Traducido por el equipo de SOTT.net

La idea de la «agencia biológica» (según la cual la vida establece sus propios objetivos y se comporta en consecuencia) complica nuestra comprensión de lo que significa estar vivo. Pero, ¿tiene alguna utilidad científica?
detecting life on planets graphic nature
© Eduardo Ramón for Quanta Magazine
En 1993, un equipo dirigido por el científico planetario Carl Sagan llegó a la conclusión provisional de que hay vida en la Tierra. Podría pensarse que no es una deducción muy elaborada, salvo por el hecho de que los investigadores limitaron sus pruebas a las observaciones realizadas por la sonda Galileo, que había sobrevolado nuestro planeta tres años antes en un viaje de ida y vuelta a Júpiter. Tan grande es el poder transformador de la vida que su presencia puede detectarse simplemente a partir de la luz y las ondas de radio que nuestro planeta emite o refleja hacia el espacio. Hoy en día escaneamos el cosmos en busca de algunas de estas señales reveladoras a años luz de distancia.

La vida deja huella, pero aún hoy no existe consenso científico sobre qué es lo que diferencia tanto a los seres vivos de sustancias inorgánicas, como rocas, gases y océanos, que son los únicos componentes de los mundos inertes. Muchos científicos citan propiedades como la replicación o el metabolismo. Otros hablan en términos más abstractos sobre la forma en que la vida se encuentra fuera del equilibrio termodinámico con su entorno. Pero algunos dan otro tipo de respuesta. Los organismos vivos son diferentes porque hacen cosas por razones.
En filosofía, el término «qualia» hace referencia a las cualidades subjetivas de nuestra experiencia: cómo es para Alice ver el azul o para Bob sentirse encantado. Los qualia son «la forma en que las cosas se nos presentan», tal y como lo expresó el difunto filósofo Daniel Dennett. En estos ensayos, nuestros columnistas dan rienda suelta a su curiosidad y exploran cuestiones científicas importantes, aunque no necesariamente con respuesta.
No basta con decir que la vida es un estado organizado de no equilibrio a través del cual hay un flujo constante de materia y energía. Esa descripción también se aplica a los huracanes. Pero los huracanes simplemente son. Solo los seres vivos tienen objetivos: encontrar alimento, reproducirse, sobrevivir y, a veces, simplemente experimentar cosas agradables. (Los dueños de perros reconocerán que esto no es solo un atributo humano).

Una forma de expresar esta idea es decir que los organismos vivos tienen «agencia». Se trata de un término muy controvertido. Algunos biólogos lo rechazan de plano, al menos para cualquier organismo que no sea el ser humano, porque nosotros decidimos nuestras acciones mediante una deliberación consciente (si realmente somos la única especie que lo hace es otra cuestión). Otros piensan que la agencia es un atributo fundamental de toda forma de vida. Dado que no existe una definición consensuada del término, en cierta medida puede significar lo que uno quiera que signifique. Pero el debate sobre la agencia biológica aborda cuestiones fundamentales en nuestra comprensión de lo que significa estar vivo, ya que agencia evoca una noción con la que biólogos y filósofos siempre han luchado: la teleología, la aparente finalidad de la vida. Si admitimos la agencia en biología, ¿abrimos las puertas a ideas sobre el diseño, el vitalismo o el sentido cósmico? ¿O se trata simplemente de reconocer lo que hace de la vida un estado de la materia tan especial?

Para mí, la noción de agencia refleja, en efecto, nuestro sentido intuitivo de lo que hace que los seres vivos sean tan especiales: no son meras máquinas empujadas por el entorno y las circunstancias. Sospecho que la aversión a la agencia delata un malestar a la hora de afrontar la vida como algo más que una especie de programa genético. Pero la idea también entraña un peligro: podría descarrilar con facilidad el trabajo de estudiar las explicaciones mecanicistas de cómo funciona la vida. No pretendo ni enterrar ni alabar la agencia, sino explorar si puede ser una idea científicamente productiva.

