Traducido por el equipo de SOTT.net
Esta mañana,
The New York Times ha publicado un artículo de una inmunóloga que no se vacunó de niña, descubrió la ciencia, se puso las vacunas y ahora quiere ayudar a otros padres a ver la luz. Tiene ese brillo característico del
New York Times, está bien escrito y resulta emocionalmente conmovedor. Y, sin embargo, si has estado prestando atención a la
maquinaria mediática, puedes ver que este artículo no es más que un chantaje emocional. Es sofisticado y habla el lenguaje del amor maternal. El hecho de que vaya ataviado con una bata de laboratorio lo delata.
El argumento del artículo es sencillo: la madre de la autora no la vacunó por amor. La autora ahora vacuna a sus propios hijos por amor. La única diferencia es la información y el apoyo emocional. ¿La moraleja de la historia? Los padres que no vacunan a sus hijos no son malas personas; simplemente aún no han sido guiados hacia la conclusión correcta.
Cualquiera que no haya estado dormido durante los últimos años puede reconocer el juego.
En 2021, la gobernadora de Nueva York,
Kathy Hochul, se presentó ante una congregación y les dijo que los vacunados eran «los inteligentes», que quienes se negaban «no escuchaban a Dios»
y que los fieles debían salir como «apóstoles» y convertir a los no creyentes. Fue un discurso mezquino, burdo y vergonzoso en muchos sentidos.
Y luego estaba Bill de Blasio. En plena campaña de vacunación de la ciudad,
el alcalde de Nueva York apareció ante las cámaras alardeando con un plato de hamburguesa con patatas, mientras gemía «Mmm, vacunación» como si estuviera rodando un anuncio de McDonald's.
Nunca me he sentido tan avergonzado de ser neoyorquino como al ver a esos dos representar a mi ciudad natal durante ese periodo.
El artículo del
Times es exactamente el mismo sermón dirigido a una congregación diferente. Tres argumentos a favor del mismo producto. De Blasio tentó con patatas fritas a quienes no podían permitirse decir que no. Hochul apeló al alma. El
Times apunta directamente a la clase de los portátiles. El enfoque puede parecer diferente, pero el mensaje es obvio: solo hay una respuesta correcta y la tienen las instituciones. Todas estas son meras tácticas para que los reticentes se conviertan.
Curiosamente, el artículo del Times nunca menciona que Estados Unidos tiene el calendario de vacunación infantil más agresivo del mundo desarrollado. Tampoco menciona que,
en 1986, el Congreso aprobó una ley que eximía a los fabricantes de vacunas de la responsabilidad civil tradicional; se nos dijo que no era porque los productos fueran peligrosos, sino porque los fabricantes amenazaban con abandonar el mercado si no se les protegía de las demandas. Quizá lo más revelador es que nunca plantea la pregunta obvia que dicta el sentido común:
¿por qué decidió el Congreso que la única forma de garantizar el suministro de vacunas era eliminar la responsabilidad legal que se aplica a prácticamente cualquier otro producto que se introduce en el cuerpo? ¿Y cuánto ha costado esa concesión en términos de confianza pública?
Nunca se menciona el
Programa de Indemnización por Lesiones Causadas por Vacunas,
que ha pagado más de 4 mil millones de dólares a las familias a lo largo de las últimas décadas (un tribunal federal que existe con el único propósito de reconocer que estas lesiones son reales). Cabría pensar que eso haría que los debates sobre el riesgo fueran perfectamente razonables. Al parecer, no es así. Por el contrario, el mero hecho de sacar el tema a colación hace que te tachen de peligroso.
Nunca se menciona el trabajo de investigadores como
Toby Rogers u organizaciones como
Children's Health Defense, que llevan años analizando a fondo los datos reales sobre los efectos adversos, cuestionando los cálculos aceptados sobre la relación riesgo-beneficio y exigiendo a los fabricantes y a las autoridades reguladoras que hagan público su trabajo. Por si sirve de algo, la cuestión no es estar de acuerdo con todo lo que publican.
Estas personas no aparecen en ningún debate general sobre las vacunas. No se debate sobre ellas. No se les refuta. Simplemente están ausentes. Si no supiera más, diría que se trata de una barrera de protección, no de un mero descuido.
Yo diría que esa ausencia está minando la confianza del público más que cualquier cosa que esos investigadores hayan publicado jamás. Cuando los padres buscan respuestas y se encuentran con todo un mundo de datos que el
New York Times finge que no existe, pueden llegar a la conclusión de que el
Times está manipulando a sus lectores, en lugar de informarles.
No hace falta oponerse a ninguna vacuna para que eso te resulte preocupante. Basta con creer que los padres merecen un debate público honesto.
La autora del artículo describe cómo el pediatra de su propia madre restó importancia a sus preguntas y se apresuró a terminar la consulta. Ella lo califica de fallo del sistema. Lo que me pareció más interesante (y obvio) es que su artículo hace exactamente lo mismo, pero desde el punto de vista opuesto. Pasa por alto todas las preguntas difíciles para llegar a la respuesta que ya tenía decidida antes de empezar a escribir. ¿Se trata de un descuido o simplemente de una mentira por omisión? Quienes estudian la propaganda saben que esto último puede resultar devastadoramente eficaz.
