George Orwell imaginó una arcadia distópica donde la perversión del lenguaje funciona como una herramienta de control mental para enaltecer el fervor de los convencidos y corregir los pensamientos disidentes.
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1984 Londres es una ciudad plomiza en la que el autoritarismo del Partido controla hasta los aspectos más triviales de la vida de sus ciudadanos. George Orwell imaginó una arcadia distópica donde la perversión del lenguaje funciona como una herramienta de control mental para enaltecer el fervor de los convencidos y corregir los pensamientos disidentes. Una simplificación de las palabras bautizada como neolenguaje que ha traspasado las páginas de la ficción para germinar en el argumentario político y en el discurso de los medios de comunicación. De esta forma, dilapidar 2.000 millones en carreteras fantasmas es una "inversión" en infraestructuras, rescatar a la banca, una "inyección" de liquidez, pero aumentar un 2% el presupuesto para la dependencia, un "gasto" social. Refuerzo positivo para enmascarar las tropelías y semántica perniciosa para demonizar los anclajes del estado del bienestar.
2017 ha sido el año de la infamia en el que la prensa ha engrasado la máquina del fango para disfrazar la miseria y la precariedad con un neolenguaje de terminología barroca y anglicismos hipsters.
1. Nesting, sinkies y coliving."No salir de casa rebaja la ansiedad e ilumina la mente". Es el eslogan del
nesting, un palabro fabricado por una consultoría internacional para renombrar el hecho de quedarse todo el fin de semana en casa porque el salario de miseria de tu contrato basura no permite el alarde de tomarse una cerveza.

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