El simple hecho de comunicarse sin esperar nada a cambio puede acercarte más a tu familia... y a ti mismo.

«Mira quién ha venido a verte», anunció mi padre ante la lápida, una cruz tallada y ornamentada conocida como khachkar. Me empujó suavemente hacia delante y me puso un clavel rojo en la mano.
«Esto es para ti», dije, y dejé caer la flor sobre la grava.
En mi familia, no había que temer ni evitar a los antepasados fallecidos. Desde muy pequeña, aprendí a encender khoonk, un incienso de olor intenso, en los aniversarios de las muertes y a contar historias sobre personas a las que nunca había conocido. Más tarde, descubrí que hay muchas formas de hablar con los muertos, incluso después de que haya transcurrido tanto tiempo entre generaciones. Pero lo más importante es que aprendí que «hablar con tus antepasados» no implica esperar una respuesta. El simple hecho de comunicarse sin esperar nada a cambio puede acercarte a ellos, y a ti mismo.
Muchas culturas de todo el mundo mantienen activamente relaciones con los difuntos a través de la narración de historias, la oración y los rituales. En Japón, por ejemplo, se da la bienvenida a los espíritus de los difuntos durante el festival de Obon. Durante cuatro días al año, las familias recuerdan a sus antepasados cuidando las tumbas, encendiendo pequeñas hogueras y haciendo ofrendas. Se llevan a cabo prácticas similares durante el Día de los Muertos mexicano, el festival coreano de la cosecha Chuseok y el período de conmemoración hindú Pitru Paksha.
También existen formas menos formales de establecer contacto. Desde los oráculos taoístas chinos que operan durante el festival de los Fantasmas Hambrientos hasta los practicantes del espiritismo que dirigen sesiones de espiritismo en América Latina, los intermediarios entre los vivos y los muertos actúan allí donde hay necesidad de orientación o de cierre.
Sin embargo, estas prácticas suelen asumir una dimensión espiritual que interactúa con los vivos. Pero hablar con los antepasados, tal y como yo lo veo, no requiere acceder a un reino inobservable ni recibir la visita de quienes han «pasado al otro lado». En cambio, comunicarse con los muertos puede ser una práctica imaginativa que ayude a crear un solapamiento entre el pasado y el presente, situándonos en un continuo humano más amplio. Los efectos pueden ser transformadores.
Allí donde reina el individualismo, los lazos con la familia extensa se han desvanecido en gran medida
Aunque esta forma de conectar con nuestros antepasados no requiere acceder a un reino espiritual, sí implica desmontar ciertos prejuicios modernos que podamos tener. En Ser mortal (2014), el cirujano Atul Gawande escribe que:
La modernización no marginó a las personas mayores. Marginó a la familia. Ofreció a las personas (tanto a los jóvenes como a los mayores) un estilo de vida con más libertad y control, incluida la libertad de depender menos de otras generaciones.Ahora, a las personas mayores se las atiende en hospitales o pasan sus últimos años en residencias, y cuando fallece un ser querido, se nos conceden unos días libres en el trabajo, pero se espera que volvamos a la oficina poco después, con un café en la mano. Donde reina el individualismo, los lazos con la familia extensa (y quizás también las relaciones con los antepasados) se han desvanecido en gran medida. En su lugar, el yo ha pasado a ocupar un lugar central, ya que priorizamos nuestra independencia y singularidad por encima de la pertenencia y la cohesión.
Junto con el auge del individualismo y la pérdida de importancia de la familia, el secularismo ha desterrado casi todo lo que tuviera siquiera un ligero matiz espiritual. Como resultado, en muchas partes del mundo, hablar con los antepasados ha quedado relegado como una reliquia de un pasado poco ilustrado. ¿Podemos aprender a relacionarnos con los difuntos de una forma que siga resultando relevante y significativa hoy en día? Quizá la pregunta más urgente sea esta: ¿por qué deberíamos molestarnos en hacerlo?
Las investigaciones han demostrado que, para las personas en duelo, mantener un vínculo con alguien que ha fallecido puede ayudar a asimilar la pérdida y a encontrarle sentido. En un estudio, los psicólogos Claude Normand, Phyllis Silverman y Steven Nickman describen el caso de un niño llamado Dennis que tenía 11 años cuando su padre murió de cáncer. Con el tiempo, tras visitar regularmente el cementerio y hablar con su padre en su interior, Dennis llegó a verse a sí mismo como «un legado vivo de su padre». Los autores sostienen que este tipo de conexión imaginaria y duradera, aunque a veces resulte difícil de establecer, tiene muchos beneficios: «Como cualquier construcción, lleva tiempo crearla; y con el tiempo, en lugar de reavivar el dolor de la pérdida, la relación interactiva con el difunto aportó una sensación de presencia y continuidad del cariño».
