Traducido por el equipo de SOTT.net
babylonian tablet customer complaint
© Wikimedia CommonsQueja del comerciante Nanni al proveedor Ea-nasir por la mala calidad de sus productos y el deficiente servicio al cliente.
El sitio web Fast Com­pa­ny publicó un artículo que describe el «proyecto Com­plaint Restraint», una iniciativa que tiene como objetivo crear una «vida positiva mediante la eliminación de las declaraciones negativas». Es un objetivo admirable. Aunque la mayoría de nosotros sentimos un amor perverso por regodearnos en nuestra miseria, un rasgo humano amplificado mil veces por Internet, quejarse rara vez mejora las cosas. Como en la parábola de Buda de la «segunda flecha», nuestras quejas pueden hacer que nuestro sufrimiento sea doblemente doloroso; al igual que en la parábola de la «flecha envenenada», pueden posponer o sustituir las acciones constructivas que debemos emprender para sanar o mejorar nuestra condición.

Pero sería un error pensar que quejarse es de alguna manera un fenómeno reciente, aunque lo oigamos cada día más, todo el tiempo, en todos los rincones del mundo. Las historias budistas de las flechas tienen, al fin y al cabo, al menos un par de milenios de antigüedad; la lamentación constituye, en mayor o menor medida, un género propio en la literatura bíblica.

Aún más antigua que estas fuentes religiosas es la primera queja documentada sobre el servicio al cliente, una variedad específica de queja que se nos puede perdonar por asociar principalmente con una era moderna y y uno de los pocos tipos de quejas que pueden generar resultados positivos.

A falta de una aplicación como Yelp, el antiguo consumidor babilónico inscribió su queja en una tablilla de arcilla — que ahora se encuentra en el Museo Británico — alrededor del año 1750 a. C. El furioso comprador, Naní, que escribe a alguien llamado Ea-nasir, recibió un envío de mineral de cobre de calidad inferior, tras un molesto retraso y en mal estado.

En la traducción que figura a continuación, realizada por el asiriólogo A. Leo Oppenheim, Naní da rienda suelta a su ira.
Decid a Ea-nasir: Nan­ni envía el siguiente mensaje:

Cuando viniste, me dijiste lo siguiente: «Le daré a Gim­il-Sin (cuando venga) lingotes de cobre de buena calidad». Luego te marchaste, pero no cumpliste lo que me prometiste. Le diste a mi mensajero (Sit-Sin) lingotes que no eran buenos y le dijiste: «Si quieres llevártelos, llévatelos; si no quieres llevártelos, ¡vete!».

¿Por quién me tomas, que tratas a alguien como yo con tanto desprecio? He enviado como mensajeros a caballeros como nosotros para recoger la bolsa con mi dinero (depositado contigo), pero me has tratado con desprecio al enviarlos de vuelta varias veces con las manos vacías, y eso a través del territorio enemigo. ¿Hay alguien entre los mercaderes que comercian con Tel­mun que me haya tratado de esta manera? ¡Solo tú tratas a mi mensajero con desprecio! Por esa única mina (insignificante) de plata que te debo (?), te sientes libre de hablar así, mientras que yo he dado al palacio en tu nombre 1080 libras de cobre, y umi-abum ha dado igualmente 1080 libras de cobre, aparte de lo que ambos hemos hecho escribir en una tablilla sellada para ser guardada en el templo de Samas.

¿Cómo me has tratado por ese cobre? Me has retenido mi bolsa de dinero en territorio enemigo; ahora te corresponde a ti devolverme (mi dinero) en su totalidad.

Ten en cuenta que (a partir de ahora) no aceptaré aquí ningún cobre tuyo que no sea de buena calidad. A partir de ahora, seleccionaré y recogeré los lingotes individualmente en mi propio patio, y ejerceré contra ti mi derecho de rechazo porque me has tratado con desprecio.
Parece que Nan­ni se tomó este mal servicio un poco demasiado a pecho. En cualquier caso, esperemos que haya recibido alguna satisfacción por el esfuerzo que le habrá costado escribir este mensaje airado.