Afirmar que los seres vivos actúan con un propósito no es, en realidad, una afirmación controvertida. Biólogos que van desde el teórico de la evolución Ernst Mayr hasta el pionero de la biología molecular Jacques Monod lo han reconocido. Ya se trate de un pájaro construyendo un nido o de un glóbulo blanco persiguiendo a una bacteria, no podemos observar la vida en acción sin suponer que estos seres intentan lograr algo.

Las discusiones sobre la agencia giran en torno a lo que eso significa. Según una perspectiva, la aparente orientación hacia un objetivo no es más que el resultado de la ejecución de instrucciones genéticas. Los organismos son autómatas dirigidos por sus genes, y la selección natural favorece las variantes genéticas que hacen que los organismos se comporten de una manera y no de otra. En esta visión mecanicista y centrada en los genes de la vida, la aparente agencia no es más que la ejecución de rutinas automatizadas perfeccionadas a lo largo de muchas generaciones.

¿Es eso realmente todo lo que hay en la vida? No está nada claro que todo el comportamiento de los organismos pueda atribuirse a genes concretos. Piensa en una liebre que huye de un zorro. Claro, sus genes intervienen en la formación de redes de neuronas que permiten comportamientos que contribuyen a evitar ser devorada. Pero, ¿son los genes responsables de alguna manera de la decisión de lanzarse hacia la izquierda o hacia la derecha, de esconderse o de correr, o incluso de quedarse quieta y luchar? La genética puede imponer sesgos conductuales (por ejemplo, hacer que una liebre sea, en general, reacia al riesgo), pero los organismos toman decisiones integrando sobre la marcha una gran cantidad de información contextual y contingente, incluida la experiencia adquirida. Según una perspectiva, la agencia no es ni más ni menos que esta capacidad de fijarse objetivos próximos (no «¿debería algún día reproducirme?», sino más bien: «¿qué acción debo emprender ahora mismo?») y, a continuación, actuar sobre uno mismo y sobre el entorno para alcanzarlos.

«Entiendo la agencia como la capacidad de una entidad para actuar en el mundo, por razones [propias]», afirmó el neurocientífico Kevin Mitchell, del Trinity College de Dublín, cuyo libro de 2023, Free Agents: How Evolution Gave Us Free Will (Agentes libres: cómo la evolución nos dotó de libre albedrío), presentó un argumento sobre cómo se desarrolló esta capacidad a lo largo de la evolución. «Creo que todos los organismos vivos pueden actuar como entidades causales», afirmó; no como meros vehículos guiados por impulsos genéticos, sino como agentes de los que se puede decir, con todo sentido, que son una causa genuina de cambio en el mundo. No diríamos que fueron tus átomos los que provocaron que te prepararas el café esta mañana, ni tampoco fueron realmente tus genes. Fuiste , un agente capaz de tomar decisiones, quien hizo que eso sucediera.

Si admitimos la agencia en la biología, ¿abrimos las puertas a ideas sobre el diseño, el vitalismo o el significado cósmico? ¿O se trata simplemente de reconocer lo que hace de la vida un estado de la materia tan especial?

Sin embargo, Mitchell se muestra receloso ante las definiciones rígidas. «A menudo, la gente toma [esas definiciones] como un conjunto fijo de criterios que luego utiliza para delimitar un fenómeno de forma binaria (o todo o nada)», afirmó; es decir, o se trata de un agente o no lo es.
«No creo que eso sea útil ni adecuado, porque no creo que la agencia sea ese tipo de fenómeno. Pero si se aborda el comportamiento desde una perspectiva más holística, orientada a los sistemas y contextualizada ecológicamente, se estará investigando la agencia de forma implícita».
Samir Okasha, filósofo de la biología de la Universidad de Bristol, se muestra reacio a invocar este tipo de agencia. Afirmó que es importante distinguir entre dos ideas: que los organismos sean agentes reales o que simplemente actúen como si lo fueran. «Muy a menudo», dijo, «la agencia no parece más que un sinónimo rebuscado de plasticidad fenotípica o conductual» (la capacidad de los organismos para mostrar diferentes respuestas ante un estímulo determinado). «Pero entonces la afirmación de que los organismos muestran agencia no es más que una forma de adornar algo que la ciencia siempre ha sabido, y no representa una profunda visión filosófica». Incluso el biólogo evolutivo más centrado en los genes reconoce que muchos organismos pueden adaptar su comportamiento a las circunstancias del momento y que, a menudo, puede considerarse que toman decisiones. Pero sin la capacidad de reflexionar de forma consciente sobre las opciones y los posibles resultados de las acciones, ¿alcanza eso el nivel de una verdadera agencia?