Es importante destacar que, en este caso, la conexión no se basa en la esperanza de recibir algo a cambio, como orientación o información. En cambio, su poder reside en el sentimiento de fortaleza y propósito intergeneracionales que aprendes a llevar dentro de ti. Entonces, ¿por dónde empezar?
No hay una forma «correcta» de hablar con tus antepasados. Es un proceso que tendrás que crear tú mismo. Pero un buen punto de partida es conocer mejor a la persona con la que quieres entablar una relación imaginaria. Podrías pedir a tus familiares que te cuenten detalles mientras hojeáis juntos los álbumes de fotos. En su libro A través de los ojos de tus antepasados (1999), la genealogista Maureen Taylor sostiene que este proceso de aprendizaje nos permite «descubrirnos a nosotros mismos a través de nuestros familiares».
Hablar de los difuntos puede fomentar la continuidad intergeneracional y un sentido más fuerte de la identidad
Una vez que tengas más información, puedes empezar a interactuar directamente, ya sea en voz alta o en tu mente. Podrías empezar contándole a un antepasado lo que has aprendido sobre él y cómo su vida se asemeja a tus propias experiencias. Recientemente, una amiga mía descubrió que su abuelo, a quien nunca había conocido, también había trabajado con personas con discapacidad. Descubrir esta pasión compartida la hizo sentirse aún más comprometida con su trabajo y con su abuelo.
Las investigaciones sugieren que el simple hecho de contar historias sobre los antepasados puede tener un efecto positivo. Según el libro El arte de cultivar una vida con sentido (publicado originalmente con el título en inglés The Power of Meaning, de 2017), de la psicóloga Emily Esfahani Smith, conectar con algo más grande que uno mismo a través de la narración de historias fomenta el sentido, algo esencial para llevar una vida plena y psicológicamente enriquecedora. Además, los adolescentes que crecen en familias en las que se cuentan historias intergeneracionales alrededor de la mesa durante la cena gozan de un mayor bienestar emocional, lo que sugiere que hablar de quienes ya no están puede fomentar la continuidad intergeneracional y un sentido más sólido de la identidad. Al volver a contar sus historias junto con las nuestras, damos forma a narrativas colectivas más empoderadoras.
También ampliamos nuestra percepción del tiempo y, con ello, nuestro sentido de lo significativo. En un estudio sobre las diferencias entre una vida feliz y una vida significativa, el psicólogo social Roy Baumeister y sus colegas descubrieron que la felicidad estaba «orientada en gran medida al presente, mientras que lo significativo implica integrar el pasado, el presente y el futuro». Establecer conexiones imaginarias con nuestros antepasados fallecidos puede ser una forma de practicar esas integraciones.
Hablar en voz alta o en tu interior no son las únicas opciones. Como alternativa, quizá prefieras escribir una carta. En el pasado, relacionarse con los difuntos de esta manera era mucho más habitual. La científica Marie Curie, por ejemplo, llevó un diario con las cartas que le escribió a su marido tras su fallecimiento en 1906. «Mi querido Pierre», escribía en una de ellas, «quiero decirte que el laburno está en flor, y que la glicinia, el espino y los lirios apenas están empezando a florecer; te habría encantado verlo todo».
En lugar de limitarte a describir acontecimientos de tu vida, los beneficios de comunicarte con un antepasado pueden potenciarse mediante cartas que expresen específicamente agradecimiento. En un estudio de 2021, estudiantes de posgrado escribieron cartas de agradecimiento a alguien que había tenido un impacto significativo en sus vidas. A continuación, estas cartas se entregaron a la persona y los estudiantes las leyeron en voz alta. Los resultados de la investigación mostraron que, en consonancia con estudios similares sobre la gratitud, compartir notas escritas como estas puede tener un poderoso impacto positivo al fomentar el perdón y la alegría.
En Rompe el ciclo (2024), la psicoterapeuta Mariel Buqué sostiene que escribir cartas a los difuntos puede ir más allá de fomentar sentimientos positivos: puede facilitar la sanación del trauma intergeneracional al centrarse en las fortalezas y la resiliencia que se transmiten de generación en generación. Ella anima a escribir cartas a quienes desean «mantener el vínculo con el amor y la sabiduría ancestrales de sus seres queridos».
