Traducido por el equipo de SOTT.net en español

El complotismo presenta cinco características principales que lo distingue del anticomplotismo y que resume toda su genialidad. Estas características, que repasaremos rápidamente (parte 1), son ventajas sobre el anticomplotismo que nos ayudarán a comprender, por contraste, los límites epistemológicos de este último, sus motivaciones profundas y sus fundamentos ideológicos (parte 2).
© Jean-Pierre Dalbéra
El Pensador en "Las puertas del infierno", en el Museo Rodin.
Nuestra conclusión será doble:

(i) Sólo a través del complotismo podemos aprehender la naturaleza del poder. El anticomplotismo es una emanación del poder cuya vocación es protegerlo y permitir que escape a la comprensión de aquellos sobre los que se ejerce ese poder.

(ii) Con el poder, no se dialoga: o nos sometemos a este, o lo combatimos. De ello se desprende, naturalmente, que los complotistas ya no tienen que buscar los favores de los anticomplotistas o de sus amos, ni tienen que disculparse por pensar fuera de la caja o por elaborar audaces hipótesis de trabajo. Es hora de que los complotistas se muestren ofensivos frente a la ideología del caos que el poder encarna y proyecta sobre el mundo gracias a sus retransmisiones mediáticas e institucionales, y que anuncien el complotismo como un remedio contra los impulsos mortales de la hidra globalista. El complotismo es un humanismo.

P AR T E 1

Las 5 ventajas del complotismo

1. Ventaja Metodológica

Mientras que el anticomplotista suele contentarse con enunciar la tesis (oficial), el complotista se ve obligado a trabajar, a profundizar tanto en la tesis como en la antítesis. Así, el complotista adquiere un conocimiento refinado tanto de la versión oficial como de los argumentos de la versión contraria. Esto le obliga a indagar y a examinar los hechos más a fondo, a presentarlos dentro de un orden coherente y a someterlos a un examen crítico exhaustivo.

Mientras que el anticomplotista no tiene más que repetir la tesis oficial sin necesidad de justificarla, el complotista se ve obligado a buscar pruebas sólidas que respalden sus afirmaciones con lo que acaba adquiriendo conocimientos mucho más amplios que el anticomplotista con su campo de investigación limitado, ya que basta con citar una fuente "prestigiosa" para ganar la batalla del poder mediático y la consideración de sus colegas.

Ya se trate, por ejemplo, del 11 de septiembre o del calentamiento global antropogénico, sólo los complotistas aplican el principio de la contradicción, un principio fundamental tanto para periodistas como para historiadores y jueces, a quienes les incumbe la examinación metódica y exhaustiva de las tesis de turno antes de pronunciarse sobre el fondo de cualquier asunto. El anticomplotista no ve lo absurdo de su posición que consiste en creer que la versión oficial siempre es la correcta (igual que la razón del más fuerte). Esto equivale a prohibir cualquier alternativa, cualquier contradicción, cualquier oportunidad de cuestionar la versión de los hechos una vez que ha sido estampada con el sello oficial y escupida en las ondas de los medios de comunicación dominantes.

Es así como el anticomplotista reduce lo real a una estructura congelada por los siglos de los siglos. Se comporta como el guardián de una prisión donde los hechos recalcitrantes son mantenidos a raya mientras llueven las palizas, lejos de la mirada de las multitudes, hasta convertir en pedazos la voluntad de independencia y sinceridad del prisionero. El anticomplotista reeduca y tortura a los que no siguen sus consignas o su catecismo y sólo los suelta en la arena pública cuando han abandonado cualquier pretensión de emitir su parte de la verdad. El complotista libera los hechos guardados bajo candado para que recuperen todo su sentido oculto y su autonomía, los devuelve al aire libre donde la verdad y la realidad se mueven a sus anchas.

Como el complotista no tiene derecho a los argumentos de autoridad (por ejemplo, la invocación de un supuesto "consenso científico" de expertos sobre el calentamiento global antropogénico) y estando expuesto como lo está al fuego constante de la crítica, tiene que convertirse en un orfebre en su campo si lo que pretende es contrarrestar a oponentes que se limitan a repetir mensajes inequívocos y a barrer con desprecio sus argumentos.

Por último, el complotista busca dar sentido a lo que aparentemente no siempre lo tiene. No deja lo inexplicable inexplicado. Si tres edificios se derrumban sobre sí mismos cuando sólo dos fueron percutidos por aviones, el complotista intenta dar sentido a este extraño fenómeno invocando causas humanas y físicas que pertenecen al orden natural de las cosas. Ahí donde el anticomplotista, a falta de recursos y argumentos, acaba encogiéndose de hombros, el complotista averigua causas humanas (voluntades) cuando las causas físicas (mecánica de los cuerpos y mecánica de fluidos) no son suficientes.

