Traducido por el equipo de Sott.net en español

Las potencias occidentales tienen a Rusia en la mira. La propaganda está en su apogeo. ¿Le suena familiar? No, no estoy hablando de 2019, sino de 1919, cuando Churchill apoyaba la intervención militar contra el gobierno ruso.
russophobia

Este es sólo el último brote de rusofobia en un patrón muy viejo
Hace cien años, la Primera Guerra Mundial pudo haber terminado, pero el mundo apenas estaba en paz.

En aquel entonces, como ahora, Rusia era un objetivo. El dominio bolchevique, establecido sólo a finales de 1917, se vio amenazado por una intervención extranjera respaldada por Occidente para ayudar al Ejército Blanco antibolchevique a recuperar el poder.

Hoy en día, el halcón más grande de Gran Bretaña es Gavin Williamson, el secretario de Defensa. En 1919, fue un tal Winston Churchill, secretario de Estado de Guerra. Al menos los títulos que le daban a los ministros de gobierno eran más honestos en aquellos días.

En marzo de 1919, Churchill se trasladó a París, donde se estaba celebrando la Conferencia de Paz de Versalles, para presionar por más guerra.

El gran fumador denunció "el babuinismo del bolchevismo" y, según el historiador AJP Taylor, persuadió al Consejo Supremo de "intentar una intervención a gran escala".

Taylor detalla lo que los británicos contribuyeron a la cruzada antibolchevique.
"Excedentes de tanques británicos y otras municiones de guerra, por valor de 100 millones de libras, fueron suministrados a los "Blancos". Los voluntarios británicos lucharon con Kolchak, el autodenominado gobernante supremo de todos los rusos, en Siberia. Algunos sirvieron con Denikin en el sur de Rusia. Había importantes fuerzas británicas en Archangel y Murmansk... Una fuerza británica ocupó Bakú, y otra se extendía a lo largo de la frontera que dividía a Rusia de Afganistán".
Incluso había un batallón bajo el mando del coronel John Ward, antiguo dirigente sindical y diputado liberal-trabajador de Stoke-on-Trent. Diga lo que quiera de Ward, pero al menos lo hizo desde el frente, a diferencia de los políticos a favor de la guerra y de los comentaristas halcones-gallinas de hoy en día, que emularían a Usain Bolt si los pusieran en algún lugar cerca de una zona de guerra.

En general, la política de Churchill le costó a Gran Bretaña alrededor de 73 millones de libras esterlinas, según una estimación. Como señala su biógrafo Roy Jenkins, Churchill, "no mostró comprensión alguna del cansancio de guerra de Gran Bretaña... Su energía pulsante le hacía cansarse raramente, y casi nunca de la guerra."

El Secretario de Estado para la Guerra no fue el único que intentó derrocar al gobierno ruso. La misma aspiración sirvió de base para las posiciones oficiales de Estados Unidos, Francia y Japón. Se trataba de destruir el bolchevismo.

Se podría argumentar, en defensa de Churchill y de los intervencionistas, que los propios bolcheviques, y en particular León Trotsky, habían estado llamando a una revolución mundial. Los ideales comunistas se difundían, y en 1919, cuando las huelgas y los motines se extendieron por todo el país, muchos pensaron que Gran Bretaña estaba al borde de la revolución.

Sin embargo, incluso si se aceptara esto como una razón válida para intervenir, no puede haber tal excusa hoy para las acciones hostiles de Gran Bretaña contra Rusia.

Ahora el Kremlin ya no está deseoso de exportar ninguna ideología; a menos que llamemos ideología al respeto de la soberanía nacional y del derecho internacional. Sin embargo, Rusia sigue en la línea de fuego, a pesar de que la bandera roja ya no ondea en Moscú.

Esto nos dice que la vieja Guerra Fría era básicamente una farsa. El gran "crimen" de Rusia es que existe. En los últimos cien años, la única vez en que las élites occidentales no consideraron a Rusia como adversario, o adversario potencial, fue en el período en el que el borracho neoliberal Boris Yeltsin estaba en el Kremlin, repartiendo bienes estatales como confeti a oligarcas patrocinados por Occidente, y cediendo mientras la OTAN destruía Yugoslavia.

Sin embargo, siempre que Rusia se defiende a sí misma, como lo ha hecho últimamente, las élites recalientan la rusofobia.

Reflexione sobre esto: En 1919, el gran "malo" que "amenazó" al "mundo libre" fue Vladimir Lenin. En 2019, es Vladimir Putin. Sólo hay tres letras de diferencia, en cien años.