James DiFrisco, filósofo especializado en biología teórica del Instituto Francis Crick de Londres, no lo cree así. Según él, la «agencia» es un concepto psicológico que se utiliza tradicionalmente para referirse al comportamiento humano. Trasladarlo a la biología en su conjunto conlleva el riesgo de atribuir una especie de autoconciencia críptica a toda forma de vida. «La agencia es un término cuyo significado proviene del discurso interpersonal humano, que se desarrolla en el vocabulario de las intenciones, las creencias, la libertad, la deliberación y la personalidad», explica. No está claro cómo trasladar ese término a situaciones en las que esos conceptos simplemente no son aplicables.

Pero, ¿qué hay de la orientación hacia objetivos de los organismos? Según DiFrisco, se trata de «algo que ha evolucionado por selección natural y que, por lo tanto, es un estado de adaptación». En otras palabras, los organismos están adaptados (genéticamente predispuestos) para lograr cosas por medios diversos, y el objetivo es el aspecto de la aptitud al que sirve el comportamiento. Pero afirmar que ellos mismos idean sus objetivos, señaló, es algo que no se puede comprobar y que no aporta explicación alguna, «a menos que estemos ante sujetos cognitivos capaces de informar sobre sus propios estados mentales».

En 2025, DiFrisco y su colega Richard Gawne publicaron una crítica en la revista Journal of Evolutionary Biology en la que argumentaban que la agencia biológica es, por lo tanto, «un concepto sin un programa de investigación». O bien se remite a algo ya conocido en la ciencia biológica, o bien evoca una fuerza casi mística que hace que los organismos actúen. Esta fuerza, afirmaron, se resiste a ser explicada en términos de mecanismos causales: una especie de «poder holístico» vago que en realidad no explica nada, al igual que la noción del siglo XVIII de una «fuerza vital» que animaba a los seres vivos no era más que una explicación vacía. Algunas personas, sugirió DiFrisco, «están jugando con la ambigüedad del término "agencia" para respaldar la idea de que la biología pone de manifiesto la necesidad de alguna realidad cuasiespiritual».

La bióloga Sonia Sultan, de la Universidad de Wesleyan (cuyo trabajo colaborativo sobre la agencia figura entre los criticados por DiFrisco y Gawne), sostiene que estos autores malinterpretaron lo que se proponía. «No hay nada supramaterialista ni inquietante en una perspectiva que tenga en cuenta la agencia evolutiva y de desarrollo de los organismos, verificable empíricamente, explícitamente entendida como los resultados físicos de procesos naturales que no expresan ni deseo consciente ni intencionalidad», afirmó. En otras palabras, separa la agencia biológica de la psicología compleja y considera que la existencia generalizada de la agencia es una hipótesis comprobable.

En 2022, Sultan, junto con el biólogo Armin Moczek y el filósofo Denis Walsh sostuvieron que la agencia puede colmar algunas «lagunas explicativas que dejan los enfoques predominantes centrados en los genes a la hora de comprender la determinación del fenotipo, la herencia y el origen de nuevos rasgos». En concreto, afirmaron que tiene en cuenta cómo los organismos interactúan con su entorno y exige una visión más amplia de la herencia que vaya más allá de los genes. La agencia biológica, continuaron los investigadores, es, por lo tanto, «la capacidad de un sistema [vivo] para participar en su propia persistencia, mantenimiento y funcionamiento mediante la regulación de sus propias estructuras y actividades en respuesta a las condiciones con las que se encuentra».