Por su parte, el anticomplotista no dudará en reinventar las leyes de la física, sólo para la ocasión, con el fin de no tener que ponerse a reflexionar más allá de la tesis oficial. Porque si fuera a aventurarse en el terreno resbaladizo de una hipótesis alternativa, se arriesgaría a tener que señalar a un culpable inesperado, a descubrir un acto humano, o incluso un acuerdo entre varias personas conscientes de sus actos. Así, para explicar la ausencia de restos de aviones en el Pentágono o en el sitio de Pensilvania en septiembre de 2001, los anticomplotistas invocarán la posibilidad de que los aviones hayan sido gaseado (tesis defendida por el "prestigioso" periódico Le Monde), añadiendo de paso unas nuevas reglas a las leyes de la termodinámica. Nunca se les ocurrirían las mentiras deliberadas que acechan detrás de lo inexplicable. Siguiendo este mismo patrón, en las guerras emprendidas por las democracias occidentales sólo detectan acontecimientos naturales que no están guiados por ningún pensamiento maligno o voluntad humana.

Resumiendo las ventajas metodológicas de su enfoque, podemos asegurar que el complotista trabaja más que el anticomplotista pues conoce mejor su tema y los argumentos de las partes implicadas, no se apoya en argumentos de autoridad y acumula elementos de pruebas que justifican sus afirmaciones y dan sentido a los acontecimientos y hechos en calidad de testigo.

Estas son las razones por las que los anticomplotistas casi nunca responden positivamente a las ofertas de diálogo por parte de los complotistas: en efecto, saben que lo más probable es que acaben dislocados ante los argumentos de sus oponentes. Para justificar tal negativa, clasifican de buen grado a sus oponentes bajo el nombre genérico y conveniente de "campo del odio", poniendo así entre ellos y los complotistas una especie de cordón sanitario emocional que sería arduo y peligroso que alguien intentara romper impunemente. Esta técnica de la retórica de descalificación contra el complotista suele ir acompañada de amenazas e insultos, señal de que, en el campo del método, el complotista ha empujado a su oponente al borde mismo de su propio abismo intelectual.

pensador
2. Beneficio Psicológico

El complotista no tiene ni los a priori ni los tabúes. Lo impensable siempre es concebible para él. La manera de navegar del complotista es siempre de buen grado, es metódica y prudente, no se fía de nadie, y trata a todos por igual, tanto al poderoso como al débil; los escucha con la misma atención, sin intentar agradar ni desagradar sus respectivas susceptibilidades. Quiere entender, no justificar.

Por su parte, el anticomplotista se encierra en el dogma de la infalibilidad democrática, lo que le prohíbe automáticamente el acceso a todo un abanico de posibilidades. Psicológicamente es incapaz de imaginar que las intenciones de nuestros líderes democráticos puedan llegar a ser malintencionadas. En efecto, a los ojos de los complotistas es este a priori el que convierte a los anticomplotistas en ciegos ante la realidad de gran parte de nuestro mundo. Y para ser más directo, los anticomplotistas son incapaces de comprender la naturaleza y los resortes del poder (volveremos a ello más adelante). No se dan cuenta que el poder, ontológicamente, es una física de la coerción y una metafísica de la dominación.

El anticomplotista está tan absorto en esta opinión que la interpreta como una especie de artículo de fe, nunca podrá concebir que nuestros dirigentes, con pleno conocimiento de causa, puedan por ejemplo..: (i) impedir el uso de un remedio barato y eficaz contra un virus, primo del virus de la gripe, con el fin de promover una solución imaginaria e hipotética (la vacuna) en el caso de una pandemia anunciada y deseada, una pandemia que no es tanto el resultado de la incompetencia generalizada de nuestros funcionarios encargados de los asuntos del Estado, como de un caos organizado por este último, como si de un juego de rol mundial planetario se tratase; (ii) aliarse con movimientos terroristas islamistas para derrocar regímenes laicos en Libia y Siria mediante actos terroristas a gran escala y la organización de masacres y gaseados de poblaciones enteras, mientras acusan al bando contrario como responsable de estos actos delictivos. Tales conclusiones desbordarían su capacidad psicológica y lo llevaría al borde de un ataque de nervios y de histeria.

Así es como el anticomplotista entiende que la democracia occidental no podría cometer crímenes ya que no puede albergar malas intenciones: sólo mata por medio de daños colaterales, pero estos nunca son voluntarios. Por lo tanto, no se le puede culpar de crímenes masivos, sólo de errores circunstanciales y contextuales muy a pesar de las trágicas e inesperadas consecuencias humanas. La culpabilidad de la democracia occidental nunca supera a la del estudiante que podría haberlo hecho mejor.