Es posible crear una relación imaginaria que entrelace muchas realidades complejas
He observado esto de primera mano en comunidades que han sufrido adversidades extremas. Hace unos años, colaboré con psicólogos armenios y con el Dulwich Centre de Adelaida (Australia) para diseñar intervenciones narrativas dirigidas a armenios que desarrollaron trastorno de estrés postraumático tras verse desplazados durante la guerra de Nagorno-Karabaj de 2020. Una de las actividades que incluimos en el programa de seis semanas fue una intervención basada en la redacción de cartas, muy utilizada en la práctica narrativa, una forma de terapia que ayuda a las personas a escribir sus propias historias de vida. En el programa, los participantes escribían a sus antepasados o a familiares fallecidos para contarles sus dificultades en sus nuevos hogares o lo mucho que los echaban de menos. Este programa se ha llevado a cabo ya con más de 500 armenios, y el 92 % ha informado de una mejora en su capacidad de acción y su sentido de pertenencia.
Aunque cualquiera puede dirigirse a los difuntos, a algunas personas les puede resultar más difícil que a otras. En ciertos casos, es posible que las familias no quieran compartir detalles sobre sus antepasados debido a la vergüenza o al estigma que rodean a determinadas narrativas. Y en el caso de aquellas familias que han sufrido un genocidio o un desplazamiento, es posible que los detalles se hayan perdido o borrado. Entonces, ¿qué se debe hacer si tu familia no comparte historias sobre los antepasados o si, sencillamente, no hay suficiente información disponible?
Independientemente de la cantidad de información disponible, sigue siendo posible crear una relación imaginaria que entrelace muchas realidades complejas. Cuando entrevisté a jóvenes armenio-estadounidenses que vivían en Estados Unidos para un proyecto de investigación, descubrí que algunas personas eran capaces de crear narrativas basadas en historias colectivas más generales que habían oído en su comunidad, mientras que otras consideraban que incluso contar historias de dolor y dificultades tenía efectos positivos. En estas entrevistas, las personas utilizaban palabras como «orgullo» y «perseverancia» al reflexionar sobre las dificultades familiares. Además, el mero hecho de conocer mejor la historia de su familia, incluso cuando esos detalles resultaban dolorosos, les ayudaba a dar más sentido a sus propias vidas y a desarrollar un sentido de la responsabilidad personal para seguir contando estas historias. «Si las generaciones futuras no cuentan [estas historias], ¿quién lo va a hacer?», preguntó uno de los participantes.
Estas narrativas heredadas pueden integrarse en la identidad del narrador y contribuir a un sentido del yo resiliente y coherente. En un estudio con las generaciones más jóvenes de armenio-estadounidenses, las historias de los bisabuelos se transmitían utilizando palabras como «nosotros»: los entrevistados compartían estas historias como si hubieran vivido ellos mismos los acontecimientos.
«Guardar silencio sobre el dolor familiar rara vez es una estrategia eficaz para sanarlo», escribe Mark Wolynn en Este dolor no es mío (titulado originalmente en inglés It Didn't Start With You, de 2016). «El sufrimiento volverá a aflorar más adelante, y a menudo se manifestará en los miedos o los síntomas de una generación posterior». Cuando leí por primera vez el libro de Wolynn, pensé en la historia de mi bisabuela materna, Nana Mam, cuyo marido había sido asesinado durante el genocidio armenio de 1915-1916. Tenía veintitantos años cuando supe que su segundo marido era un hombre controlador que la había alejado de su hijo de cuatro años y le había prohibido viajar para visitarlo. En mi familia, como en tantas otras, el sufrimiento que se había acumulado a lo largo de generaciones solía ser un tema que se evitaba con mucho tacto.
Pero, ¿había algo más que se hubiera transmitido y que yo hubiera pasado por alto? Aparte de las historias no contadas y el dolor no superado, ¿qué había sido de las fortalezas, las virtudes y la resiliencia que fluían por ese mismo árbol genealógico? Pues bien, eso también se transmitió. Aprender a hablar con los muertos me ayudó a comprender lo bueno y lo malo, y todo lo que hay entre medias.
Las conversaciones con mis antepasados se cuelan ahora en mi día a día: una pequeña risita al recordar un chiste que compartí con mi abuela, o contarle a Nana Mam que estoy aprendiendo a decir que no. Y, por supuesto, sigo hablando con mi abuelo. Me siento cercana a este hombre al que nunca conocí. Ambos compartíamos una peca marrón debajo de los ojos: la mía debajo del izquierdo, la suya debajo del derecho.
Últimamente pienso en mis futuros nietos y espero que algún día ellos también me hablen, mucho después de que yo ya no esté.
No les responderé. Pero eso nunca fue lo importante.



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