En apoyo de esta perspectiva, el filósofo Álvaro Moreno, de la Universidad del País Vasco (España), afirmó que los organismos no solo detectan y responden a los cambios en su entorno, sino que «poseen la capacidad de modificarlos». Incluso Charles Darwin reconoció esto, por lo que admitir la agencia en el mundo vivo no supone ningún tipo de desafío místico al darwinismo. El zoólogo francés del siglo XVIII Jean-Baptiste Lamarck fue más allá. Creía, en palabras de la historiadora de la Universidad de Stanford Jessica Riskin, su última biógrafa, que «la vida, en su esencia, es agencia creativa», en contraste con la visión entonces predominante de que la única agencia real en el mundo natural era de origen divino. Aunque Darwin discrepaba de Lamarck sobre el origen del cambio evolutivo, ambos situaron la capacidad de los organismos para actuar por sí mismos en el centro de sus teorías.

Necesitamos una teoría adecuada de la agencia, de un tipo que pueda, de hecho, proporcionar algún tipo de programa de investigación.

Estas decisiones tomadas por el organismo pueden influir a su vez en su propia evolución. La decisión de cambiar de dieta o trasladarse a un nuevo hábitat, simplemente por el impulso de explorar nuevas opciones, puede alterar las presiones selectivas a las que se ve sometida una población y, por lo tanto, su trayectoria evolutiva. Es fundamental destacar, por ejemplo, que ningún gen le dice al organismo: «Ve y come esa nueva planta». Es el propio organismo el que toma la iniciativa. En este sentido, la agencia ya se invoca en la teoría evolutiva convencional: se denomina «impulso conductual», por el cual surgen nuevos rasgos adaptativos simplemente porque un grupo de organismos decidió hacer algo nuevo. Este fenómeno es similar al denominado «efecto Baldwin», identificado por primera vez como «un nuevo factor en la evolución» por el psicólogo del siglo XIX Mark Baldwin, en el que las elecciones conductuales no innatas (quizá aquellas que se aprenden socialmente) crean a su vez nuevas presiones selectivas que conducen a que esas elecciones se fijen genéticamente en la población. En otras palabras, si quieres excluir la agencia de la evolución, ya es demasiado tarde.

Pero, ¿por qué tenemos que llamarlo así? Los comportamientos de los organismos ya se estudian y se comprenden desde diversas perspectivas. Los neurocientíficos, por ejemplo, analizan los circuitos de toma de decisiones del cerebro; los biofísicos, las vías moleculares que rigen las respuestas de las bacterias a señales ambientales como la concentración de nutrientes o el calor; los especialistas en comportamiento animal, los mecanismos cognitivos; y así sucesivamente. ¿Por qué complicar esa investigación con una etiqueta rebuscada que solo enturbia las aguas? «Gran parte del trabajo sobre la agencia juega con la ambigüedad del término, lo que sugiere que existen procesos cognitivos más elevados de lo que cabría esperar en organismos simples», afirmó DiFrisco. Cuando Sultan y sus colegas afirman que la agencia (la capacidad de actuar de una forma que favorezca el objetivo de un organismo) puede utilizarse para predecir y explicar el comportamiento, DiFrisco y Gawne sostienen que esto la convierte en un razonamiento circular. La idea de que un organismo hizo algo «debido a su agencia», argumentan, se resiste a cualquier análisis más profundo. Pero Sultan y sus colegas no están de acuerdo con esta caracterización de cómo debería aplicarse su noción de agencia.

Este aspecto del debate gira en torno a cómo atribuimos las causas de las acciones. ¿Es la agencia en sí misma un factor causal, o es un término genérico de nivel superior que engloba una serie de razones específicas y particulares por las que suceden las cosas? Dicho de otro modo: los agentes toman decisiones (eso es lo que significa agencia), pero ¿lo hacen también los organismos? Para DiFrisco, hablar de decisiones de los organismos «no es más que una forma cómoda y concisa de referirse al funcionamiento de un mecanismo (multiescala)» que determina el comportamiento, un mecanismo perfectamente capaz de incorporar el contexto y señales contradictorias. Pero para mí, la clave aquí es que las acciones pueden regirse por razones y objetivos. La liebre está intentando de verdad escapar del zorro; no es solo que lo parezca. Y la liebre no tenía ese objetivo específico antes de que apareciera el zorro. Quizá había estado intentando buscar alimento y estar atenta a los depredadores. Ese «intentar» es la naturaleza fundamental de los organismos: la evolución crea entidades que intentan hacer cosas.

