Traducido por el equipo de SOTT.net
discussion 2 people
© Adobe Stock/KJNDebate
El otro día salí a comer con un amigo (sí, todavía me quedan algunos). Este amigo se inclina más hacia el lado liberal.

Desde luego, no le gusta nada Trump, es partidario de las vacunas, etc. Tengo que decir que es un tipo muy majo: un artista magnífico, un padre excelente y, en general, una buena persona. No voy a irme por las ramas, pero los que siguen al rebaño no suelen ser mala gente.

Son como nosotros, solo que están dormidos. En fin, me estoy desviando del tema.

Huelga decir que nuestra conversación se centró en la música y otros temas seguros, y no se adentró en la zona oscura de la política mundial, la salud pública y cosas por el estilo. Pero sí dijo una cosa que me hizo pensar. Es algo que se oye a menudo, y normalmente, cuando lo oyes, la persona que lo dice está bastante furiosa. Simplemente no se lo pueden creer, y lo presentan como si fuera una de las principales razones por las que el mundo se va al garete.
«¿Por qué todo el mundo se cree un experto y no para de hablar sin parar? ¿Por qué no pueden simplemente callarse y escuchar a la gente que sabe de lo que habla?».
Sinceramente, oigo esto tanto de las arpías como de las ovejas (aunque más de las ovejas, en realidad; al menos parecen más enfadadas por ello que las arpías).

Una de las cosas que más me sacan de quicio desde hace años es ver titulares como «¡Los científicos descubren!» o «¡Los expertos coinciden!» o cualquier otra afirmación igual de sensacionalista que da a entender que solo los «científicos» pueden descubrir algo y que solo los «expertos» pueden ponerse de acuerdo en algo importante.

¿Qué hay de todos esos descubrimientos tan importantes que no fueron descubiertos por científicos titulados? ¿La rueda? ¿Las técnicas para hacer fuego? ¿Los innumerables remedios populares eficaces? ¿Incluso ejemplos modernos como el horno microondas y las notas Post-it?

Que se jodan los científicos y que se jodan los expertos. ¿Y la abuela? ¿O Joe, el mecánico de coches? ¿O Bob, el vecino de al lado, el tipo que trabaja diez horas al día en su jardín, cuidando sus rosas? ¿Acaso él no sabe algo que merezca la pena escucharse?

Es triste decirlo, este esfuerzo constante por inculcarnos que solo ciertas personas autorizadas pueden hablarnos forma claramente parte de la agenda. Y cada vez que sale en una conversación, me hierve la sangre.

Ahora bien, esto también tiene su otra cara. No soy partidario de poner todos mis huevos en la cesta de alguien que no está informado o que no ha hecho los deberes. No creo necesariamente que Joe, el mecánico, sepa cómo tratar mi dolor de espalda crónico, pero podría saberlo.

Ese es el elemento clave de lo que estoy diciendo. La gente corriente, de a pie, puede saber algo útil.

Sin embargo, en nuestro complicado mundo, este «sentido común» resulta cada vez menos útil cuando se aplica a cuestiones muy técnicas. Dudo que mucha gente sepa intuitivamente cómo arreglar un móvil si se estropea, pero eso no significa que no puedan dar su opinión al respecto.

No sabría deciros cuántas veces una sugerencia de mi mujer para solucionar algún problema extraño del ordenador ha acabado arreglando el problema. Quizá sea vudú y tenga poca lógica detrás, pero a menudo funciona.

Aun así, hay un problema persistente: mucha gente no se molesta en aprender ni siquiera lo básico sobre una situación a la que se enfrenta. Aquí es donde entra en juego nuestro mantra de arpía: «investiga por tu cuenta». No creo que esperemos que los «ovejas» aprendan todas las complejidades necesarias para formular opiniones válidas y útiles basadas en la verdad y los hechos, pero sí esperamos que conozcan lo básico para que sus instintos se basen más en lo que realmente está sucediendo que en alguna invención (o mentiras descaradas) que la agenda les ha inculcado con el fin de que se formen una opinión que se alinee con sus intenciones.

Lo irónico es que los que siguen al rebaño tampoco se callan, a pesar de su falta de información y de conocimientos. No paran de parlotear con la historia que les ha endosado la agenda. La agenda otorga la etiqueta de «expertos» a unos pocos elegidos de sus filas. Ellos pagan a los científicos para que hagan su trabajo y a los expertos para que cumplan sus órdenes; ellos mismos son quienes generan los beneficios y quienes mueven los hilos de la cultura. El público ve todo esto como la autoridad, la pericia, los proveedores de información fiable. Así que no paran de hablar de ello: «los expertos coinciden», «los científicos descubren».

Aquí están ocurriendo dos cosas. En primer lugar, estas masas de borregos quieren que todos los demás se callen. Si todos aquellos a quienes quieren silenciar no están expresando opiniones basadas en lo que se les ha dicho que es la única fuente de verdad (los expertos), entonces quieren que se callen.

En segundo lugar, estas masas de borregos creen que ya saben todo lo que necesitan saber. Simplemente se remiten a los expertos, los científicos y los políticos. Ninguno de sus propios pensamientos, instintos, sentido común o experiencia se tiene en cuenta en sus conclusiones. Creen que cuando «expresan su opinión», están expresando lo que creen. Pero no es así: simplemente repiten lo que ha dicho la autoridad (sus expertos, y por tanto su verdad).

No creo que los que somos algo arpías hagamos esto. De hecho, desconfiamos de los medios de comunicación hasta el extremo. En general, no nos fiamos de nada de lo que dicen los medios, incluidos los científicos y los expertos. Por desgracia para nosotros, esta no siempre es la forma más inteligente de actuar.

Lo creáis o no, alguna de esta gente (científicos y expertos) de verdad tiene algo bueno y útil que decir. Aunque parezca increíble, incluso algunos políticos no están bajo el poder de Satanás (diría que esto suele darse en el ámbito del gobierno local).

En general, sin embargo, nos formamos nuestras propias opiniones sobre las cosas; no nos sometemos automáticamente a alguien con un título pomposo. Con suerte, también les escuchamos a la hora de formarnos nuestra opinión; con suerte, escuchamos a todo el mundo.

La cuestión aquí es que no se debe silenciar a nadie. Depende del oyente determinar si lo que dice el orador es útil.

Si el orador está mintiendo descaradamente y sabe que está mintiendo, entonces eso es un problema. Pero, de nuevo, cada uno de nosotros debe ser el árbitro final de lo que es verdad y lo que no. Obviamente, aquí es donde entra en juego la libertad de expresión. No nos corresponde a nosotros determinar qué se dice y quién tiene derecho a decirlo, pero sí tenemos la responsabilidad de evaluar lo que se dice.

Todos tenemos derecho a expresar nuestras opiniones. Tanto los expertos como los que no lo son. Nunca se sabe cuándo aparecerá una joya. Podría encontrarse en el lugar más insospechado.