Los anticomplotistas sólo ven y admiten complots entre terroristas musulmanes o rusos, iraníes o chinos, cuando les conviene y refuerza sus representaciones de un mundo binario ("ellos" contra "nosotros"). Por lo general, ninguna prueba tangible es requerida; basta con que la acusación señale a los culpables para convencer a estas masas de burgueses conformistas y educados que no retroceden ante nada a la hora de plantear hipótesis y, yendo un paso más allá, que emiten teorías dignas del tipo de vulgata que periódicos oficiales como Le Monde, The Guardian o el New York Times publicarían.

3. Ventaja Conceptual

El complotista ofrece herramientas intelectuales para facilitar nuestra aprehensión del mundo. Propone términos (los haya construido él mismo o no) para designar eventos, fenómenos difíciles de definir o concebir: mundialismo, atlantismo, imperio, oposición controlada, Estado Profundo, satanismo, Nuevo Orden Mundial, injunciones paradójicas, dogma de la infalibilidad democrática, crímenes mediáticos, retórica de la descalificación, todas son herramientas de conceptos que facilitan la salida del estupor en el que nos mantiene el complejo mediático-industrial progresista, en el sentido de una mayor comprensión del mundo en el que evolucionamos.

Mientras el complotista aprecia la claridad de un concepto, el anticomplotista prefiere la confusión, la ausencia de sentido y significado, o el sentido inverso de lo absurdo: no el misterio susceptible de abrirnos una puerta a la trascendencia esperanzadora, sino el vacío como explicación universal. El anticomplotista sólo nos deja un caótico campo de batalla semántico donde la nada y la ambigüedad son dueñas de la realidad y de nuestras neuronas.

Impedir la comprensión de la realidad y la emergencia de conceptos explicativos constituye indudablemente uno de los objetivos del poder para seguir siendo "el poder" y perseverar en su ser. Su credo es permanecer esquivo, "im-pensable" e impensado para no ser combatido. Un totalitarismo cuya opresión se desconoce probablemente no dará lugar a otra oposición que no fuera la controlada. Es la genialidad de la democracia representativa, instrumento privilegiado de la oligarquía occidental, impedir que establezcamos claramente los vínculos causales entre las decisiones humanas de unos pocos y la larga cadena de desgracias de los pueblos.

4. Ventaja Moral

El complotista tiene una enorme ventaja moral sobre el anticomplotista dado tiene que mostrarse más valiente y afrontar las difíciles consecuencias sociales de sus palabras. Mientras el anticomplotista, como buen conformista adorador de la normalidad social que es, se limita a retransmitir y repetir las palabras del evangelio mediático-político que se le sirve a diario, el complotista sabe que tendrá que enfrentarse a los poderosos y a la masa que componen la burguesía culta que anda por los círculos mundanos de las múltiples socialidades en las que todos estamos invitados.

El complotista se arriesga constantemente en su vida profesional y privada por el simple hecho de expresar sus dudas y proponer explicaciones alternativas: hemos perdido el número de complotistas que han sido apartados de sus puestos de trabajo después de haber planteado algunas hipótesis inquietantes sobre el 11-S, la implicación de las democracias occidentales en el terrorismo islámico o la responsabilidad del CO2 en el calentamiento global antropogénico. Si bien la valentía no otorga la razón, tiene un valor intrínseco que distingue claramente al complotista del burgués conformista culto que hace las veces de adversario.

El complotista se atreve a nombrar el mal, se atreve a señalar a los poderosos y a los poderes que se ocultan detrás de estas manifestaciones humanas: no se contenta, como los profesionales de la revuelta, con atacar abstracciones (por ejemplo, el capitalismo), confronta poderes concretos (cuya suma de vínculos y alianzas revela todo su poder y sus estragos) y nombra a los responsables. Refiriéndose al 11 de septiembre, designará de buen grado al pequeño grupo de neoconservadores como responsables o al menos cómplices de los atentados; les hará un retrato detallado enumerando sus cv y sus fechorías probadas. En cuanto a la histeria sanitaria globalista desatada en la primavera de 2020, no dudará en señalar con el dedo el papel de Bill Gates y de los dirigentes de la OMS, de ciertas empresas farmacéuticas (como Gilead), o de ciertos medios de comunicación (como BFMTV en Francia) en el desencadenamiento de este experimento orwelliano a escala mundial.

En sus denuncias, el anticomplotista se afilia más bien con los que delatan, ya que está del lado de la vindicta representación mediática y judicial, a la censura y al proceso penal, a los denunciantes que por lo general sólo tienen su pluma en su defensa. El anticomplotista recurre fácilmente a las amenazas y la intimidación para silenciar a quienes se aventuran más allá de los caminos trillados y miles de veces transitados: la retórica de la descalificación y la histeria emocional son sus herramientas preferidas.

