Traducido por el equipo de SOTT.net

España acaba de vivir el invierno más lluvioso en casi medio siglo, con una sucesión incesante de tormentas que han convertido tranquilos pueblos en zonas inundadas y han obligado a realizar evacuaciones de emergencia en diversas partes del país.
Vehicles drive through floodwater on a street in Spain after record winter storms brought the heaviest rainfall in nearly 50 years.
© Siahay Photo CornerLos vehículos circulan por una calle inundada en España después de que unas tormentas invernales sin precedentes provocaran las lluvias más intensas de los últimos 50 años.
Entre finales de diciembre y mediados de febrero, once tormentas consecutivas azotaron la Península Ibérica, provocando lluvias récord, crecidas repentinas y deslizamientos de tierra. Según la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET), las precipitaciones registradas durante este periodo son las más altas de los últimos 47 años, lo que supone un cambio drástico para un país mucho más acostumbrado a preocuparse por la sequía que por los ríos desbordados.

Para muchos residentes y expatriados que viven en el sur de España, las escenas han sido impactantes. Regiones famosas por su sol y sus paisajes áridos se han visto de repente enfrentadas a ríos crecidos, carreteras dañadas y comunidades aisladas del mundo exterior.

Una serie de tormentas que transformaron el invierno español

El punto de inflexión se produjo cuando la tormenta Leonardo azotó el sur de la península, especialmente Andalucía, trayendo consigo lluvias intensas y fuertes vientos.

En algunas zonas cayeron hasta 120 milímetros de lluvia en solo un día, mientras que las rachas de viento alcanzaron los 150 kilómetros por hora. Lo que comenzó como lluvias torrenciales se convirtió rápidamente en peligrosas inundaciones en varias provincias.

En la provincia de Granada, las pequeñas comunidades sufrieron el impacto más dramático. En el pueblo de Bayacas, situado en las laderas de Sierra Nevada, el río Chico se desbordó repentinamente, inundando las calles y dañando infraestructuras clave.

Las tuberías de suministro de agua se rompieron por la presión y varias vías de acceso desaparecieron bajo las aguas antes de que los servicios de emergencia pudieran llegar a la zona. Los residentes informaron de puentes que se derrumbaban y coches arrastrados por la fuerza del agua.

Cerca del río Guadalfeo, las aguas subieron tan rápido que algunas viviendas quedaron sumergidas en cuestión de minutos.

Las autoridades confirmaron que dos personas perdieron la vida durante la tormenta, mientras que varios pueblos tuvieron que organizar evacuaciones ante la amenaza de deslizamientos de tierra que ponían en peligro las propiedades cercanas.

Tanto para los lugareños como para los residentes extranjeros, lo más alarmante fue la rapidez de la crecida. Muchos comentaron que la situación cambió en cuestión de horas, transformando tranquilos paisajes invernales en escenas que parecían sacadas de una película de catástrofes.

Un país preparado para la sequía, no para las inundaciones

España no es ajena a los fenómenos meteorológicos extremos, pero las infraestructuras del país se han diseñado tradicionalmente pensando en la escasez de agua, más que en el exceso repentino de precipitaciones.

En regiones como Andalucía, el clima suele ofrecer más de 300 días de sol al año, y gran parte del sistema de gestión del agua se centra en almacenar el agua de lluvia durante las tormentas ocasionales para sobrevivir a los largos y secos veranos.

Las tormentas de este invierno, sin embargo, pusieron de manifiesto los límites de ese enfoque.

Varias localidades informaron de roturas en las redes de agua debido a la presión, mientras que los deslizamientos de tierra bloquearon carreteras y retrasaron las operaciones de rescate. En algunas zonas remotas, los residentes quedaron temporalmente aislados de la ayuda exterior.

En las primeras horas de las inundaciones, los lugareños a menudo tuvieron que actuar rápidamente por su cuenta. Los residentes construyeron barreras temporales con sacos de arena y piedras, mientras que los agricultores intentaban desviar el flujo de agua lejos de los campos y las viviendas.

Los daños no se han limitado a edificios y carreteras.

Una vez que el suelo se satura tras lluvias repetidas, pierde su capacidad de absorber agua. Esto aumenta el riesgo de deslizamientos de tierra y erosión, especialmente en regiones montañosas. Las tierras agrícolas también se han visto afectadas, con algunos campos sepultados bajo capas de lodo y escombros.