Traducido por el equipo de SOTT.net

Los prisioneros de guerra coreanos de la década de 1950 fueron sometidos a los primeros experimentos MK-ULTRA mientras se encontraban bajo custodia estadounidense, según documentos de la CIA recientemente desclasificados que confirman estos experimentos por primera vez.
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© The Intercept / Photo by Bert Hardy/Picture Post/Hulton Archive/Getty Images
La única referencia anterior a que se utilizara a coreanos como conejillos de indias para estos experimentos era el emblemático libro de 1979 del periodista John Marks, En busca del candidato de Manchuria. Utilizando documentos de la CIA, Marks rastreó el ahora infame proyecto MK-ULTRA hasta sus inicios, cuando se conocía como Proyecto Bluebird. En el libro, Marks describe cómo, en octubre de 1950, 25 prisioneros de guerra norcoreanos anónimos fueron elegidos como los primeros sujetos de prueba para recibir técnicas de interrogatorio «avanzadas», con el objetivo manifiesto de «controlar a un individuo hasta el punto de que haga lo que le ordenemos en contra de su voluntad e incluso en contra de leyes fundamentales de la naturaleza como la de la autoconservación».

Aunque MK-ULTRA es más conocido por sus experimentos invasivos (como la administración de LSD y la tortura), los documentos confirman que los prisioneros de guerra coreanos fueron sujetos involuntarios de intentos menos llamativos de control mental, como someterse a pruebas de polígrafo, con planes para otras pruebas invasivas.

Los documentos desclasificados, que el Archivo de Seguridad Nacional publicó entre diciembre de 2024 y abril de 2025, están disponibles a través de una colección especial titulada «La CIA y las ciencias del comportamiento: control mental, experimentos con drogas y MK-ULTRA». La página web del Archivo de Seguridad Nacional afirma que la colección «reúne más de 1200 documentos esenciales sobre uno de los programas más infames y abusivos de la historia de la CIA».

La primera referencia al «Proyecto Bluebird» en la colección del NSA es un memorándum interno del 5 de abril de 1950. Dirigido al director de la CIA, Roscoe H. Hillenkoetter, el documento expone los objetivos del proyecto, la formación necesaria y el presupuesto, al tiempo que hace hincapié en que el conocimiento del Proyecto Bluebird «debe restringirse al número mínimo absoluto de personas».

El memorándum incluye planes detallados para equipos de interrogatorio formados para utilizar polígrafo, diversas drogas e hipnotismo «con fines de control de la personalidad». Estos equipos debían estar compuestos por tres personas: médico (a ser posible, psiquiatra), hipnotizador y técnico de polígrafo. El memorándum aclara que, mientras que el médico y el técnico tendrían que someterse a unos cinco meses de formación, el hipnotizador del propio departamento del Personal de Inspección y Seguridad podría estar disponible de inmediato. En un memorándum posterior, del 2 de febrero de 1951, se plantean consultas sobre la adquisición de seis dispositivos «hypospray»: instrumentos experimentales diseñados para inyectar sedantes de forma encubierta a través de la piel mediante «inyección a presión». Hay una solicitud para investigar la modificación de un «lápiz de gas lacrimógeno» y otros «dispositivos de acción no establecida», como la «pistola alemana "Scheintot" [sic] (apariencia de muerte)».

El presupuesto propuesto para el proyecto, de 65 515 dólares, incluía los salarios del equipo y el material, como jeringuillas, toallas y cámaras de película. El presupuesto también destina 18 000 dólares a «Transporte», y aunque las ubicaciones reales en el extranjero están censuradas, el informe de una reunión de la CIA celebrada un año después señala específicamente un «proyecto en Japón y Corea en el que el Ejército había utilizado a un operador de polígrafo junto con un equipo de psiquiatras y psicólogos con prisioneros de guerra coreanos».

Aunque la propuesta inicial del Proyecto Bluebird hacía hincapié principalmente en el potencial del «control de la personalidad», está claro que los responsables de la CIA también estaban interesados en resultados más amplios y ambiciosos. Un documento que resume una «reunión especial» entre los servicios de inteligencia de EE.UU., Reino Unido y Canadá señala el deseo de la CIA de investigar «los factores psicológicos que llevan a la mente humana a aceptar determinadas creencias políticas» y «determinar los medios para combatir el comunismo», «'vender' la democracia» y prevenir la «penetración del comunismo en los sindicatos». En otra reunión celebrada el 9 de mayo de 1950, se pidió «al Cirujano General del Ejército que incluyera en la lista de búsqueda de los documentos de los Juicios de Nuremberg solicitudes de información sobre drogas, narcoanálisis y técnicas especiales de interrogatorio».

Hubo solicitudes de otras pruebas que, en aquel momento, se consideraron «imposibles por razones de seguridad». Según un memorándum del 18 de septiembre de 1951, esto incluía «experimentos en el exterior con SI inducida por teléfono». El autor explica que esta hipnosis telefónica ha tenido, hasta ahora, «un éxito universal», aunque aún no se habían aprobado las pruebas en el ámbito de la agencia.

