados por ellos y puestos a su servicio, como lo son los robots para nosotros. Y los pleyadianos son una raza que está interesada en proporcionar ayuda a La Tierra y a los humanos. Pero hay decenas y decenas de más razas. Star Wars se quedaría chico. Mientras, la gente aquí, sigue debatiendo cuál candidato es mejor que otro y esperando ansiosamente el mundial de fútbol.
Y peor, generalizando fanáticamente que todo lo no terrestre es demoniaco.