Se podría argumentar que la situación actual es aún más peligrosa que hace un siglo. En ese entonces, la izquierda, y muchos liberales de izquierda (excepto el Coronel John Ward), se oponían ampliamente a la intervención. De hecho, la política de Churchill, motivada por el deseo de estrangular al bolchevismo, sólo logró despertar el sentimiento revolucionario en casa. El Partido Comunista de Gran Bretaña se formó en julio de 1920. Para entonces, la intervención contra los bolcheviques había dado un giro diferente: el apoyo a Polonia y a su campaña para conquistar Ucrania. Lo que sucedió a continuación demuestra lo que los trabajadores pueden lograr si se mantienen unidos y se niegan a apoyar la política exterior de la élite.

En mayo de 1920, los estibadores de Londres se negaron a cargar municiones destinadas a Polonia en el barco, el Jolly George. Como señala Taylor, el gobierno británico aceptó, porque Polonia estaba ganando. Pero en julio, las fuerzas polacas estaban en retirada y el Ejército Rojo estaba avanzando. "Los franceses estaban ansiosos por intervenir del lado polaco; Lloyd George (el primer ministro británico), presionado por Churchill y otros, parecía dispuesto a seguirles la corriente", registra Taylor.

Sin embargo, los sindicatos dijeron "No". Se crearon Consejos de Acción y se amenazó con una huelga general. El gobierno dio una vuelta en U. Fue, como afirma Taylor, "una victoria gloriosa". Hay lecciones que se pueden aprender de ello hoy en día.

Hay que reconocer que Rusia no tiene la simpatía entre las amplias filas de la izquierda que tenía en 1919.

Los halcones rabiosamente rusofóbicos han logrado convencer a los liberales de izquierda "políticamente correctos", que culpan erróneamente a la "interferencia rusa" por el Brexit, para que apoyen su obsesiva cruzada. Es revelador que el tropo de noticias falsas de "Rusia arregló el Brexit" emane de los neoconservadores.

Sin embargo, lo que se puede llamar la izquierda socialista, y de hecho la derecha paleoconservadora "no intervencionista", saben exactamente cuál es la situación. Aunque ya no tiene un gobierno comunista, Rusia está en la mira de las potencias imperialistas. Rusia frustró los planes neoconservadores para el cambio de régimen en Siria. Rusia es un aliado de la República Bolivariana de Venezuela. Rusia es el objetivo porque no ha aceptado el derecho de ciertas potencias occidentales y sus aliados a actuar como si todo el mundo les perteneciera.

La campaña de propaganda contra Rusia, que también incluye intentar que los medios de comunicación rusos, como RT y Sputnik, sean censurados en el Reino Unido, ha sido, por consiguiente, implacable.

Y, como en 1919, hay quienes están dispuestos a asumir grandes riesgos por el cumplimiento de su agenda geopolítica.

En documentos filtrados de la oscura Iniciativa de Integridad (que ahora ha "retirado temporalmente" todo el material de su sitio web), uno de sus jefes recomendó minar la Bahía de Sebastopol.

Mientras tanto, el secretario de Defensa del Reino Unido, Gavin Williamson, quien el pasado mes de marzo le dijo a Rusia que "se fuera" y "se callara", prometió que se enviarían más barcos de la Marina Real al Mar Negro, una provocación directa a Moscú.

Neil Clark: Gran Bretaña envía barcos de guerra al Mar Negro para "enviar mensaje a Rusia". Estamos otra vez en la década de 1850. ¿También tendremos un Ataque de la Brigada Ligera?

Eunice Somers: Parece que Reino Unido está apoyando a EE.UU. para apoyar la siguiente Guerra Nuclear contra Rusia. Me pregunto si cualquiera de los belicosos estaría dispuesto a estar en la línea del frente. Neil, la respuesta rápida es NO.
Las tensiones aumentan constantemente, pero podemos inspirarnos en la historia.

En 1919/20, el público británico dijo: "¡Manos fuera de Rusia!" y "¡No a la guerra!", y hundieron los planes de Churchill. En 1922, los electores de Dundee demostraron lo que pensaban de su política al expulsarlo.

Eso es algo sobre lo que Gavin Williamson y, de hecho, todos los demás halcones en el parlamento deberían reflexionar.

Después de todo, somos muchos. Ellos son pocos.
Sobre el autor

Neil Clark es periodista, escritor, locutor y bloguero. Ha escrito para muchos periódicos y revistas en el Reino Unido y otros países, incluyendo The Guardian, Morning Star, Daily y Sunday Express, Mail on Sunday, Daily Mail, Daily Telegraph, New Statesman, The Spectator, The Week y The American Conservative. Es un comentarista habitual de RT y también ha aparecido en la BBC TV y radio, Sky News, Press TV y la Voz de Rusia. Es cofundador de la Campaña por la Propiedad Pública @PublicOwnership. Su premiado blog se puede encontrar en www.neilclark66.blogspot.com. Tuitea sobre política y asuntos mundiales en su cuenta @NeilClark66