Así, mientras el complotista denuncia a los poderosos y se expone voluntariamente en su línea de fuego, el anticomplotista elabora listas de opositores aislados para ejecutarlos en público sin darles voz. Hay algo de Cyrano de Bergerac en el complotista: a pesar de no llevar siempre la razón, obviamente, logra abrirse un pasaje con independencia y franqueza, y revindica el derecho a equivocarse.

Los complotistas son tanto una disidencia como una resistencia. Quizá incluso los únicos que se oponen a los experimentos orwellianos que nuestras democracias oligárquicas nos imponen de vez en cuando para tantear su poder como la histeria sanitaria, la histeria del recalentamiento, la histeria anti-Trump (que no es más que el síndrome de una histeria contra los soberanistas y los partidarios de la diversidad de naciones), etc. Como veremos en la segunda parte, el anticomplotismo es una histeria.

5. Ventaja Profética

Lo que llama la atención cuando hacemos una recapitulación del complotismo de las últimas dos décadas, es su increíble capacidad para acertar en su predicción de lo que va a ocurrir. Analizando con seriedad y pertinencia el presente y el pasado reciente, el complotismo es capaz de captar mejor las orientaciones importantes que se perfilan ante nosotros que todos los expertos reunidos en cónclaves oficiales.

Trátese del 11 de septiembre, de la guerra de Irak y Siria, del calentamiento global antropogénico, del Russiagate y el asunto ucraniano en los Estados Unidos, del Covid-19 como de tantos otros temas científicos o geopolíticos, el complotismo va cosechando una victoria tras otra.

La demostración de la solidez predictiva del pensamiento complotista fue especialmente espectacular durante el episodio del totalitarismo sanitario y de seguridad que todos vivimos en la primavera del 2020. Frente a los delirantes modelos de predicción (a menudo informáticos) invocados por los comités "científicos" creados en la mayor parte de Occidente durante esta extraña crisis sanitaria en la que predecían el apocalipsis cada mañana, los complotistas utilizaron el sentido común, el análisis cartesiano, el razonamiento y la sangre fría, pudiendo así identificar rápidamente soluciones eficaces, a pesar de que fueron denostados por todos los medios de comunicación predominantes que cayeron deliberadamente en la histeria destinada a provocar la anulación del entendimiento colectivo. El complotista logró extraerse del ruido y la furia de las noticias confusas y acertó en todo: desde el análisis del problema hasta la propuesta de un remedio. Al no tener prejuicios, el conspirador escuchó a todas las partes y pudo captar al vuelo la realidad antes de que fuera confiscada y desfigurada por los torturadores de la información que insertaron el miedo como único vector con el que representar al mundo. Volveremos sobre este tema en detalle en la segunda parte o en otro artículo.

Desde el inicio del conflicto en Siria, sólo los complotistas sabían que el presidente Bashar al-Assad contaba con el apoyo de la gran mayoría de su pueblo y que no se encontraba al borde de la derrota, aunque todos los periódicos occidentales del establishment anunciaban en sus interminables columnas el inminente fin del "régimen sanguinario". En cuanto al Russiagate y la implicación del clan Obama en el espionaje de la campaña de Trump en 2016 y 2017, sólo los complotistas entendieron que, efectivamente, se trataba de un intento de desestabilización de un candidato (y luego de un presidente) que no era lo suficientemente globalista, organizado por el Estado Profundo estadounidense, y que no existían pruebas que confirmaran que era un agente ruso, se mire como se mire (todos los documentos recientemente desclasificados confirman este análisis). En lo que respecta al calentamiento global, detallaremos en un próximo artículo, las numerosas victorias epistemológicas duramente ganadas contra (i) las arrogantes y fallidas predicciones de la "unanimidad" de los científicos del planeta y (ii) ¡la profunda convicción de una opinión pública mundial caldeada hasta la médula contra una amenaza que sólo existe en los delirantes modelos informáticos de los mercaderes del miedo!



El complotismo es la gran aventura humana, intelectual y política de nuestro siglo. Si queremos que el hombre persevere en sus fundamentos humanos, lejos de las promesas transhumanistas y tecnicistas que nos quieren imponer sin dar lugar a debate, es hora de afirmar lo que somos: un humanismo.



"La particularidad del prestigio consiste en impedir que veamos las cosas como son y en paralizar todos nuestros juicios. Las multitudes siempre, y los individuos casi siempre, necesitan de opiniones prefabricadas sea cual sea el tema. El éxito de estas opiniones es independiente del grado de verdad o error que contengan; únicamente depende de su prestigio."

Psicología de las multitudes
Gustave Le Bon
1895