Un memorándum desclasificado que destaca la importancia del proyecto entra en más detalles y menciona «problemas específicos que solo pueden resolverse mediante experimentos, pruebas e investigación». A diferencia de las listas de material necesario para el Proyecto Bluebird, los «problemas específicos» que los funcionarios esperaban explorar en los experimentos ofrecen una perspectiva singularmente íntima de los intereses de la agencia. Algunos ejemplos de estos «problemas» son:
  • «¿Podemos provocar... una acción contraria a los principios morales básicos de un individuo?».
  • «¿Podríamos capturar a un sujeto y, en el espacio de una o dos horas... hacer que estrellara un avión, descarrilara un tren, etc.?».
  • «¿Podemos "alterar" la personalidad de una persona? ¿Cuánto tiempo duraría?».
  • «¿Podemos garantizar la amnesia total en cualquier circunstancia?».
Esta última pregunta, relacionada con la amnesia inducida por fármacos, resultaría increíblemente relevante meses más tarde, cuando el primer equipo de técnicos del Proyecto Bluebird llegó a Japón para llevar a cabo las pruebas iniciales. Según Marks, estos hombres «probaron combinaciones del depresivo amital sódico con el estimulante benzedrina en cada uno de los cuatro sujetos, los dos últimos de los cuales también recibieron un segundo estimulante, la picrotoxina». El equipo intentaba inducir un estado de amnesia administrada médicamente y, según sus informes, los experimentos resultaron lo suficientemente exitosos como para continuar con más pruebas. Dos meses después, según el libro de Marks, el equipo del Proyecto Bluebird comenzó a probar técnicas de interrogatorio más «avanzadas» en 25 prisioneros de guerra norcoreanos en Japón.

En estos documentos desclasificados brilla por su ausencia cualquier prueba de que los enemigos de EE.UU. llevaran a cabo experimentos similares. El mito central que inspira el MK-ULTRA y el Proyecto Bluebird es la historia del soldado estadounidense que regresaba a casa tras meses de cautiverio a manos de las fuerzas enemigas, solo para descubrir que en realidad era un agente doble hipnotizado. A lo largo de la Guerra de Corea, los cinéfilos estadounidenses pudieron ver películas protagonizadas y narradas por el futuro presidente Ronald Reagan. Estas películas mostraban a las tropas estadounidenses siendo torturadas psicológicamente por soldados chinos y norcoreanos hasta que se les implantaban en la mente peligrosos ideales antidemocráticos sin su conocimiento.

El conocimiento que la mayoría de los estadounidenses tienen sobre estas experiencias se basa en una obra de ficción: el thriller político de Richard Condon de 1959, «El mensajero del miedo». En el libro de Condon (y sus dos adaptaciones cinematográficas), un soldado estadounidense regresa a casa con un secreto, uno del que ni siquiera él mismo es consciente. Mientras estuvo cautivo por soldados norcoreanos y chinos, el prisionero de guerra estadounidense fue sometido a un lavado de cerebro por las tropas enemigas, convirtiéndolo sin saberlo en un asesino durmiente con el objetivo de ser «activado» para matar a un candidato presidencial.

A medida que el Proyecto Bluebird se transformó en el Proyecto Artichoke y, más tarde, en MK-ULTRA, los objetivos de la CIA parecieron orientarse hacia la idea de vencer al enemigo en su propio terreno. En esencia, los programas relacionados con experimentos psicológicos se consideraron un mal necesario después de que nuestras propias tropas regresaran a casa hipnotizadas y transformadas por nuestros enemigos. Si bien esta narrativa ofrece una excusa conveniente para explicar por qué la CIA desarrolló programas como Bluebird en primer lugar, un documento desclasificado cuenta una historia diferente.

En un testimonio de 1983 del químico de la CIA Sidney Gottlieb, quien dirigió los experimentos MK-ULTRA, este recuerda haber recibido la confirmación de que, tras una investigación exhaustiva, no había pruebas de que ningún prisionero de guerra estadounidense hubiera sido sometido a hipnosis inducida por drogas en ningún momento durante la Guerra de Corea. «Según recuerdo», dijo Gottlieb, «[el informe] básicamente decía que consideraban que las técnicas que utilizaban los chinos o los coreanos no eran esotéricas... [Estas] no dependían de técnicas sofisticadas que utilizaran drogas u otros medios más técnicos». Además, un memorándum de 1952 dirigido a Allen Dulles refuerza la disposición de la CIA a financiar estos experimentos sin ninguna prueba de que los países enemigos estuvieran llevando a cabo investigaciones similares: «No podemos aceptar esta falta de pruebas como prueba».

En uno de los momentos más reveladores de toda la colección de documentos, Morse Allen, de la CIA, relata una conversación con un empleado de la agencia sobre la eficacia de interrogar a personas mediante hipnosis. «Las personas bajo hipnosis proporcionan información», escribe Allen, «pero... no siempre puede considerarse precisa, ya que en ciertos estados hipnóticos se producen fantasías e incluso alucinaciones». Al leer las extensas hojas presupuestarias de medicamentos, jeringuillas, polígrafos e hipnotizadores, junto con los detalles del libro de Marks, la imaginación comienza a intentar llenar los vacíos, derivando hacia la fantasía. Es una experiencia que encaja a la perfección con la investigación sobre la búsqueda de la CIA de tecnología destinada a borrar hechos, experiencias y recuerdos.

A lo largo de estos documentos desclasificados hay numerosos recordatorios de que la etiqueta de la Guerra de Corea como «la guerra olvidada» sirve, en parte, como ofuscación intencionada. Las personas, las historias y los crímenes rara vez se olvidan por accidente, y lo que estas revelaciones demuestran claramente es que sigue habiendo un mundo de diferencia entre el olvido de la historia y su borrado rápido y coordinado.