Quizá podamos centrar este debate preguntándonos qué nos aporta el concepto de agencia que no podamos obtener sin él. «Esta es una pregunta realmente clave», afirmó Mitchell. Si la agencia va a ser algo más que una postura filosófica (si va a resultar útil para la investigación científica), entonces primero debe ser «naturalizada», tal y como han señalado Mitchell y su colega Henry Potter: necesitamos una teoría adecuada de agencia, de un tipo que pueda, de hecho, proporcionar algún tipo de programa de investigación.

En la actualidad, no existe realmente nada parecido, pero es posible plantear algunas de las cuestiones a las que tendría que enfrentarse. Por ejemplo: ¿Cómo determinan exactamente los organismos sus objetivos? ¿Cómo se representan esos objetivos (si es que se representan) en los mecanismos moleculares o neuronales del organismo? ¿Cómo integran los organismos la información (incluida la información sobre su propio estado interno) para tomar una decisión sobre cómo actuar? ¿Podemos medir cuánta agencia tiene una entidad, o qué tipo de agencia? «Creo que desarrollar indicadores empíricos para medir las diferentes dimensiones de la agencia sería la vía principal para convertir agencia en un concepto científico», afirmó Potter.

Algunos investigadores han afirmado que los agentes necesitan determinados tipos de arquitecturas internas para regular las relaciones entre los sentidos, los procesos cognitivos, las acciones y las necesidades. Moreno, por ejemplo, sostiene que esta organización implica bucles de retroalimentación que no solo permiten la adaptación al entorno, sino que permiten al sistema alterar dicho entorno, por ejemplo, simplemente desplazándose de un lugar a otro con un conjunto diferente de condiciones. El biólogo teórico Stuart Kauffman sostiene que propiedades como esta dependen de lo que él denomina «cierre organizativo», en el que las partes se mantienen a sí mismas de forma colectiva, apoyándose unas a otras en sus funciones. Esta propiedad, afirma Kauffman, confiere al sistema en su conjunto «poder causal»: la capacidad que Mitchell atribuye a un agente para actuar en su propio nombre, en lugar de limitarse a ser un mero vehículo pasivo de causas de nivel inferior. El neurocientífico Karl Friston, por su parte, defiende que la agencia surge en entidades capaces de hacer predicciones sobre los resultados de los comportamientos y, a continuación, compararlos con lo que ocurre de verdad, tratando de minimizar la disparidad entre ambos (nada de lo cual exige la capacidad de reflexionar sobre esa comparación con una autoconciencia consciente).

A este nivel, todo esto puede parecer un poco abstracto y alejado de la biología real. Pero me siento cautelosamente optimista respecto a las perspectivas de unir esas ideas teóricas con los mecanismos biológicos. Por ejemplo, no parece una coincidencia que los organismos que parecen mostrar mayor capacidad de acción también tengan vías moleculares que les permiten una mayor apertura a la influencia del contexto y de la información externa.

Si logramos hacernos una idea más clara de lo que constituye a un agente, esto podría ayudarnos a comprender cómo surgen los objetivos colectivos (tal y como ocurrió cuando aparecieron por primera vez los organismos multicelulares hace mucho tiempo) y cómo pueden desintegrarse, como en el caso del cáncer. Es más, una teoría adecuada de la agencia podría ofrecernos una idea más clara de lo que se necesita para crear auténticos agentes artificiales, no solo ordenadores y máquinas programadas con nuestros propios objetivos, sino que sean capaces de formular los suyos propios. Entonces también podríamos hacernos una idea más clara de los posibles beneficios y peligros que podrían acarrear esas máquinas verdaderamente dotadas de agencia. Pero quizás el argumento más convincente para reconocer la agencia es que podría ayudarnos a comprender qué hace que la vida sea tan diferente (no solo los seres humanos, sino la vida en general) hasta el punto de ser capaz de moldear todo un planeta de una manera visible desde el espacio exterior.