Lo sé de primera mano. Cuando mi mujer y yo tuvimos hijos, uno de mis mejores amigos nos suplicó que no los vacunáramos. Sabía que no era alguien que se inventara cosas ni que tuviera otra intención que no fuera la verdad. Quiero decir, ¿tan malo podía ser todo esto si es la norma que la mayoría de los padres aceptan? Solo los locos como mi amigo tomaban ese camino, ¿verdad? En el fondo, quizá sabía que tenía razón (y que era más inteligente que yo), pero fui intelectualmente perezoso. No quería hacer el esfuerzo de indagar en la historia, leer aburridos artículos científicos o entender cómo funcionaba realmente el sistema. En su lugar, optamos por un término medio. Creíamos que estábamos siendo listos al espaciar las vacunas obligatorias. En retrospectiva, fue una excusa. Negociamos con un sistema en el que no confiábamos del todo, pero al que no nos molestamos en enfrentarnos.
Si tuviera que volver a pasar por todo esto, tendrías que matarme antes de clavar una aguja a mi hijo. No porque afirme tener la certeza de que mis hijos sufrieran algún daño. Sino porque
he visto lo suficiente como para cuestionar todo el sistema: las exenciones de responsabilidad, la etiqueta de «antivacunas», las conversaciones silenciadas, la negativa institucional a abordar cualquier cosa que cuestione el guion establecido. Una vez que ves cómo funciona todo esto, ya no puedes dejar de verlo. ¿Cómo podría inyectar a mis hijos una confianza que ya no tengo?
Pero esta diatriba no va sobre la ciencia. Ese es un debate mucho más largo y matizado. Se trata de la estafa.
El juego es tan sencillo como diabólico:
enmarcar el debate de tal forma que solo sea posible una conclusión y, a continuación, mostrar cierta apertura mental respecto a
cómo la gente llega a esa conclusión. Ser empático con el camino recorrido. Ser compasivo con la lucha. Pero nunca, jamás, permitir que se cuestione el destino.
La articulista muestra empatía hacia los padres indecisos, pero es evidente que se trata de una técnica de conversión.
No la extiende a los padres cuyos hijos sufrieron convulsiones tras los pinchazos. Ni a las familias que vieron cómo sus hijos retrocedían en su desarrollo y pasaron años escuchando que era una coincidencia. Ni a nadie que examinara las pruebas y llegara a la respuesta «equivocada». Su compasión tiene una dirección, y apunta hacia doblegarse ante la respuesta socialmente aceptable. Cualquier otra cosa sería de mal gusto y una tontería.
Admiraría su elegancia si no fuera tan malditamente siniestro. Se aprovecha de lo que considero uno de los mejores atributos de nuestra especie (la empatía) atacando algunos de nuestros puntos ciegos más evidentes (el miedo, el conformismo). Se apropia del lenguaje de la comprensión y la amabilidad para acallar el diálogo que finge abrir. Dice: «Te veo, te escucho... ahora cállate y haz lo que se te dice».
Y esto no es exclusivo de las vacunas. Si cuestionas a la Reserva Federal, es que no entiendes de economía. Si cuestionas el proceso electoral, eres una amenaza para la democracia. Si cuestionas la guerra, es que no apoyas a las tropas. El discurso siempre parece seguir el mismo patrón: reconocer la preocupación, validar la emoción y, a continuación, guiar al público hacia la conclusión que, en realidad, nunca se puso en duda. Lo único que cambia es el tema.
Cualquier padre o madre con sentido común puede darse cuenta de esto si se detiene lo suficiente para plantearse unas cuantas preguntas básicas. ¿Por qué un producto seguro necesita inmunidad legal? ¿Por qué los padres y madres mejor informados son los más reticentes?
¿Por qué toda conversación convencional sobre el tema sigue exactamente el mismo guion: reconocer las preocupaciones, redirigir hacia el cumplimiento y nunca abordar el fondo del asunto? ¿Y por qué los investigadores y defensores que realizan el trabajo más arduo sobre el tema quedan al margen del discurso aceptable?
El artículo del
New York Times termina con la frase: «Mi motivo era el mismo que el de mi madre: los quiero profundamente».
Es una frase preciosa que pone de manifiesto una técnica literaria muy bien pensada. Si yo fuera uno de esos «teóricos de la conspiración» sobre los que tanto he leído últimamente, quizá también sugeriría que se trata de una trampa. La idea subyacente es que ese amor solo va en una dirección (hacia la aguja) y que, si elegiste otra cosa, bueno, es que simplemente no sabías lo que te convenía.
El amor no es lo que nos dividió; fueron nuestras instituciones.
Y los padres no se volvieron de repente anticientíficos. Se volvieron antiarrogancia y antimanipulación.Si quienes dirigen las organizaciones que se supone que deben informarnos y protegernos (las consultas médicas, las universidades y, sí, el
New York Times) quieren recuperar nuestra confianza, estoy bastante convencido de que deben cambiar su certeza por algo de humildad. Soy escéptico respecto a que lleguemos a ese punto, sobre todo porque eso requeriría entablar una conversación que todo el sistema está diseñado para impedir, y publicar artículos en el
New York Times que no terminen con todo el mundo poniéndose manos a la obra.
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