¿Qué pasó con el Davos de algunos pocos años atrás donde el desfile de burócratas, empresaurios y teóricos del nuevo globalismo tecnocrático, todos al unísono, defendían la creación de un nuevo mundo paradisíaco donde nadie tendría nada pero todos serían felices? ¿Alguien lo sabe?

© AI generated imageSe rompió el WEF
¿Dónde quedaron esos "maravillosos" proyectos para borrar de la faz de la tierra los combustibles fósiles y cubrir el planeta de molinitos eólicos? ¿Dónde fueron a parar los entusiastas de que comamos alimentos a base de insectos y dejemos que las vaquitas corran libres por los campos, campos por cierto que serían debidamente expropiados a los agricultores? ¿Dónde quedaron los impulsores de las ciudades de 15 minutos, los pasaportes sanitarios, las monedas digitales de los bancos centrales, los sistemas de créditos ciudadano, y todas esas maravillas del nuevo nirvana globalista tecnocrático? ¿Dónde están los pseudo-científicos defensores del calentamiento global antropogénico entusiastas de ponerles un bozal y un tapón en el trasero a las vacas para que dejen de contaminar nuestro bello planeta?
Todos ellos desaparecieron o pasaron a ser los extras de esta tragicómica película llamada Foro Económico de Davos. Resulta que los protagonistas del largometraje ahora son otros. Ahora destellan en la pantalla unos singulares personajes que oscilan entre lo bizarro y lo patético.
El podio de lo Bizarro sin duda lo encabeza Donald Trump, mientras que el podio de lo patético está definitivamente desbordado, pues personajes como Macron, Rutte o el flamante Primer Ministro de Canadá combaten con admirable tenacidad para tomar el preciado número uno.
Estos últimos se destacan por su charlatanería. Unos pretenden ser los representantes del injustificado orgullo europeo (caso Macron), y otros nos asquean con su verborrea filosófica (como es el caso del canadiense Carney). Pero aunque en las formas parecen diferentes, la cuestión de fondo es la misma,
todos ellos intentan resolver el enigma de cómo adaptarse y sobrevivir al neo-imperialismo americano impuesto por Donald Trump.
Y ojo que la cuestión no se centra tanto en discutir cómo crear caminos alternativos para construir un nuevo mundo mejor y más justo, más bien se trata sobre
cómo encastrar la mediocridad política de antaño carente de imaginación y subordinada a los intereses del viejo imperio anglo-americano, en el nuevo contexto geopolítico propuesto por Trump donde el que tiene más músculo golpea más fuerte e impone sus antojadizas agendas a los demás.
Hasta la más minúscula fibra de cada uno de estos payasescos personajes está invertida en encontrar el modo de seguir a bordo del barco de los ganadores. Claro, hace algunos años todos ellos eran marineros de segunda clase en la fragata de guerra que comandaba EEUU, y eso era suficiente. En ese barco se comía bien y nunca faltaba nada mientras todo el mundo obedeciera al capitán.
Por supuesto que nunca nadie alzó la voz denunciando la avaricia imperial del capitán estadounidense, nadie se escandalizó mientras la implacable embarcación hundía cada pequeña barcaza que se le cruzaba en el camino haciéndose con el jugoso botín. No, todos los marineros (a los que el capitán solía llamar socios) miraban para otro lado sin remordimiento y se quedaban con una pequeña tajada que les garantizaba una buena y disipada vida.
Pero el nuevo capitán del barco vino con ínfulas de gran transformador y está cambiando algunas cosillas en el barco. Y como resultados de estos cambios ahora está haciendo caminar a todos por la plancha para saltar al océano y ser alimento de los tiburones.
Así que no se deje confundir, algunos van a intentar utilizar la demencia imperial de Trump para hacerle creer que están de su lado, pero no, ellos han estado siempre del lado de los villanos, es sólo que ahora, cuando están a punto de caer en desgracia y pasar a ser víctimas del sistema que antaño defendieron, están espantados con la sola idea de tener que sufrir las mismas calamidades que en otras épocas fueron cómplices de desatar sobre millones de víctimas inocentes.
En el Davos reciente, Mark Carney dijo algunas cosas que son ciertas, como por ejemplo que las naciones occidentales, históricamente aliadas de EEUU, han vivido en una mentira y eso no ha hecho más que alimentar la avaricia del Imperio. Es verdad, pero al amigo Carney se le olvidó mencionar que los mal llamados socios de EEUU no se preocuparon demasiado por las injusticias del Imperio mientras que las sobras que caían de la mesa fueran suficientes como para que ellos pudieran tener una vida cómoda y placentera.
Ahora ya no hay sobras, la nueva estrategia de EEUU no deja caer nada de la mesa, por lo tanto los otrora cómplices de los crímenes atroces del Imperio, ahora nos dices que este es un buen momento para repensar el mundo.
¿Qué conveniente no? Mientras que eran los bufones que vivían cómodamente en el palacio no importaba si el Imperio era brutal, despótico y depredador. Ahora que el nuevo emperador está reevaluando costos y va a despedir a todos los bufones porque ya no le hacen reír, parece que llegó el momento de cuestionar la avaricia desmedida del Imperio.
Prepárese porque seguramente le van a repetir hasta el cansancio que Trump es lo peor, que es un hombre malo o loco, o las dos cosas al mismo tiempo. Pero no, Trump no es el peor. Ellos, los líderes de las naciones socias y cómplices de EEUU son infinitamente más malvados y sombríos. Su hipocresía y cinismo no tienen límite.
O trate de verlo de este modo: al menos Trump no esconde sus demenciales intenciones detrás de palabras bonitas, dice lo que piensa y hace lo que dice. En cambio los sujetos de la calaña de Macron, Mertz, Sánchez o Starmer son cucarachas rastreras que mienten descaradamente sin vacilar.
Nacido en Argentina, Mauricio Santecchia es un Analista de Sistemas Informáticos especializado en consultoría en las áreas de Tecnologías de la Información y Comunicaciones.
Desde el año 2011 es parte del equipo de editores de SOTT.
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