
Los resultados de este estudio resaltan la necesidad de emplear siempre estrategias de cuidado que aseguren no solo el bienestar físico del paciente sino también el anímico, minimizando de ese modo el sufrimiento de millones de personas afectadas por el mal de Alzheimer. Aunque pueda parecer que no se enteran de nada, siguen teniendo sentimientos.
Para este estudio de comportamiento, Guzmán-Vélez y sus colegas invitaron a 17 pacientes con la enfermedad de Alzheimer y a 17 participantes sanos (estos últimos a efectos comparativos), a ver 20 minutos de secuencias tristes de películas y después alegres. Estas secuencias de películas desencadenaron la emoción esperada: pena y lágrimas durante las escenas tristes y risas durante las alegres.
Unos cinco minutos después de ver las películas, los investigadores sometieron a los participantes a un test de memoria para ver si podían recordar lo que acababan de ver. Como se esperaba, los pacientes con la enfermedad de Alzheimer retuvieron bastante menos información sobre ambos tipos de películas que las personas sanas. De hecho, cuatro pacientes fueron incapaces de recordar dato objetivo alguno sobre las películas, y un paciente ni siquiera recordaba haberlas visto.
Antes y después de ver las películas, los participantes respondieron a un cuestionario que sirve para valorar su estado de ánimo. Los pacientes con la enfermedad de Alzheimer informaron de niveles elevados de tristeza o alegría hasta 30 minutos después de ver las películas, a pesar de tener pocos o ningún recuerdo sobre ellas.
Sorprendentemente, cuanto menos recordaban las películas, más duradera era su tristeza. Si bien la tristeza tendía a durar un poco más que la alegría, ambas emociones duraron mucho más que el recuerdo de las películas.
El hecho de que sucesos olvidados puedan continuar ejerciendo una profunda influencia en la vida emocional de un paciente pone de manifiesto la necesidad de que los cuidadores eviten causar sentimientos negativos e intenten inducir sentimientos positivos.



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